De ponchos y sobretodos

El pacto rosado para Montevideo

La negociación entre blancos y colorados para alcanzar un acuerdo que les permita comparecer juntos en las elecciones departamentales de Montevideo encontró nuevos escollos. A la compleja ingeniería electoral se sumaron, ahora, trabas coyunturales. La candidatura de Fernando Amado, el resbalón de Lacalle Pou y nuevas declaraciones de Tabaré Vázquez impactan en el ágora política.

El altruismo es una gran virtud si se pone en práctica con los recursos propios. Quien les pide a otros que sean altruistas aparenta nobleza mientras ejercita una forma tramposa de generosidad. Opinadores varios, académicos y hasta algunos medios, como El País, les piden-exigen a los integrantes de la oposición, a través de sus editoriales, que sean generosos, que confluyan para enfrentar al Frente Amplio en Montevideo. Entre los que desde dentro incitaban a la unión –Pedro Bordaberry y Luis Alberto Heber, para citar dos ejemplos– estaban quienes usaban como ejemplo al macrismo en Argentina. Los antikirchneristas, proclamaban, habían dado en el clavo: deponer enconos internos, proponer un programa común y congregarse tras un candidato estrella, Mauricio Macri, que concretaría el milagro. En ese caso la fórmula se reveló perfecta. Se insiste desde la tribuna o, mejor dicho, desde los palcos vip, en que no hay alternativa: hay que unirse para ganar. Pero el armado opositor es trabajoso de por sí, y la coyuntura le añade trabas adicionales.
Hace casi un año blancos y colorados iniciaron conversaciones para auscultar la posibilidad de un acuerdo que desplazara al Frente Amplio del gobierno de la capital. Tras el visto bueno de las dirigencias políticas, los senadores Ope Pasquet (Vamos Uruguay) y Gustavo Penadés (Herrerismo) empezaron a afinar la partitura de una sinfonía inconclusa. Por aquellos tiempos el senador de Alianza Nacional (an) Jorge Larrañaga se manifestaba contrario a cualquier tipo de entendimiento que “desdibujara” las identidades partidarias. “No estoy de acuerdo con que blancos y colorados anden votando juntos, blanco es blanco y colorado es colorado”, decía a Brecha (1-VI-12). Hace algunas semanas el líder de an revirtió su posición y estuvo dispuesto a “explorar la alternativa” con “una actitud de realismo político y cívico, que encare con coraje republicano las demandas de la población”. El sí de Larrañaga volvió la mirada sobre el Partido Colorado. Pero cuando el acuerdo empezaba a perfilarse, dos sucesos volvieron a sacudir al archipiélago opositor.
El primero, la patinada del precandidato blanco Luis Lacalle Pou, al proponer que el acuerdo utilizara el lema Unión Cívica, extinto luego de su incorporación al Partido Nacional en las últimas elecciones. “No hay que enredarse con ingenierías. Guambia con las excusas. Vamos a hacerla fácil. Hay un lema que está vigente, que es la Unión Cívica. Dejemos nuestros anclajes y vamos a votar con la Unión Cívica”, había dicho Lacalle Pou durante un acto de la lista 40 que orienta el diputado Javier García. El segundo, el lanzamiento de la candidatura de Fernando Amado y su rechazo explícito al acuerdo, en contra de la opinión de su líder, Pedro Bordaberry. Estos dos hechos disfrazaron, sin embargo, el problema de fondo: la compleja ingeniería electoral que deberían echar a andar para conformar una alternativa común al fa. Para citar sólo un ejemplo: la disposición transitoria W, conocida en la jerga política como “la cláusula Santoro”. Propuesta por el ex caudillo nacionalista Walter Santoro en vísperas de la reforma constitucional de 1996, cuando la puja entre Lacalle y Ramírez inflamaba las filas nacionalistas, esta disposición prohíbe a quienes se presentan a cargos electivos en las elecciones internas cambiar de caballo en las elecciones nacionales y departamentales siguientes. Divididos durante 20 años entre nacionalistas y nacionalistas independientes, los blancos temían que quienes perdieran la interna intentaran algún día comparecer a la elección nacional con otro. Con el tiempo, el candado se volvió un juego de esposas.
La alternativa, farfullan en la oposición, sería crear un nuevo partido bajo el cual presentarse en Montevideo. Eso implicaría reservar candidatos –acuerdo político mediante– para ese nuevo lema, lo que se traduce, directamente, en poner en juego una caterva de bancas, aún sin perspectivas reales de si el resultado mejorará el caudal común o minimizará las pérdidas. En política, el futuro nunca está escrito, pero en todo caso se trata de un punto de partida poco entusiasmante para una coalición política. Más aun cuando esa empresa no tiene –a pesar de los intentos de Gandini– un gerente que la conduzca, que imante al conjunto. La necesidad de tamaños jugadores y la de sus partidos parece ser, por ahora, mantenerse en carrera hacia 2014. El pasado cercano, en especial las tácticas y resultados electorales, añaden escollos. Blancos y colorados suscribieron en 2009 un acuerdo para apoyar a Luis Alberto Lacalle en el balotaje con Mujica. En esa oportunidad la estrategia resultó ineficaz. El electorado no compartió la esperanza. Y muchos votos colorados terminaron ungiendo presidente a Mujica.

 

A LOS COLCHAZOS. Desde siempre, desde enfrente se achacó al fa ser una impostura, un simulacro. No ya una fuerza política cuestionable por sus acciones u omisiones, sino una falsía. Con el tiempo, aquel reproche se sofisticó: el Frente Amplio ya no era aquella colcha de retazos de 1971, pero sí una “coalición” de partidos y sectores agrupados con un solo objetivo: ganarle a la suma de blancos y colorados. En el cierre de un encuentro nacional de autoridades locales del fa, el ex presidente Tabaré Vázquez aprovechó para mostrarse como el líder que la oposición teme. Le bastó con una frase y una sonrisa al final: “Aquellos que criticaban esta colcha de retazos ahora quieren una para ellos, pero unidos por la resignación y la impotencia”. El solo intento de forjar un “Partido Rosado” engrosa el relato vazquista para el regreso, propulsado por un juego de extremos donde “ellos” son los conservadores del pasado y “nosotros” los progresistas del presente. Esta tesis es avalada por el colorado Amado, que en una carta titulada “No se trata de pactar. Es ganar… y por qué”, en la que anunció su candidatura a la Intendencia, advirtió: “Ir juntos es darle la razón al Frente en cuanto sostiene que hay una clase política progresista y otra reaccionaria” (véase entrevista). El líder colorado le atribuyó “inexperiencia”.
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