Con Daniel Olesker, ministro de Desarrollo Social
El secretario de Estado, de filiación socialista, planteó la necesidad de modificar la matriz productiva, redistribuir la riqueza –tanto a través del gasto social como de los impuestos– y dar un mayor impulso a la propiedad cooperativa y la autogestión. En su opinión esos son los temas que debe discutir el Frente Amplio en el congreso que fijará las pautas para un tercer gobierno.
—¿Cuál es el análisis posible de la actual realidad económica y cuáles son los objetivos que la izquierda debe plantearse?
—Creo que la mirada tiene que ver con tres cosas. En primer lugar existe una convicción de que estamos en un sistema capitalista, donde las leyes que lo determinan son generadoras de desigualdad, por tanto lo único que puede contrarrestar la desigualdad natural del capitalismo son las políticas públicas. Durante los primeros años del gobierno esas políticas estuvieron concentradas en recursos económicos que se destinaron al gasto social y a la mejora de los niveles salariales más bajos. Pero cuando ya no se transita por una economía en emergencia sino en crecimiento, con un ingreso per cápita de 15 mil dólares anuales, con un nivel de inversión del 20 a 22 por ciento del pbi, con un consumo interno que lidera el crecimiento (incluso en el último año el mercado interno va a explicar mucho más el crecimiento, porque a nivel internacional ya no tenemos viento de cola sino de frente) hay que comenzar a analizar en profundidad la distribución del valor generado.
—¿Cómo se definen los instrumentos y los caminos para una mejor distribución de la riqueza?
—Yo planteo cuatro terrenos. El primero es intervenir cuando se genera el valor, es decir en la propia estructura productiva; ahí se da la primera distribución del valor generado. ¿De qué depende la distribución de la riqueza y el ingreso en relación con la estructura productiva? De dos factores: el tipo de producción que se haga (del valor agregado nacional que se incorpore) y la propiedad de los medios de producción. Respecto al primero, Uruguay tiene que avanzar notoriamente hacia una economía de uso más intensivo del valor agregado nacional. Acá puede haber un error cepalino de que la única fuente de valor agregado es la industria. Esto no es así, el sector agropecuario es generador de valor agregado, porque incorpora tecnología, conocimiento, procesamiento de bienes primarios. El sector servicios sin duda. Pero Uruguay tiene todavía una baja participación de valor agregado en lo exportado.
La incorporación de valor agregado tiene a su vez dos componentes, que pueden ayudar a que aquel se expanda. Uno tiene que ver con los costos de producción y otro con los mercados de destino.
Respecto a los costos de producción, claramente una política de fortalecimiento del valor agregado requiere, en su primera fase, subsidios. De hecho ya hay, porque la ley de inversiones premia más a aquella que genera más empleo, pero tiene que ser significativa y ahí debe haber un programa de subsidios, llamado fortalecimiento de la competitividad, que puede estar concentrado en pequeñas y medianas empresas y diversificado en el mercado interno y la exportación.
El segundo componente tiene que ver con la inserción internacional. Si quiero agregar valor con destino exportador, es difícil que eso se haga en el comercio con los países desarrollados. El camino está en la complementación productiva con Brasil, por el acuerdo firmado por Dilma (Rousseff) y Pepe (Mujica).
Desde la región puede haber plataformas para el resto del mundo en la medida en que haya producción conjunta. En la naviera está pasando eso, también lo puede haber en los laboratorios de medicamentos. Brasil está más estimulado a mirar más la complementación que la competencia. Por un lado por razones ideológicas, pero también porque es una forma de fortalecerse en su propio comercio con el resto del mundo.
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