Argumentos para convencer a los convencidos
- Última actualización en 10 Mayo 2013
- Escrito por: Aníbal Corti
Sobre Veto al aborto y las “15 tesis” de Tabaré Vázquez
Aunque la mayor parte de las personas que se oponen al aborto en las sociedades contemporáneas lo hacen por motivos religiosos, tener creencias sobrenaturales no es una condición necesaria ni tampoco suficiente para considerar que la interrupción voluntaria del embarazo es un acto moralmente repudiable en cualquier momento de la gestación.
Tener creencias sobrenaturales no es una condición necesaria porque es perfectamente posible pensar que el embrión tiene desde el momento mismo de la concepción un estatuto moral análogo al de cualquier ser humano adulto, sin que ese pensamiento se derive de creencias religiosas o tenga fundamentos sobrenaturales o trascendentes. Esta idea (que el embrión es sujeto de derechos desde el momento mismo de la concepción) se conoce como concepcionismo.
Tener creencias sobrenaturales no es tampoco una condición suficiente porque las distintas religiones no necesariamente han abrazado el concepcionismo.
San Agustín, por ejemplo, aceptó que había una diferencia entre el feto todavía sin forma humana y el feto plenamente formado, y sostuvo que sólo este último constituía una persona humana. Diversas fuentes documentales indican no obstante que la Iglesia ya condenaba el aborto en los primeros siglos, a pesar de no abrazar doctrinariamente el concepcionismo. Santo Tomás de Aquino, el mayor teólogo de la Iglesia de occidente, tampoco abrazó esa doctrina. Sostuvo que, a los efectos de que el embrión tenga un alma humana, es necesario que sea ya un cuerpo con forma y órganos humanos. Su conclusión fue que los embriones masculinos llegan a tener un alma humana 40 días después de la fecundación; los embriones femeninos por su parte deben esperar otros 50 días, hasta que hayan transcurrido 90 desde la fecundación. Esto es así porque para Aristóteles, a quien Tomás seguía al pie de la letra en esta y en otras cuestiones, las mujeres son física e intelectualmente inferiores a los hombres y por lo tanto sus embriones tardan más en desarrollarse.
Todavía hoy el propio Catecismo de la Iglesia Católica es poco claro al respecto: condena el aborto sin lugar a dudas y sin reservas de ningún tipo, pero no establece una doctrina acerca del momento preciso en que el alma inmaterial es infundida por Dios en el cuerpo humano. Las demás confesiones cristianas y las otras religiones abrahámicas (el judaísmo y el islamismo) tampoco tienen posiciones del todo claras en la materia; es posible encontrar distintas corrientes en su interior. Otro tanto pasa con las religiones orientales.
Para considerar al aborto un acto moralmente malo, entonces, no es necesario ni suficiente tener creencias religiosas, pero sí es necesario y suficiente creer que la vida humana tiene un estatuto moral privilegiado desde el momento mismo de la concepción. Un concepcionista (religioso o no) es alguien que piensa de esta forma (o de alguna forma similar): “Una de las mayores conquistas morales de la humanidad consiste en haber creado un amplio consenso en torno a la idea de que todo ser humano tiene derecho a la vida. El óvulo fecundado es un ser humano. Por lo tanto, el óvulo fecundado tiene el mismo derecho a la vida que todos nosotros”.
El libro que se presentó el martes pasado en el hotel Radisson tiene un trasfondo inequívocamente religioso (emana de la Universidad de Montevideo que es una institución patrocinada por el Opus Dei) pero aspira a articular una serie de argumentos de naturaleza no religiosa para rechazar la práctica del aborto así como su legalización.
