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Cuando de Cuba me voy

Desde el 14 de enero próximo los cubanos ya no tendrán que pagar 150 dólares para obtener un permiso de salida del país ni otros 200 por una carta de invitación de un amigo o pariente residente en el extranjero. Si no ocupan puestos sensibles en áreas como la defensa o la seguridad nacional y si no son deudores del Estado, les bastará con el pasaporte y el dinero de los pasajes para salir de la isla, y dispondrán hasta de 24 meses para retornar, en vez de los 11 de ahora. Militares, profesionales, médicos y deportistas de elite, considerados “vitales para el desarrollo nacional”, deberán a su vez contar con permiso expreso de sus jefes. De estas restricciones el gobierno cubano responsabilizó a Estados Unidos. “Mientras persistan las políticas de Estados Unidos que favorecen el ‘robo de cerebros’, dirigidas a despojarnos de los recursos humanos imprescindibles para el desarrollo económico, social y científico del país, Cuba estará obligada a mantener medidas para defenderse en este frente. Cualquier análisis que se haga de la problemática migratoria cubana pasa inexorablemente por la política de hostilidad que el gobierno de Estados Unidos ha desarrollado contra el país por más de 50 años”, señaló el diario Granma en un editorial (16-X-12). El diario oficialista agregó: “paulatinamente se adoptarán otras medidas relacionadas con el tema migratorio, las cuales, sin dudas, coadyuvarán también a consolidar los prolongados esfuerzos de la revolución en aras de normalizar plenamente las relaciones de Cuba con su emigración”.
En Estados Unidos, muy probable destino de la gran mayoría de los cubanos que emigren en el futuro, las reacciones fueron contradictorias. El gobierno de Barack Obama, vía la portavoz del Departamento de Estado Victoria Nuland, saludó las medidas del Ejecutivo de Raúl Castro. Lo mismo hizo un sector moderado del exilio cubano en Miami. Pero no fue el caso de los republicanos ni de los más duros de los “gusanos”. “Es una trampa desesperada del castrismo para engañar al mundo haciéndole creer que el país está cambiando”, dijo la legisladora republicana Ileana Ros-Lehtinen, de origen cubano. En términos similares se expresaron referentes de la Fundación Cubano-Americana. “Va a ser como un Mariel lento y legal”, comentó a su vez Jaime Suchlicki, director el Instituto de Estudios Cubanos y Cubano-Americanos de la Universidad de Miami, aludiendo a los 125 mil cubanos que se fueron por el puerto de Mariel hace 22 años cuando Fidel Castro decidió abrir las compuertas del país y dejar ir a quien quisiera. “Primero que nada el gobierno busca quitarse de encima a un montón de gente que tiene que alimentar; segundo, se quita una enorme presión social, porque los cubanos querían viajar y no se lo permitían; y tercero, distrae la atención de los problemas económicos porque ahora la gente empieza a ocuparse de cómo conseguir un pasaporte y tramitar una visa. Lo que es seguro es que todos querrán llegar a Estados Unidos”, opinó Suchlicki. Las medidas de La Habana no van a producir por el momento “ningún cambio en las leyes en vigor en Estados Unidos”, que facilitan la inserción de los cubanos pero fijan un tope de migrantes de ese origen para evitar un desembarco masivo, dijo Victoria Nuland. En caso de que el 6 de noviembre sea Obama quien gane las elecciones estadounidenses, es probable que las normas se liberalicen en algo; no así si fuera el republicano Mitt Romney el triunfador, un “duro” en materia migratoria aun tratándose de cubanos.
La supresión del permiso de salida y de la carta de invitación habían estado entre las reivindicaciones más presentes en las asambleas populares que se celebraron antes del último congreso del Partido Comunista cubano, en abril de 2011.

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