Siglo rojo
Centenario de Rodney Arismendi
Ayer se cumplieron cien años del nacimiento de Rodney Arismendi. Bajo su dirección el pcu superó el carácter de partido testimonial, extendió su base obrera y se arraigó firmemente en el ámbito intelectual y artístico, hizo su parte en la construcción de la unidad sindical y política, sostuvo sin tregua la resistencia a la dictadura y cosechó su mejor resultado electoral justo cuando el mundo soviético comenzaba a derrumbarse. Brecha ofrece una valoración del legado político de sus últimos años a cargo de Oscar Bottinelli, algunos recuerdos de Álvaro Rico y Esteban Valenti, y exhuma unas juveniles cartas de amor del líder comunista.
Un sostén del fa
Oscar A Bottinelli
Las últimas dos décadas de la vida de Rodney Arismendi están estrechamente relacionadas con el diseño, constitución, nacimiento y supervivencia del Frente Amplio en las condiciones más adversas. El fa es la confluencia de muchos empujes, como el llamado al tercer partido del Partido Demócrata Cristiano (pdc) o las experiencias unitarias acotadas de 1962. Uno de esos empujes, de vital importancia, fue la decisión del Partido Comunista en 1955 de buscar procesos de unidad política –mediante la construcción del Frente Democrático de Liberación Nacional– y de unidad del entonces dividido movimiento sindical. Primero fue lograr que quienes marchaban hacia la creación de una tercera gran opción política en Uruguay confluyesen en un proyecto “sin exclusiones”, que quería decir “sin excluir a los comunistas”. A lo largo de 1970 se desarrollan largas conversaciones entre Arismendi, Luis Pedro Bonavita (Fidel), Zelmar Michelini (lista 99 del Partido Colorado), Francisco Rodríguez Camusso (Movimiento Blanco Popular y Progresista) y Juan Pablo Terra (pdc). Allí se gesta la criatura que nacerá, con más incorporaciones y otros empujes, en febrero del año siguiente. En la gestación quedó claro que si había exclusiones, sin la estructura y la movilización del Partido Comunista, no era viable caminar hacia un tercer gran partido; habría algo más grande que lo existente, pero no un desafío al bipartidismo tradicional.
Para Arismendi el Frente Amplio no debía ser una coalición puntual pero tampoco un partido político, como devino en las últimas dos décadas. Lo veía como una alianza fuerte, de largo tiempo, para procesar los cambios profundos que consideraba que Uruguay necesitaba. Pero además como una alianza de clases, como una formación política pluriclasista: obreros, empleados, pequeños y medianos comerciantes, industriales y productores rurales, profesionales. Dicho en términos marxistas: la alianza del proletariado y la pequeña burguesía, las capas medias. A su vez veía para el Partido Comunista (y en parte para “el partido hermano”, el Socialista) la representación y guía de la clase obrera.
Allí sin duda la concepción de Arismendi fue antitética a la de Seregni. El general veía al Frente Amplio como “el partido” –y así lo planteó explícitamente al estallar la resistencia al golpe de Estado en 1973– de cuya conducción política derivaban todas las demás estructuras y movilizaciones, incluido el plano sindical. Arismendi veía al pcu en el centro desde el cual emanaban rayos diferentes hacia la unidad política (el Frente Amplio), el campo sindical (la cnt) y los diversos campos sociales. La tesis de Seregni de ver al fa como partido no sólo divergía del punto de vista del pcu, sino también de los partidos Socialista, Demócrata Cristiano y Por el Gobierno del Pueblo (es decir, la 99 bajo la guía de Batalla).
Con Arismendi el Partido Comunista cumplió un papel sustancial (como el Partido Socialista y otros grupos menores) en sostener al Frente Amplio en momentos de fuerte cuestionamiento a su existencia, a la razón de su existencia, cuestionamientos que arrancan a fines de 1973 y se profundizan en el exilio. Fue muy importante en el apoyo a la tesis de Seregni de movilización, concertación (con los otros partidos políticos) y negociación (con las Fuerzas Armadas), que guía el camino de la izquierda en la salida institucional. Y apoyó con fuerza la inserción en el sistema político, aunque no un modelo de concertación político-social al estilo sueco para el desarrollo del país.
