Cuando a mediados de los años noventa, una vez liberado luego de haber pasado dos años y pico en prisión por un intento de golpe de Estado contra Carlos Andrés Pérez, Hugo Chávez deambulaba en busca de apoyo para su proyecto por entonces “nacionalista y popular”, en los encuentros del Foro de San Pablo nadie le prestaba demasiada atención.
Los grandes partidos de la izquierda constituida de la región –el PT brasileño, el Frente Amplio uruguayo– tenían otras cosas que hacer que darle pelota a ese antiguo oficial de paracaidistas exaltado y medio loco, de prosa florida y tan distinto, tan ajeno a su tradición, a sus formas de legitimación y a sus modales. Hugo Chávez olía a azufre. Tres o cuatro años después, en diciembre de 1998, al frente de su Movimiento Bolivariano Revolucionario 200, surgido esencialmente de una camada de militares rebeldes, el que todavía no era “el compañero comandante” terminaba de hacer volar en mil pedazos cuarenta años de aparentemente sólido bipartidismo en su país y estrenaba el primero de los gobiernos de signo más o menos progre, más o menos izquierdoso en una región que luego los multiplicaría. En poco tiempo el venezolano tendría a aquellos que lo miraban de reojo prácticamente que comiendo de su mano. Literalmente.
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Nils Castro es escritor y fue durante buen tiempo asesor de otro militar nacionalista, el panameño Omar Torrijos. “Chávez fue el primer dirigente outsider que confrontó el sistema”, escribió Castro. “Ser el primero lo pone como un bicho raro: el que hizo lo que no se suponía que se podía hacer. Pero había ya en Venezuela un sistema político agotado, que impedía cambios cuando la gente ya no es- taba dispuesta a sostenerlo. Con el Caracazo de 1989 ya había comenzado a prepararse un pro- ceso de protesta y reforma de la sociedad venezolana y Chávez no había entrado en escena todavía.” El militar bolivariano tuvo ese olfato que lo colocaría en el buen lugar en el buen momento. Con el tiempo aprendería a convertirse en un animal político, en un político a secas.
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Sobre la paternidad de esa metamorfosis no hay controversia: Fidel Castro. José Natanson, director de la edición conosureña del mensuario francés Le Monde Diplomatique, evoca el momento preciso en que la mutación terminó de concretarse: durante el intento de golpe de Estado del año 2002 contra el bolivariano, fraguado desde el empresariado local y un sector de las fuerzas armadas, con apoyo evidente de la embajada de Estados Unidos e incitaciones no disimuladas desde los mayores medios de comunicación del país. Escribe Natanson que en ese “con- texto confuso, Chávez ordenó a su guardia personal no enfrentar a los militares sublevados y se entregó sin disparar un solo tiro. Al hacerlo, actuaba racionalmente, midiendo relaciones de fuerza, calculando probabilidades y recurriendo a la enorme astucia de no dejar nada por escrito: se rindió, por supuesto, pero se negó a firmar la renuncia formal que los golpistas nunca pudieron exhibir en público, en uno de esos gestos aparentemente menores pero que revelan la intuitiva sagacidad del verdadero político. Porque renunciando sin combatir, Chávez hacía algo más que evitar el destino trágico de Allende, que se pegó un tiro con la ametralladora obsequia- da por los cubanos cuando las tropas de Pinochet entraban a La Moneda. En aquel momento, en una decisión que a la larga se revelaría acertada, Chávez sí renunció a algo: renunció al destino de héroe para ser, desde ahí y hasta el final de sus días, un político. (Lo interesante es que el consejero definitivo de esa de- cisión, según el mismo Chávez contaría después, era, él sí, un héroe: Fidel Castro, al teléfono desde La Habana, le sugería que no se inmolara, que se entregara mientras pudiera porque, intuía bien, todavía había chances de un retorno al poder. En una de esas vueltas interesantes que a veces nos trae la historia, el héroe le aconsejaba a Chávez que actuara como un político.) (...) A diferencia del cubano, un ex- ponente de la Guerra Fría que lideró la epopeya de una revolución triunfante a 90 millas de la Florida, Chávez fue un político del siglo XXI que llegó al poder por los votos y se mantuvo ahí 14 años gracias al apoyo popular evidenciado en una seguidilla de 13 elecciones impecable- mente ganadas”.
Fidel Castro seguiría siendo a lo largo de los años el consejero detrás del trono del venezolano, y Cuba se convertiría en uno de los principales beneficiarios de las abundantes ayudas que Chávez prodigaría a sus aliados (a todos; poco se sabe, por ejemplo, de la asistencia en petróleo barato que el venezolano prestó a la intendencia de Londres cuando la capital inglesa era gobernada por el laborista de izquierda Ken Livingstone). A cambio del petróleo que mantendría a flote a los cubanos, a Caracas llegarían decenas de miles de médicos de la isla que trabajarían en los barrios pobres... PARA LEER EL CONTENIDO COMPLETO DE LA NOTA SUSCRIBITE A BRECHA DIGITAL, arriba a la derecha.