Francisco, antes Jorge Mario

Jesuitas en los años de plomo
Conocí a Jorge Mario Bergoglio en febrero de 1966, estábamos en la década de los 20 años de edad. Él cursaba la licenciatura de teología y yo filosofía en el Colegio Máximo de San Miguel (Buenos Aires). Además de la convivencia en la misma casa religiosa se dio un particular vínculo, pues él era adjunto en la Cátedra de Metodología Científica que cursé ese año. En ese tiempo me delegó tareas de especial interés para mí, por lo tanto nuestros encuentros pasaron a ser más frecuentes. 

En diciembre de 1969 fue ordenado sacerdote.
Unos años después fue designado provincial de la Provincia Argentina, es decir superior regional para la Argentina. Yo pertenecía a la Provincia Uruguaya, en aquel momento independiente, hoy anexada a la argentina.
Un hecho circunstancial hizo que volviéramos a encontrarnos. El viernes santo de 1975 fue detenido (raptado) por las Fuerzas Conjuntas uruguayas el padre provincial de Uruguay, Carlos Meharu, quien celebraba la liturgia de ese día, alrededor de las 20 horas en la Comunidad Cabré de los jesuitas, en la calle Soriano y Ejido. Estaban también “Perico” Pérez Aguire, cinco jesuitas más y 30 jóvenes laicos.
Estaba invitado a participar pero opté por ir a la liturgia del Colegio Seminario, a una cuadra de allí.
Eran las cinco y media de la madrugada del sábado santo cuando me despierta el teléfono. Era Jorge, un compañero jesuita. (Yo vivía en la Comunidad Pedro Fabro, el cias, en la calle Agraciada.) Me dice que Carlitos, el padre provincial, no había ido a dormir esa noche a su casa de Larrañaga y Caiguá. Esta comunicación ahora puede sorprender al lector. Pero recordemos que estábamos en plena dictadura y un cambio no avisado de rutinas podía ser indicio de cualquier cosa.
Inmediatamente me dirigí al Colegio Seminario, la casa principal y referente de los jesuitas en Uruguay. Allí me encuentro con Pablo, otro compañero, madrugador vocacional, quien me entera de lo sucedido en la noche anterior y me dice que están en la Jefatura de Policía. Camino-corro esas cuadras, confirmo la noticia, cruzo al bar de enfrente y acarreo más de cuarenta milanesas al pan. “Atendamos primero el cuerpo”, pensé. Luego llevamos unas frazadas.
¿Y ahora qué hacemos? Quien podía tomar decisiones estaba preso, el “socio” o sea el número dos, el padre Miguel Artola estaba en Colombia. El “consultor” más antiguo, el padre Andrés Assandri, estaba en Colonia del Sacramento. El rector de la comunidad más importante, Luis del Castillo, estaba en Rio de Janeiro. ¿Entonces? ¿Quién nos quedaba a mano para encarar un plan de acción?: el secretario, el padre Sancho, hombre mayor que quedó abatatado con la noticia. Nos miramos con Pablo constatando que estábamos solos.
Necesitábamos un interlocutor de absoluta confianza y a la mano. Se nos ocurre llamar a monseñor Carlos Mullin, jesuita, obispo de Minas. Sabíamos que tenía contactos con algunos gobernantes. Llegó esa misma tarde. Fue una buena elección pues los dos teníamos buen relacionamiento con él y su gesto paternal nos dio algo de calma.
Enseguida llamó al presidente de la República, Juan María Bordaberry: le contestan que estaba en su estancia de Durazno. Llama al ministro del Interior: estaba en la Semana de la Cerveza en Paysandú. Llama al general “Goyo” Álvarez, estaba en la Semana de Lavalleja en Minas. No se podía creer. Llegué a pensar que si Dios Padre llegara al Uruguay durante una santa y criolla Semana de Turismo tendría que recorrer las rutas de la patria montado en bicicleta para encontrar a alguno de sus fieles.
El paciente y tenaz monseñor Carlos Mullin, a quien no vi retroceder ante ninguna adversidad en varios años que conviví con él, se atrevió a jugar su última carta. Llamó al comandante en jefe de las Fuerzas Armadas y éste sí contesta. Monseñor saluda y rápidamente le dice que ponga en libertad, ya, al padre provincial y a todos los jesuitas y laicos que tenían presos. El general contesta: “Lo llamo en diez minutos, déjeme averiguar de qué se trata”.
Al rato suena el teléfono: “No pueden ser liberados pues pasarán el lunes a la justicia militar”. “¡De ningún modo!”, fue la respuesta. “Si no los libera mañana, domingo de Pascua, con las iglesias repletas hago leer un comunicado del Episcopado entablando juicio eclesiástico al Estado uruguayo.”
Yo pensaba que esta escena surrealista sólo podía darse entre monseñor Mullin y el general Vadora. La respuesta del general fue que no podía hacer eso pues él pondría soldados en las puertas de todas las iglesias y capillas de la República. La respuesta de monseñor fue fulminante: “Usted no tiene fuerza para hacer eso pues no puede controlar todos esos lugares entre las 6 de la mañana y las 21 horas”.
En el correr del domingo saldrían libres los laicos más jóvenes. En cuanto a los jesuitas, decían los militares, el martes podrían ser liberados quienes no tuvieran “antecedentes”. Perico y Carlitos no podrían salir.
Aquello no terminaría fácilmente. Había que hacer algo más fuerte.
El domingo de la pascua de resurrección fui a las cinco y veinte de la madrugada al aeropuerto pues sabía que había un vuelo a Buenos Aires. En esa época había vuelos con aviones pequeños de cuatro compañías, con frecuencias de unos 45 minutos. En ese primer vuelo matutino ya habíamos sacado en anteriores oportunidades a algún compañero perseguido. Me arriesgué a probar suerte.
Iba a Buenos Aires a encontrarme con mi amigo Jorge Mario Bergoglio. Estaba seguro de que me ayudaría, él era el provincial argentino. Nos encontramos en un bar en Corrientes y Callao. Llegó a la hora establecida. Le conté y me preguntó sin indagar: “¿Qué querés que haga?”. “¡Quiero hablar con el padre Arrupe!”, le dije. (Era nuestro padre general, en Roma, le dicen el “papa negro”.)
Sin más me dijo “Vamos”. “Esperame en la puerta del Salvador, necesito conseguir un auto.” Cuando llega subo y ya en marcha se saca el cuello romano, lo guarda en la guantera. Empieza a dar vueltas por Buenos Aires, ninguna telefónica le servía. “Nadie tiene que reconocerme.” Terminamos en Avellaneda en una casucha telefónica. En la cabina disca y habla directamente con el general. El alma me estaba volviendo al cuerpo. Le explica muy brevemente y me pasa el teléfono. Me presento, ¡no podía creerlo, se acordaba de mí! Hacía unos meses habíamos conversado en Roma. (Éramos unos 36 mil jesuitas en el mundo.).. PARA LEER EL CONTENIDO COMPLETO DE LA NOTA SUSCRIBITE A BRECHA DIGITAL, arriba a la derecha.

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