Quizás lo que más polémica ha generado de la conducción de Arismendi, o del rol del pcu (y de otras corrientes significativas del Frente Amplio), desde que asoma la dictadura hasta comienzos de los años ochenta, es la visión de la existencia de una corriente progresista de corte nacionalista y antimperialista en las Fuerzas Armadas. Esa visión llevó al pcu y la mayoría de los sectores frenteamplistas a apoyar los comunicados 4 y 7 emitidos por las Fuerzas Armadas en el alzamiento del 9 de febrero de 1973.
El papel de Arismendi en sus años finales fue sustancial para el sostenimiento del liderazgo de Seregni, en particular la ida al Club Naval, la participación en los entes autónomos y el afrontar la ruptura del fa, cuando lo abandonan la 99 y el pdc.
Tras su muerte y la debacle del socialismo real vendrá la implosión del viejo Partido Comunista. No se puede hacer un análisis contrafáctico de la historia, por lo que siempre quedará la duda de si con la guía de Arismendi el pcu hubiese podido sortear mejor el vendaval del desplome de la urss.
Memoria de papeles
Álvaro Rico*
En 1982 Arismendi tuvo algunos achaques de salud que lo obligaron a guardar reposo y también a una internación prolongada en Kuntzevo, el “Hospital del Kremlin”, lugar alejado de la capital donde se atendían, entre otros, los dirigentes del gobierno soviético, de los partidos comunistas y otras organizaciones internacionalistas y de buen relacionamiento con la urss.
Uno de esos días de invierno de mucho frío, fui convocado a través de Alcira Legaspi, esposa de Arismendi, a realizarle una visita en el hospital “para conversar”. Atravesando la ciudad de las largas distancias y edificios iguales, con una nieve que caía mansa pero persistentemente, llegué finalmente a un enorme edificio rodeado de bosques. A decir verdad, lo único que me preocupaba en ese momento era, ¿para qué me había llamado Arismendi?
Cuando llegué a verlo, ni la sala del hospital donde estaba parecía de enfermos ni el enfermo parecía tal. Cantidad de papeles escritos desparramados en dos mesas de escritorio y decenas de libros, algunos en el piso, con marcadores caseros de papel entre sus páginas y otros abiertos con anotaciones al margen, además del clásico termo, mate y una yerba uruguaya seguramente de historia e itinerario accidentados en el exilio moscovita, que a veces podía hacer el periplo Madrid-Moscú o México-La Habana-Moscú, u otras veces podía llegar por la “vía rápida” debido a una gira del propio Arismendi por “países occidentales”, o como preciado regalo de algún compañero, de esos que arribaban por distintos motivos a la capital del comunismo a reunirse con el secretario general del pcu.
Para mi sorpresa, la solicitud de Arismendi trataba de una simple colaboración personal: escribir lo que me dictara y/o darle una redacción y estilo unificados a diversos apuntes escritos que, como era su costumbre, salían de su puño y letra apresurados, desorganizados, difíciles de descifrar en la primera lectura.
Más allá de la tarea concreta de improvisado escribiente, el atractivo de la propuesta consistía también en la posibilidad de observar su forma de razonar los temas y de escribir, una especie de visita privilegiada para un joven de poco más de 20 años al laboratorio intelectual de una gran personalidad política e internacional. Asimismo, la sorpresa mayor de la propuesta, para mí, estuvo centrada en la temática de preocupación de Arismendi: Antonio Gramsci.
Aquellas reflexiones expresadas oralmente por Arismendi y aquellos papeles garabateados con pensamientos e ideas sueltas fueron tomando forma de artículos y organizados en 12 carpetas, una y otra vez corregidos y reelaborados.
Algunos de esos artículos fueron publicados como separatas en la Revista Estudios en el exterior. Por algún tiempo conservé parte de aquellos papeles de trabajo, quizás como ayuda memoria para no olvidarme de la anécdota.
Pero me faltaba una pregunta, que no me quería guardar al terminar la tarea: ¿por qué Gramsci? Es decir, por qué Arismendi, que conocía desde los años sesenta al fundador del Partido Comunista italiano –principalmente a través de su relación de amistad con el intelectual argentino, dirigente del pca Héctor Agosti, introductor de Gramsci en América Latina–, le dedicaba sus últimos trabajos teóricos del exilio. Por qué no formó parte de las fuentes teóricas del pcu y del propio Arismendi en los años sesenta y principios de los setenta.
