Con Diego Cánepa
—¿Conversó con el presidente sobre la aprobación del matrimonio igualitario?
—Sí, conversé. Hablamos de que significaba para Uruguay un avance muy importante en la dimensión de derechos, y lo que para la izquierda implica la ampliación de los espacios de libertad de la gente. Nosotros tenemos una obsesión por la construcción de la igualdad. Hay una falsa contradicción que se plantea entre libertad e igualdad, pero hoy sabemos que no hay construcción de igualdad si no es acompañada de una ampliación de los espacios individuales de libertad. Esto no es contradictorio con una dimensión colectiva de la sociedad. Parece un juego de palabras, pero es esencial para comprender un proyecto de izquierda. Si bien hay una diferencia de percepción generacional importante, Pepe me decía que él compartía que en estos temas se diera la mayor de las libertades. Yo fui uno de los miembros redactores de la unión concubinaria, que era un pequeño paso. Y en ese momento no había consenso en el Frente Amplio para el matrimonio igualitario.
—Mujica nunca pareció embanderarse con la agenda de derechos. ¿Siente que hubo un aprendizaje del presidente?
—Una de las tantas cosas admirables del presidente es que es un hombre con una experiencia de vida y capacidad intelectual formidable. Mujica aprende todos los días. ¡Qué nos queda a nosotros!
—¿No hay una contradicción entre otorgar derechos de esta naturaleza y, por otro lado, promover el endurecimiento de penas para combatir la inseguridad?
—Es un debate distinto. La política no puede estar alejada del sentir medio de las sociedades. Tampoco es caer en el reduccionismo de decir: si el 90 por ciento de la gente apoya la pena de muerte, hay que ir por eso. No, eso no es conducir una sociedad. Hay temas que son de principios. Ahora, si todos son principios, nada es un principio. Y si los principios son muy altos, pasás caminando por abajo de ellos. Acá hay un aprendizaje de que había respuestas que no estaban dando resultados satisfactorios.
—Se dice lo mismo con respecto a la marihuana: que las respuestas no eran eficaces. De hecho, se lo presentó más como un proyecto de lucha contra el narcotráfico que de ampliación de libertades.
—Ahí hay un convencimiento de que después de 40 años de una política determinada en América Latina, la evidencia demostraba que no había dado resultados, por lo tanto tenemos que caminar hacia otras medidas. Tenemos la certeza de la necesidad de contar con herramientas distintas. Yo no lo veo como una contradicción, porque no es real que progresismo es sinónimo del derecho penal mínimo. Depende de las condiciones y del lugar. Nosotros estamos en América Latina. No dejamos de pertenecer a un continente que marca determinados condicionamientos en materia de seguridad.
La Iglesia frente al matrimonio igualitario
La cúpula y la base
No fue la misma reacción que generó la despenalización del aborto. La posición de la Iglesia Católica frente al matrimonio igualitario no inundó la prensa y los portales hasta que las manos de los diputados se elevaron. Entonces sí, las voces de varios obispos comenzaron a escucharse. Para Daniel Sturla, obispo auxiliar de Montevideo, “por definición, el matrimonio es entre varón y mujer. Al crear un nuevo tipo, se tocan aspectos fundamentales de nuestra civilización”, en tanto la institución deja de ser el espacio de “apertura a la vida”. Sturla aclaró a Brecha que “no se trata de ir contra un grupo de personas sino de defender un aspecto esencial de la vida humana”. En este sentido, la Iglesia mira con mejores ojos los vínculos entre parejas homosexuales que no implican el matrimonio, como la unión concubinaria. Aunque no es la “solución ideal”, señaló Sturla, parece “la menos mala”.
Al igual que en el debate sobre el aborto, la postura de los católicos no es unánime. Algunos critican con cautela la posición oficial de la Iglesia, otros prefieren el silencio, y hay quienes arremeten contra ella. Cristina Grela, fundadora de Católicas por el Derecho a Decidir, opinó que la aprobación del matrimonio igualitario “es un triunfo del cambio de paradigma hacia los derechos de las personas”, garantizándolos “sin discriminación alguna de género, opción sexual, raza, etnia, etcétera”. Para ella es necesario escuchar las diferentes voces dentro de la Iglesia, porque “aunque hay muchos obispos que son buena gente, otros participan de la destrucción de la institución desde el punto de vista moral”. n
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