El anarco bajo bandera, mortaja y versos interminables

Perfil del “Pocho” Mechoso

Se sucedieron los abrazos, la despedida, los recuerdos y la evocación. Segundo entierro, el chau de tres generaciones a los huesitos que intuyeron hace 36 años. El viernes una cuadra de deudos le dijeron hola a Alberto “Pocho” Mechoso, anarquista atrevido del paralelo 38. En el Cerro flameaban las banderas rojinegras que cubrieron la marmolería de la ciudad de los huesos dormidos y las gargantas de cantares añejos.

 Pocho era autodidacta, alegre, bromista. Tenía estilo para el humor: irónico con quienes hablaban en clave de pedantería dogmática pretendiendo congelar el pensamiento crítico. Un antihéroe por sus creencias en lo colectivo. Firme, tosco, detallista, hermano de sus amigos, amigo de sus hermanos. Gran bailarín, habitué de salas de baile como el Colón y el Sud América. Marcaba el dos por cuatro con puntilloso danzar al compás de Juan D’Arienzo y otras orquestas. También en la “música movida”, me hace notar Juan Carlos, hermano y compañero. Era buen mozo, varonil peinado a la gomina, seductor y alto. Bailando tomó la cadera de Beatriz, su compañera, madre de sus dos hijos: Beatriz y Lolo. 

Cuarenta y cuatro años después el féretro es chiquito. Sobre él reposa un pañuelo pigmentado en sangre y noche. Dos rosas se cruzan encima del paño en el Ateneo del Cerro que en las leyendas de sus paredes habla de hombres nuevos. Lo despiden como al anarco querido que fue: sin pamento, todo a la lucha. El duelo estaba hecho hace décadas. Se vitorea el arriba los que luchan. Aplauden hasta el calambre. Los jóvenes desde el fondo del cortejo sostienen trapos rojinegros, cantan “La Internacional” y llaman a las barricadas, como Pocho hubiera querido.

MONTEVIDEO. Después de un año y medio de vivir en los conventillos de la calle Ansina, la familia Mechoso Méndez se mudó a la Cachimba del Piojo, era 1944. Nilo, el padre de la familia, fue dejando el oficio que practicaba en la Trinidad abandonada buscando mejores horizontes. Colgó las tijeras de peluquero que tantos cortes desinteresados habían regalado. El cambio de rubro lo encontró entre los vidrios de la fábrica Ganchou y luego entre vacas, en el frigorífico Swift.
La casa alquilada en La Teja había sido techo para tres pequeños de apellido Revello que cuidaba una señora para el Consejo del Niño. Cierto día los devolvió a la institución, de donde fugaron tan rápido como pudieron. Volvieron al hogar, con los Mechoso adentro. Pidieron para quedarse. Dos se fueron pronto pero el tercero, Vicente, se acomodó en la calle Humboldt y fue un hermano más. Era inquieto por lo social, fue el primer anarquista del hogar. El segundo fue José Leopoldo, el hermano mayor, luego Juan Carlos y Pocho, que se llevaban poco más de un año, y también Nila, la maestra, la única que estudió. Los niños trabajaron desde temprano en los almacenes que los retribuían con vintenes y refuerzos.
Las industrias se instalaban en la periferia montevideana. Pueblo Victoria, La Cachimba del Piojo y el Cerro se transformaron entre chimeneas humeantes alimentadas por inmigrantes y emigrados del campo.
El costillar de aquel pueblo sustentaba la quimera. La Teja y el Cerro lo sabían. Desde principios de siglo se organizaron para pelear descarnadamente las injusticias que les trabajaban el corazón y revolvían las tripas. La fiebre fabril empujó la sindicalización de una vasta porción de tejanos y cerrenses. En los anaqueles de las memorias reposan las huelgas metalúrgicas de 1946, 1947, 1950 y la de 1955, que terminó con la muerte de la vecina María del Carmen Díaz.* El paro general de junio de 1947 contra los recortes al derecho de huelga, medidas prontas de seguridad en 1952, huelga naval, huelga textil en 1953 y frigorífica en 1956. Durante la huelga de ancap en 1951, los vecinos que todavía caminan por el Cerro contaron 40 mil personas en la calle. Los diarios no cruzaban el Pantanoso. El tranvía número 16 era frenado a pura piedra. Ni los milicos entraban y, cuando lo hicieron, hasta las doñas tiraban piedras amontonadas en sus delantales. Entonces Pocho escapó del garrote con Vicente gracias a un cascote certero y definitivo contra el milico que los perseguía. Por aquella huelga épica El Cerro y La Teja se ganaron el mote de Paralelo 38, que también dividía a las dos Coreas por entonces enfrentadas a puro misilazo. El conflicto internacional duró un año más. Su fin significó la caída del comercio exterior uruguayo y el lento pero persistente desarme de la industria, del made in Uruguay que adobaba carnes en las ollas de aquel mundo paralelo.

 BUENOS AIRES. La primavera del 76 sorprendió a Adalberto Soba y al Pocho en un bar bonaerense. Eran las 13.20 del 26 de setiembre en la ciudad de la furia. Dos hombres salieron del baño y sin más preámbulo patearon la mesa donde se ponían al día los uruguayos en el exilio. Saltaron los cafés, los puchos y la caja de fósforos donde Alberto guardaba la pastilla de cianuro. Su libertad estaba en jaque, como la de los otros del Partido por la Victoria del Pueblo, organización fundada en Buenos Aires por el aparato armado de la Federación Anarquista del Uruguay (fau), la Organización Popular Revolucionaria (opr 33) y el “frente de masas”. Entre junio y julio militares uruguayos y argentinos secuestraron a una veintena de sus miembros, entre setiembre y octubre otros veinte más. .. PARA LEER EL CONTENIDO COMPLETO DE LA NOTA SUSCRIBITE A BRECHA DIGITAL, arriba a la derecha.

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