La respuesta fue toda una definición, algo así como: “Porque en los años sesenta todo se podía explicar con Lenin”. Eso podía tener una clara explicación hacia el pasado, en las definiciones del “Partido leninista”, en Lenin, la Revolución y América Latina. Pero, ¿qué explicación contenía hacia el futuro que se avecinaba en el Uruguay posdictadura y democrático? ¿En todo caso –y esto ya no constituyó la conversación con él–, buena parte de la llamada “convergencia de pueblos y gobiernos”, o del concepto de “democracia avanzada”, o del partido del “millón de afiliados”, no habrá surgido de ese diálogo de Arismendi con Gramsci en el hospital de Moscú, y esa noción de “hegemonía ampliada” que explicaba mejor que el de “vanguardia leninista” los procesos políticos que se avecinaban en Uruguay y América Latina, luego de la derrota de la “revolución continental” por las dictaduras a principios de los años setenta? n
* Docente universitario.
Arismendi
Esteban Valenti
La vida de los militantes comunistas de aquella época tiene una constante y una referencia: Rodney Arismendi. Que algunos con los años, los golpes, las heridas, los escombros, hayamos incorporado una visión crítica, no por ello debemos manosear la realidad.
Yo tuve el privilegio de ser amigo de Rodney Arismendi. Durante mucho tiempo lo conocí a la distancia, como una imprescindible referencia ideológica, política y cultural. Las vueltas de la vida y la militancia me hicieron amigo del “Flaco” Arismendi. Él cumpliría 100 años, yo cumplí 65.
Fue una amistad basada en la política, que ocupaba el centro de nuestras vidas. La política y la revolución. Mis anécdotas están referidas en parte a esos aspectos.
Considero a Arismendi una de las personas más cultas, en el sentido amplio del concepto, que he conocido que hizo un aporte muy importante a la cultura de toda la izquierda uruguaya. Con él se podía hablar y aprender de literatura, de historia del arte, de pintura, de política y de muchos otros temas. Era un uruguayo universalista de la frontera (nació en Río Branco) y desconocía y se asombraba con la tecnología. En una oportunidad le mostré la sala de máquinas de ips, que se conectaban con 52 países, con las teletipos mecánicas que leían cintas perforadas y que hacían un ruido infernal, y recuerdo perfectamente su deslumbramiento, su curiosidad de niño con aquel “portento” que hoy es parte de la prehistoria de la tecnología de las telecomunicaciones.
Arismendi era en ése, como en muchos otros temas, un alma atenta, siempre dispuesta a aprender. Por eso ahora, a la distancia, me impacta cómo los comunistas teníamos esas dos facetas, una certeza acerada sobre nuestra ideología bastante indiscutible y una capacidad crítica y de aprendizaje sobre tantos temas.
Dos conversaciones en un mismo día. Almorzamos con Giancarlo Pajetta, jefe partisano, dirigente del Partido Comunista Italiano, y fueron tres horas de debate respetuoso pero enérgico sobre el eurocomunismo, la urss, los partidos comunistas prosoviéticos, y sus alrededores. Ni que hablar que yo compartía y aportaba mi granito de arena a favor de las posiciones de Arismendi. La urss era intocable, todo se podía explicar. Pero la anécdota no está en esa conversación sino en la suma. Esa misma tarde fuimos con Arismendi a ver al alcalde de Roma, el primer alcalde de izquierda, Giulio Carlo Argán, uno de los mayores historiadores del arte del siglo pasado. Y la conversación sobre Botticelli lo dejó tan impactado a Argán que le mandó al hotel donde se hospedaba Arismendi varios libros de su autoría. Y cada vez que por algún motivo lo volví a encontrar, me decía que siempre que regresara Arismendi a Italia él quería hablar con ese raro ejemplar de secretario de un partido comunista.
Conversaciones con el Flaco tuve muchas, la inmensa mayoría sobre temas políticos. Una tarde de sábado, cuando se terminaban las tareas, nos fuimos a tomar algo a la Catedral de los Sándwiches, en la calle Sarandí. Y nunca podré olvidar su amor por un cuento de Guy de Maupassant, “Bola de sebo”; lo consideraba la cumbre universal de los cuentos. Lo he releído varias veces y siempre le encuentro nuevos sabores y nuevas miserias humanas.
Fui amigo del Flaco y le tengo un enorme respeto y admiración, política e intelectual, aunque haya perdido definitivamente mi total “acuerdo con el informe”.


Comentarios
Olvida u obvia además la concepción "postfrenteampl ista" al decir del General Seregni de la Convergencia Democrática del Uruguay a principios de los 80 cuando Seregni mediante el llamado a votar en blanco en las elecciones internas de 1982 preservó la existencia del Frente Amplio.
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