Plegarias y votos
- Última actualización en 05 Abril 2013
- Escrito por: Carlos Demasi*
El matrimonio igualitario, los blancos y la historia
Frente a la inminencia del debate parlamentario de la ley de matrimonio igualitario, algunos obispos lanzaron fogosos llamamientos invitando a los legisladores a votar en contra. Pero el Directorio del Partido Nacional decidió, el pasado lunes, dejar en libertad de acción a sus legisladores. Ya se adelantaba que votarían el proyecto algunos integrantes del Honorable, entre los que estaba su presidente, Luis Alberto Heber,** quien disparó: “el Partido Nacional no es un partido que acepte los dictados de la Iglesia”. El Partido Nacional definió su relación con la religión en arrebatada confrontación con el batllismo a comienzos del siglo pasado, cuando Batlle descolgaba crucifijos, separaba matrimonios y secularizaba festividades, mientras se burlaba del dogma de la inmaculada concepción y de la virginidad de María. Es difícil saber si este posicionamiento nacionalista se apoyaba en convicciones religiosas o en razones políticas (o en alguna combinación de ambas). Por entonces era frecuente escuchar el argumento de que el Partido Nacional era el “verdadero partido de los católicos uruguayos”, acorralando así a la minúscula Unión Cívica, lo que hace pensar que el ojo estaba puesto en la urna antes que en el sagrario. En esa línea, fueron voces nacionalistas las que se levantaron para alegar contra el divorcio con argumentos que también invocaban el “orden natural” y que trataban de mantener al Estado apartado del sagrado recinto del hogar doméstico.
¿Puede pensarse entonces que en los cien años transcurridos desde aquellos debates hubo un cambio radical en la postura del partido? Sin dudas que algo hubo, aunque no tan profundo como puede parecer a primera vista. Como en la sociedad de la que es parte, con criterios bastante pragmáticos, en el Partido Nacional la política se impone a la religión; si ocasionalmente asoman posturas integristas, éstas parecen tener que ver más con la intención de captar opiniones conservadoras que con la defensa de la fe. Si bien es verdad que los discursos y los artículos periodísticos muchas veces han amplificado los argumentos clericales, éstos han coexistido sin mayor conflicto con otros de contextura más terrenal, como cuando invocaban las dificultades económicas supervinientes al marido como resultado de la división de bienes de la sociedad conyugal. Allí la fe se entreveraba con los intereses de clase; Emilio Frugoni, notorio anticlerical, afirmaba que el divorcio no era un tema que interesara al proletariado.
Sin duda las opciones político-partidarias pesan más que las demandas de la fe, y las definiciones sobre temas religiosos se han orientado siempre por una racionalidad política: José Pedro Barrán recuerda que Herrera y Alfredo Vázquez Acevedo eran moderadamente “divorcistas” en 1908, pero se opusieron con mucha fuerza a las leyes de divorcio posteriores. Recuérdese también que, con excepción de la Unión Cívica, todos los partidos apoyaron la separación de la Iglesia y el Estado en 1917, y fue un católico, Gustavo Gallinal, quien invocando su condición de tal fundamentó el apoyo del Partido Nacional a la medida cuando todavía las autoridades católicas condenaban esa separación. En 1917 el tema de enconado debate fue la propiedad de los templos, que el proyecto constitucional entregaba a la Iglesia y que los socialistas y algunos batllistas radicales querían trasformar en propiedad pública.
Desde entonces la sociedad uruguaya ha trasladado las prácticas religiosas al espacio de lo privado, mientras instalaba la acción política en la esfera pública. Por lo tanto puede ocurrir (y ocurre) que las devociones personales no se traduzcan en opciones políticas. Sin duda esto ha repercutido positivamente en las prácticas políticas predominantes: en lugar de la invocada amenaza del relativismo moral, lo que ha habido es una saludable renovación de los debates que se acompasan con los cambios producidos en la sociedad, como lo destacaron algunos de los legisladores que participaron en la discusión parlamentaria del martes.
Tratándose de una sociedad que no instituye el clivaje religioso como una de las claves de su organización, normalmente la confesión religiosa no representa una frontera social fuerte en la vida corriente. En los partidos uruguayos coexisten militantes de todas las confesiones y “librepensadores” enemigos de la religión, que coinciden en sus opciones de acción públicas aunque discrepen en otras dimensiones de la personalidad. No es diferente a lo que ocurre también en el hogar doméstico y eso también es algo que tomamos con bastante naturalidad, aunque pueda resultar extraño visto desde afuera. Está en lo cierto entonces el senador Heber cuando afirma que su partido no acepta los dictados de la Iglesia, y en ese sentido continúa una línea ya definida desde hace tiempo. Lo que no impide que en otras circunstancias, como lo hizo en el pasado, su partido pueda recoger los argumentos religiosos y utilizarlos para sus fines políticos.n
* Licenciado en ciencias históricas. Docente del ipa y de la Facultad de Humanidades. Investigador nivel II del Sistema Nacional de Investigadores (anii)
** Los otros dos senadores blancos que suscribieron el proyecto fueron el también herrerista Gustavo Penadés y el líder de Alianza Nacional, Jorge Larrañaga. El texto fue votado por 23 senadores. Ocho legisladores (los blancos Sergio Abreu, Juan Chiruchi, Ana Lía Piñeyrúa, Francisco Gallinal, Eber da Rosa, Carlos Moreira, Jorge Saravia y el colorado Alfredo Solari) se pronunciaron en contra. El frenteamplista Carlos Baraibar, en desacuerdo con parte del proyecto, dejó su banca para que lo votase su suplente Milton Antognazza. Como en el Senado hubo modificaciones, la iniciativa volverá a Diputados, donde se descuenta que se convertirá en ley.{/restrict}

