Organismos genéticamente modificados
El lunes pasado se conoció el pronunciamiento de dos agencias de contralor francesas sobre el estudio de un equipo de investigadores de la Universidad de Caen dirigidos por el biólogo molecular Pilles Eric Seralini, que tendía a demostrar la nocividad de los alimentos transgénicos (véase nota de Daniel Gatti en Brecha, 28-IX-12) a partir del caso del maíz NK 603 producido por la trasnacional Monsanto.
Ambas agencias (la de Seguridad Sanitaria, anses, y el Alto Consejo de las Biotecnologías, acb) criticaron el trabajo de Seralini, tanto en lo metodológico como por sus conclusiones, pero al mismo tiempo dejaron abierto el tema al reconocer la inexistencia de estudios independientes y de largo plazo sobre los eventuales efectos de los organismos genéticamente modificados (ogm). Admitieron, por ejemplo, sobre todo la anses, que si bien la investigación dirigida por Seralini es “insuficiente” para rebatir trabajos anteriores que habían asegurado la inocuidad de los transgénicos, las condiciones de realización de estos últimos dejaban al menos mucho que desear: habían sido llevados a cabo a pedido de las propias empresas productoras de los ogm y financiados por ellas, no se conocían detalles básicos sobre la metodología utilizada, y la duración de los estudios era demasiado corta. En sus respectivas resoluciones, tanto la anses como la acb destacan la necesidad de investigaciones “a largo plazo, independientes y transparentes”, financiadas por los poderes públicos, evaluadas por equipos de agencias estatales cuya integración no sea cuestionable por los lazos que puedan mantener sus integrantes con empresas del sector, que “tomen en cuenta visiones contradictorias” y que sean capaces de “responder a las interrogantes que se plantea la sociedad” sobre los alimentos transgénicos y su eventual inocuidad.
Seralini tomó ambas resoluciones como un progreso, aun si lamentó el comportamiento “desparejo” de ambas instituciones en esta temática. “Uno de los criterios tomados en cuenta para invalidar nuestro trabajo, su débil potencia estadística, no fue considerado al evaluar el estudio de Monsanto sobre el NK 603, que se realizó sobre una base estadística mucho menor que la nuestra.” Aun así, Seralini admite que “hubo un gran paso adelante: el reconocimiento oficial de la necesidad de investigaciones independientes y transparentes, llevadas a cabo con fondos públicos, que extrañamente hasta ahora han brillado por su ausencia, y el reconocimiento, también, de que sobre los ogm y su pretendida inocuidad nada se sabe y que las dudas planteadas son razonables. A mí esto me bastaría para prohibir, mientras esos estudios de fondo son realizados, la comercialización de alimentos y productos cuyos efectos sobre la salud humana y el ambiente se ignoran, por un elemental principio de precaución”.
Las evaluaciones de la anses y la acb francesas han dado de hecho argumentos tanto al campo de los pro como de los anti ogm y no han modificado los alineamientos entre los científicos, profundamente divididos sobre el tema. Con una ventaja relativa para los segundos, si se tienen en cuenta las fundamentaciones de ambos organismos sobre la urgencia de determinar “a ciencia cierta” si los ogm son o no inocuos y sobre la ausencia de estudios serios que permitan concluir al respecto. Tanto la anses como la acb, destaca la revista parisina Le Nouvel Observateur, citan un trabajo del investigador catalán José Domingo, del Laboratorio de Toxicología y de Salud Ambiental, que en 2006 y en 2010 analizó las investigaciones disponibles a nivel internacional sobre el nivel de toxicidad de los ogm. En un paper publicado en la revista Environnemental International, Domingo apuntaba: “15 años han transcurrido desde la introducción de plantas genéticamente modificadas en la alimentación, y nuevos ogm se han ido agregando a los primeros. Sin embargo, hace diez años ya habíamos remarcado que no había un nivel suficiente de informaciones publicadas sobre la seguridad de los alimentos genéticamente modificados en general y de las plantas en particular. La ausencia de estudios toxicológicos publicados sobre los efectos indeseables de los ogm sobre la salud humana era en el año 2000 particularmente evidente. En 2006 (…) reexaminamos la literatura científica, y el número de referencias encontradas en las bases de datos era sorprendentemente limitado”. Interrogándose sobre las razones de esta ausencia (“cosa que las agencias de contralor pueden constatar, pero no están lógicamente habilitadas a explicar”), Seralini y sus defensores piensan volver a la carga. Por lo pronto, el profesor del laboratorio de Caen obtuvo la autorización de la anses para acceder a los estudios encargados por las trasnacionales sobre sus propios productos, hasta ahora protegidos por el “secreto industrial”, y se propone divulgar los “datos brutos” de su propio estudio, como se había comprometido a hacer. “Se va a poder comparar públicamente unos y otros, y se producirá entonces un nuevo progreso. Así, paso a paso, tal vez más lentamente que lo deseable, se logrará a pesar de todo ir avanzando en el conocimiento de un tema de primer orden sobre el cual hasta ahora gigantescos intereses económicos han pretendido mantenernos en la más absoluta oscuridad”, dijo otro de los integrantes del equipo de Caen.
Poco antes de la divulgación de los estudios de las dos agencias francesas se había difundido otro, de la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria., efsa. Sus conclusiones eran similares, en cuanto a la “insuficiencia” del estudio de Seralini, a las que llegaron la anses y la acb, pero mucho más taxativas y no había en ellas ni una pizca de duda sobre la inocuidad de los ogm. Pero pronto ese estudio cayó en el olvido, cuando quedó al descubierto que la supuesta composición independiente del panel que analizó la investigación de Seralini no era tal, y que en él revistaban científicos ligados a las empresas semilleras. n