Hoy existen tantas minorías que parece que, dentro de poco tiempo, los verdaderamente minoritarios serán los que no pertenezcan a ninguna. Cada minoría, individualmente considerada, tiene sus particularidades legítimas, y es claro que son compartibles muchas de sus reivindicaciones. Pero consideradas en conjunto, aparecen elementos un tanto irracionales. Veamos el asunto. Cada vez que una minoría reivindica sus derechos estamos ante la presencia de un acto legítimo y muchas veces compartible. El discurso reivindicatorio puede apelar al pasado, a la violencia, a la igualdad de oportunidades, etcétera. Todo esto no es criticable en absoluto. Pero implícita detrás de cada reivindicación está como contracara la figura difusa del “discriminador”, figura que no tiene nombre y apellido y a veces se deja en términos vagos (quien discrimina es “la mayoría”, “el mercado laboral” o “la sociedad”). El discriminador es el fantasma ausente del discurso, pero el que le da sentido. Pues, ¿qué reclamo habría si no estuviese ese fantasma difuso del “discriminador”?
Este “fantasma” (que vendría a estar integrado por las personas que no pueden inscribirse en ninguna minoría), sin embargo, resulta ser más discriminado que el discriminado mismo. Cuando, por ejemplo, se violenta a una muchacha negra a la salida de un baile, el acto no es interpretado primeramente como violencia pura; es interpretado como racismo. Y allí saldrá una “marcha de las motas”. Pero cuando en el mismo momento una mujer blanca de clase media es baleada, el acto es violencia sin más. Nadie hará una marcha por aquella mujer. No es políticamente reivindicable. Está excluida de todo reclamo colectivo, por lo que le queda solamente ser una víctima anónima más.
Está claro que la idea no es hacer una marcha por cada acto reprobable. Se abusaría del recurso, como se abusó de los manifiestos en los años sesenta, tal como recuerda Mario Sambarino en La cultura nacional como problema (1969). Lo reprobable es el mecanismo automático de utilizar actos individuales y extrapolarlos como consignas colectivas de una determinada minoría. Las minorías se multiplican. El supuesto discriminador, paradójicamente, cada vez es más minoritario. Caso emblemático es el de la marcha de la diversidad contra la marcha de los valores. Los retrógrados, ¿quiénes y cuántos eran? Un puñado de fanáticos, contra una mayoría apabullante. La sociedad uruguaya, aunque pacata y secretamente conservadora (más por no tomar riesgos que por cuestiones religiosas), no parece mostrarse particularmente ensañada contra los proyectos de avance de las minorías. Parecería, por el contrario, celebrarlos.
Sin embargo este auge de reivindicación (que, aclaro una vez más, es compartible) tiene su lado extremo. Un extremo que se da en el propio discurso. Sucede, a mi entender, lo que llamaré la “falacia de las minorías”, una especie de lugar absurdo en donde ya se pasaría un límite. Esta falacia tiene tres elementos.
1. Se interpreta un acto reprobable individual como un acto contra un colectivo minoritario, se confunde el hecho con la causa. Por ejemplo: un robo es un robo, y un robo a un gay, a un budista, o a quien sea, sigue siendo un robo, sin más. La causa del robo no ha de ser necesariamente la condición minoritaria de la víctima. Se cae en la falacia de confundir dos hechos juntos (el robo y la persona minoritaria) con que una cosa sea consecuencia de la otra. Esta falacia se inscribe dentro de la categoría “post hoc, ergo propter hoc”, que es el nombre latino de lo que se ha señalado antes.
2. El hecho de tomar casos individuales habilita una persecución casi policial de cualquier actitud, gesto, palabra, etcétera, que afecte a algún miembro del colectivo
3. Por último, se descalifica toda crítica a la reivindicación, pues será interpretada como retrógrada o proveniente de un “fantasma” discriminador, aunque no sea necesariamente así. Todo movimiento sano admite su crítica. Lo que no es así es dogma, pues el dogma justamente es lo incuestionable. Pero parece difícil estar en desacuerdo con ciertas medidas (como la reciente y absurda petición de exclusión del diccionario de la expresión “trabajar como un negro”) sin parecer un discriminador.
De todos modos, y en el caso particular de la minoría negra, se ha hecho ver varias veces el absurdo de sus recientes reivindicaciones lingüísticas, no tanto por racismo sino, a mi entender, por ser parte de la falacia que he señalado anteriormente. El Carnaval pasado, por ejemplo, varias murgas (de las que nadie dudará de su honda raigambre popular) usaron humorísticamente la expresión “afrodescendiente”, tomando como referencia lo sucedido entre Patrice Evra y Luis Suárez. La palabra “afrodescendiente” no solamente es larga, sino innecesaria políticamente en una sociedad en la cual la palabra “negro” no tiene la connotación negativa que, por ejemplo, tiene en los países anglosajones.
Por otra parte, y mal que le pese al colectivo afro, cambiar la expresión “negro” por “afrodescendiente” es discriminatoria también. Descendientes de egipcios o marroquíes que viven en América son sin duda alguna afrodescendientes. Pero a ellos no les iría bien el término en su uso político y reivindicatorio actual, porque les falta algo: ser negros, haber compartido una terrible historia de esclavitud, haber trabajado como negro en los cafetales, o en las casas, en los campos o en las minas. Por otra parte, y ante un nuevo reclamo, hoy por hoy, se reitera en los muros de Facebook la disconformidad contra la nueva propuesta lingüística de extirpar una expresión (“trabajar como un negro”) por considerarla discriminatoria. Pero más allá de la disconformidad social, cabría señalar que en todo esto justamente hay una contradicción. Los negros de hoy hacen sus reclamos legítimos amparados en que su historia es haber trabajado como negros. Sacar esa expresión del diccionario no sólo es inútil sino que va en contra de una de las razones poderosas que sostienen los reclamos contra la discriminación existente en la actualidad.
Creo que en este caso hay límites, y que fueron sobrepasados. Y la razón principal no es que esto afecte a los no-negros, sino que afecta a los propios que reclaman. Continuar con este tipo de movidas (y ahondar en la falacia de las minorías) no solamente es un intento infértil de borrar el pasado donde se sostiene su propio discurso, sino que les hace perder credibilidad en el cuerpo social. Y eso es algo que el propio colectivo no debería permitirse a sí mismo.
* Licenciado en filosofía y escritor. Docente de epistemología en la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación (Universidad de la República). Entre sus trabajos se encuentra Introducción al pensamiento uruguayo (Comisión del Bicentenario-Cruz del Sur, Montevideo, 2011), trabajo realizado en coautoría con la licenciada Lía Berisso.