La era del voyeur
- Última actualización en 01 Febrero 2013
- Escrito por: Rosario Touriño
Tania y la anestesia social
Una vez más la difusión en un canal televisivo de un video tomado por las cámaras de seguridad de un local privado –y que forma parte de una “reservada” investigación penal– se transforma en la pieza del momento y coloca al ojo ciudadano en la función de juez. El lente toma en un plano bastante lejano la brutal agresión de cuatro mujeres en perjuicio de la activista Tania Ramírez, en las afueras del boliche Azabache. El relato mediático, apoyado en esa secuencia muda y la posterior aparición de una de las agresoras en el mismo programa –Subrayado–, abrió toda una controversia en torno al carácter racista del suceso. Y también una serie de diálogos propios del cotilleo, enfocados en quien comenzó la riña, en si el adjetivo “chango” es tan discriminador como el de “negra sucia” y otros bocadillos de similar textura. Llame al 0800-0001 si cree que el ataque fue racista y al 0800-0002 si cree que fue una riña. Estuvimos a un tris de que a alguien se le ocurriese una compulsa binaria de esta naturaleza para completar el reality. Quien no se hizo esperar fue el inefable tertuliano que no tuvo empacho en twitear con la sintaxis urgente de las redes sociales: “Se burlaron del país los q convocaron contra racismo x reyerta por un taxi a la salida de un boliche” (tal fue el caso del abogado, e integrante del Partido Nacional, Graziano Pascale).
Seguramente, la génesis de la violencia contra Tania sea multicausal y desentrañar sus diversas capas sea tarea para sociólogos, psicólogos y antropólogos, pero la elocuencia de la imagen permite divisar por lo menos un par de elementos incontrastables.
Primero: la absoluta asimetría del conflicto. Fueron cuatro personas quienes la emprendieron contra una sola. Cuatro mujeres que propinaron puñetazos, cabezazos, y patadas en el piso a una víctima indefensa (enrostrándonos una gestualidad que subvierte los códigos esperables en el género). “Fue una riña callejera”, dice Gimena, la agresora entrevistada con ese intimista estilo de Aureliano Folle, olvidando la disparidad del número y una consecuencia irrebatible: fue Tania quien terminó hospitalizada en un cti con innumerables contusiones y el hígado comprometido. Ese elemento, la evidencia de las lesiones personales, fue determinante para la justicia penal, y de poco valió el intento de justificación (“Yo no soy racista”, repetía la agresora, sin reparar en la desproporción de la violencia patotera). Y, en el colmo de la anomia, los allegados de otra de las agresoras llegaron a acusar a Tania de pretender “fama” a partir de un eventual uso político del incidente…
Pero si de perplejidad se trata, un segundo detalle del asunto se nos muestra descorazonadamente revelador. Hay por lo menos siete personas enfocadas por el lente de la cámara que contemplan el espectáculo sin un mínimo atisbo de intervención (a excepción de un hombre de camisa celeste que ensaya un tímido intento). Dos de ellos, a pesar de que a esa altura la incursión violenta de las mujeres se había desmadrado, llegan incluso a comentar la situación entre risas. Como si estuvieran ante una exhibición de féminas en una lucha en el barro. O como si fueran los convidados de rigor en una sesión de El club de la pelea. Y es en esta pasividad del colectivo cuando el foco de la violencia deja de estar circunscrito a los protagonistas del hecho criminal, para volverse más abarcativo. La indiferencia de los “espectadores” de la violencia nos hace situarnos una vez más en el estado de la convivencia de la sociedad. A esta altura ya parece ingenuo reclamarle a la seguridad del local privado que actúe más allá de la jurisdicción de Azabache ¿Pero cómo puede ser posible que decenas de observadores no se hayan visto impulsados a intervenir, de la manera que fuese, para frenar una situación en la que era evidente la extrema vulnerabilidad de una de las partes? Las risas, las muecas socarronas, los que prefirieron volverse de espaldas, expresan una de las aristas más patéticas del hecho pero además nos obligan a preguntarnos de nuevo por nuestro averiado pacto de convivencia ciudadana. Los uruguayos parecen estar cada vez más replegados sobre sí mismos y sobre el acotado racimo de su tribu. Los “otros” parecen haberse transformado en una entidad amenazante para nuestra cómoda “isla”. Cada vez parecemos tener más desdibujado el manual para dirimir los conflictos en el marco de la interrelación con nuestros pares. Y es que aunque no siempre exista la implacabilidad de la imagen, basta observar los umbrales de tolerancia que se perciben en el tránsito, un estacionamiento, un espectáculo deportivo o la parada de un taxi. La espera se ha convertido en una rara virtud de uruguayos zen y la ansiedad es la que marca el biorritmo citadino. La negociación cotidiana y el reclamo cortés de los derechos, que deberían ser parte esencial del ser gregario del siglo xxi, parecen constituirse en una práctica demasiado esforzada para una sociedad crispada. ¿Hay aversión a involucrarse por el miedo a una reacción destemplada del otro o por el mero hecho de abandonar ese voyeurístico placer de la contemplación?
Es probable que en la raíz del fenómeno incidan males propios de la civilización occidental capitalista, atomizada por el invidualismo y la versión más primitiva del hedonismo. Pero más allá del talante global, en la aldea ¿no habrá que multiplicar decididamente los centros de mediación y otras instancias de resolución pacífica de los conflictos? ¿Y no será tiempo de fortalecer en la enseñanza todo aquello vinculado a los derechos ciudadanos y a los valores societarios? La estrategia por la vida y la convivencia lanzada por el gobierno iba por ese camino, pero la sensación es que, más allá de la última incursión del Ministerio de Educación, es una agenda que no termina de cuajar y sólo es revisitada en torno a los espasmos mediáticos.


Comentarios
Bonanza económica, crisis espiritual. Ese es el Uruguay de hoy.
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