“Se murió Chávez, ese perro. Hay menos rabia en el mundo.” De ese tenor fueron muchos de los mensajitos de los escuchas uruguayos que inundaron de “opiniones” los periodísticos radiales tras el deceso del comandan- te. Para equilibrar entre el insulto y la exégesis algún conductor prefirió difundir “paquetes” de tres opiniones, una solución muy uruguaya.
Paradójicamente los insultos, con fundamentos de cancha de fútbol, con- vivían con una supuesta explicación: el estilo de Chávez –a su vez producto de una “idiosincrasia” venezolana, ¿rimbomban- te?, ¿aparatosa?, ¿par- loteadora?, ¿rumbera?, ¿chabacana?, que daría cuenta de excesos, con- tradicciones, ineficacias y radicalismosresulta in- comprensible y rechaza- ble para la porción de este pueblo oriental mesurado, cauto, equilibrado, centra- do, tan europeo como poco tropical.
Más allá de que la catarsis de agresiones parecía revelar una especie de “idiosincrasia venezolana” (la misma que servía para denigrar), esa reacción visceral ante la muerte del presidente venezolano (que alguien intentó justificar diciendo que a diferencia de los argentinos y brasileños, que “viven para sí”, los uruguayos vivimos “para afuera”) no fue ni mucho menos una originalidad oriental. Explotó en todo el mundo –en España, en Honduras, en Estados Unidos, en Chile– con un envidiable carácter homogéneo. Es el mismo tono agresivo, insultante, aparentemente irracional, deliberadamente negador de la realidad, que explotó en Caracas en 2007 en las manifestaciones callejeras de oposición, pero también en la tele- visión privada, donde parecía absolutamente legal calificar al presidente de “ladrón” y “homosexual” y donde no era por ciento coincidencia que el insulto desmesurado, desbocado, explotara precisamente cuando el gobierno venezolano cometió la inconcebible irreverencia, el ataque imperdonable, de no renovar la licencia precaria para una estación de televisión que, como ocurre en otros lados, aquí por ejemplo, se consideran permisos intocables y hereditarios, como si fueran concedidos por gracia divina.{restrict}
La imagen de Chávez, que en el exterior se califica como
la “peor idiosincrasia venezolana”, es una exitosa elaboración de los medios masivos de comunicación, que vienen machacando desde hace una década, desde que fracasara el golpe de Estado de 2002. No vaya a pensarse que los dueños de esas inmensas estructuras mediáticas se re- unieron en un cónclave para elaborar la estrategia; no. La identidad de poder, de clase, de intereses económicos, facilita un consenso y lo vuelve eficaz. El discurso se amplifica, se reitera, se reelabora, se exhuma cada vez que se considera necesario, y se vuelca en las venas de tinta de esa estructura mediática internacional hasta que se vuelve un reflejo condicionado en la pluma de los plumíferos, españoles, hondureños, estadounidenses o uruguayos. De paso, el “populismo” –ele- vado a una categoría de excremento político, sin distinciones ni matices– sirve para atacar a los presidentes sudamericanos que, con igual liberalidad, son etiquetados de “chavistas”.
Bastaba mirar durante un rato como para apreciar cómo golpeó la muerte de Chávez en los politólogos del continente que visten el uniforme de un Carlos Alberto Montaner: Cuba volverá a los cortes de electricidad como cuando el derrumbe de la Unión Soviética la privó de petróleo; la AlbA se desmoronará y no
habrá dios que salve a Correa y a Evo Morales; Uruguay, por supuesto, perderá la parte del pozo petrolero que comenzaba a explotar en esos días, y las naciones del Caribe sentirán el retiro de la limosna chavista. Para ello no alcanza con que muera Chávez; junto con él, pedía el editorial de uSa Today, hay que enterrar al socialismo del siglo XXI.
La virulencia de la reacción ante la muerte de Chávez revela frustración: ya no va a estar esa figura con que la derecha –en Estados Unidos y en España, en Chile y en Uruguay– ejercitara sus músculos a la espera de que la oposición venezolana se volviera eficiente, rompiera el círculo de triunfos electorales chavitas desde hace 14 años y facilitara la Restauración. Por el contrario: el mito que despunta sustituye al batallador de carne y hueso, y el asunto es: ¿cómo combatirlo? Para lograr que el hombre se vuelva bronce y se pueda honrarlo al mismo tiempo que se lo traiciona, se necesita gran dedicación a lo largo de mucho tiempo, como ocurrió con Artigas.
Por el contrario, la idiosincrasia de la reacción venezolana no tiene a la paciencia como una de sus virtudes. Y, si como es muy probable, vuelve a ser derrotada en las próximas elecciones, dentro de treinta días, quizás se enfrasque en una locura.{restrict}