La culpa no es del chancho

A su modo y con sus diferentes estilos, los tres principales dirigentes del Frente Amplio, José Mujica, Danilo Astori y Tabaré Vázquez, han establecido relaciones con el electorado extrafrenteamplista, o al menos con porciones de ese electorado. La fuerte proyección de sus figuras entre los simpatizantes de otros partidos es obviamente una parte importante de sus respectivos capitales políticos. El caso de Vázquez es excepcional: ha conseguido niveles formidables de simpatía y de adhesión entre los votantes frenteamplistas, al tiempo que ha logrado forjarse una imagen muy positiva incluso entre quienes están ideológicamente muy lejos de la izquierda y son muy refractarios al partido de gobierno.
Es indudable que Vázquez ha conseguido esos niveles de simpatía y aceptación entre otras cosas porque ha hecho guiñadas periódicas al electorado de los partidos tradicionales. No es que Astori o Mujica no lo hayan hecho también, pero Vázquez ha sido muy firme en la defensa de una sensibilidad conservadora, sin que le haya importado enfrentar con ello a la casi totalidad de su partido.
Es muy claro que una de las cosas que más le han servido a Vázquez para proyectar su figura entre los votantes conservadores es su posición frente al aborto.
El tema del aborto es complejo y dispara en las personas muchos mecanismos emocionales auténticos y legítimos. Pero en las circunstancias del Uruguay actual, en que el aborto es una práctica muy extendida y socialmente aceptada, la discusión no pasa por castigar penalmente o no a las mujeres que abortan (algo que ni siquiera proponen hacer efectivamente los enemigos más acérrimos de la legalización, pues todos ellos tienen a alguna mujer en su entorno afectivo, madre, esposa, hija, sobrina, amante o amiga, que ha abortado) sino por mantener (como una especie de saludo a la bandera de los valores tradicionales) la penalización formal de esa práctica.
En ese contexto, el veto de Vázquez en 2008 a los artículos de la ley de salud sexual y reproductiva que legalizaban el aborto no es un acto de fidelidad a sus convicciones más íntimas (auténticas o fingidas), sino más bien un acto político de reafirmación de un talante conservador, o al menos una guiñada a la porción del electorado que expresa esa sensibilidad.
Ahora Vázquez ha anunciado que apoyará con su firma la campaña para el referéndum que impulsa el diputado nacionalista Pablo Abdala con el objetivo de derogar la última ley en la materia, que despenaliza la práctica.
Nuevamente, no se trata de un acto de fidelidad a las convicciones personales auténticas o fingidas que Vázquez pueda tener frente al aborto. Es otra vez una acción política, o al menos electoral. Es otra guiñada a los votantes conservadores, que viene a consolidar la buena imagen que el ex presidente ya tiene en ese electorado.
Vázquez es un político muy hábil. Pita bajo el agua, fuma en un tanque de nitrógeno líquido. No da puntada sin hilo y rara vez se equivoca. El analista de opinión y politólogo Oscar Bottinelli ha dicho en estos días que Vázquez se ha equivocado mucho en los últimos tiempos. En concreto, ha dicho que cometió graves errores cada vez que habló, y que creció en imagen y en simpatía del electorado cada vez que se ha llamado a silencio. Bottinelli puso como ejemplo el diálogo de Vázquez con alumnos del colegio Monte Sexto, donde reconoció haber pedido la intervención de Estado Unidos en caso de una escalada militar en el conflicto con Argentina por el tema de Botnia.
Bottinelli no está solo en su opinión: todo el mundo cree que Vázquez metió la pata ese día. Algunos incluso creyeron que en esa oportunidad había comprometido seriamente sus posibilidades de volver a competir por la Presidencia de la República.
A la distancia parece bastante claro que Vázquez no se equivocó y que volvió a salirse con la suya. El país atraviesa el peor momento de su relación con Argentina desde que el presidente Mujica consiguió que se liberaran los puentes. Ningún frenteamplista que no estuviera ya convencido de antemano de no volver a votar a Vázquez aduciría lo que pasó en el colegio Monte Sexto como justificación para su deserción electoral. Los votantes conservadores, por otra parte, saben ahora que Vázquez no tiene prejuicios ideológicos cuando se trata de defender los altos intereses de la patria, y que volvería a solicitar la intervención de Estados Unidos si ello fuera necesario.
Todo el mundo sabe que eso es una tontería, porque no vamos a ir ni por casualidad a una guerra con Argentina. ¿Y? ¿Qué diablos importa? Todo el mundo tiene en su entorno afectivo a una o a muchas mujeres que se han hecho un aborto y sin embargo ya se han juntado miles de firmas y se van a juntar decenas de miles más para que esa práctica siga siendo ilegal. Entre ellas, la firma de Vázquez. No vamos a ir a una guerra con Argentina ni el aborto va a dejar de existir; lo que importa no es eso, sino honrar una sensibilidad conservadora y los valores tradicionales (la familia, la patria) en que se asienta. Y juntar esos votos, claro. O al menos acercarlos.
El Frente Amplio llegó al gobierno con la promesa de cambiar la política, pero el objetivo actual de la mayoría de sus dirigentes parece ser sólo el de perpetuarse en los cargos. En otras circunstancias la candidatura de Vázquez generaría al menos dudas, debates, confrontación y conflicto en el seno de esa fuerza política. Pero Vázquez asegura (hasta donde es posible asegurar algo) la victoria en las urnas, y eso es todo lo que importa. El problema no es Tabaré Vázquez. El problema es el Frente Amplio. Una coalición de partidos que nació para cambiar la vida y la política, y a la que la vida y la política han cambiado mucho. Cambiar no es malo: lo malo es deambular sin rumbo.n

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