El libro encuentra su inspiración en el texto del veto del entonces presidente Tabaré Vázquez a los artículos de la ley de salud sexual y reproductiva de 2008 que legalizaban la interrupción voluntaria del embarazo hasta las 12 semanas de gestación. Los editores del volumen (que no aparecen acreditados) dividieron el texto del veto en quince tesis. La división es un tanto generosa, porque el texto (que por lo demás es bastante breve) no contiene tantas tesis ni tantos argumentos. Lo importante para el caso no es la cantidad, sino el hecho de que la mayoría de esas tesis no son relevantes para la cuestión de fondo. La cuestión de fondo, desde luego, es el estatuto moral del óvulo fecundado hasta las 12 semanas de gestación. Si su estatuto moral es análogo al de la persona que ahora lee estas líneas, entonces el aborto es moralmente condenable (y quizás también deba ser penalmente punible). Si su estatuto moral es diferente, entonces el aborto no necesariamente es condenable en términos morales (y tampoco debe ser penalmente punible).
Muchas de la tesis de Vázquez, entonces, son irrelevantes en lo que atañe al estatuto moral del óvulo fecundado. Por ejemplo la primera: “Hay consenso en que el aborto es un mal social que hay que evitar”. Esta tesis puede ser verdadera o falsa. Pero, incluso si fuera verdadera, el consenso social a que alude el ex presidente no refiere al estatuto moral del óvulo fecundado, porque si tal consenso existiera no habría debate alguno sobre la materia. Y el debate, como es obvio, existe. Así pues que el consenso a que Vázquez se refiere (sea cual fuere) no resulta relevante para dirimir el fondo del asunto.
La segunda tesis tampoco es relevante. Dice: “En los países en que se ha liberalizado el aborto, éstos han aumentado”. Nuevamente, tal aumento (real o no) es irrelevante desde el punto de vista moral. No agrega ni quita nada a la cuestión que es necesario dirimir.
La siguiente tesis (que los editores del volumen dividen en dos, pero que en realidad es una sola) sí es relevante y constituye de hecho el núcleo conceptual del planteo de Vázquez. Dice: “La legislación no puede desconocer la realidad de la existencia de vida humana en su etapa de gestación, tal como de manera evidente lo revela la ciencia. La biología ha evolucionado mucho. Descubrimientos revolucionarios, como la fecundación in vitro y el adn con la secuenciación del genoma humano, dejan en evidencia que desde el momento de la concepción hay allí una vida humana nueva, un nuevo ser. Tanto es así que en los modernos sistemas jurídicos –incluido el nuestro– el adn se ha transformado en la ‘prueba reina’ para determinar la identidad de las personas, independientemente de su edad, incluso en hipótesis de devastación, o sea cuando prácticamente ya no queda nada del ser humano, aun luego de mucho tiempo”.
INSUFICIENTE. El texto del veto, como puede verse, se refiere en todo momento a la existencia de vida humana, pero, como es obvio, la mera existencia de vida humana no es suficiente para dirimir el problema.
No toda acción por la cual se aniquila vida humana es moralmente repudiable. Las técnicas que el propio doctor Vázquez ha usado extensamente a lo largo de su muy exitosa carrera como médico oncólogo apuntan a la destrucción sistemática de vida humana: aquella que se reproduce descontroladamente en las células cancerígenas. Nadie considera que el doctor Vázquez haya hecho nada inmoral al destruir esa vida. Más bien al contrario. Porque al destruir esa vida humana el doctor Vázquez ha salvado seguramente a muchas personas y lo moralmente relevante es la vida de las personas, no la mera vida como tal, aunque sea humana.
Todas las células de nuestro cuerpo poseen un cierto adn que es único y personal, pero no por esa razón son ellas mismas (las células) seres humanos ni personas. No basta con asumir que la situación del óvulo fecundado es distinta: hay que argumentar por qué. Y el argumento del adn es bastante débil, por decir lo menos.
El texto de Vázquez es filosóficamente muy negligente al no distinguir entre la existencia de mera vida humana en el momento de la concepción (algo que no está en duda) y la existencia de un ser humano o de una persona (algo que sí está en duda y que es de hecho el fondo del asunto).
Los textos contenidos en el libro no hacen mayores esfuerzos para superar las debilidades conceptuales del texto de Vázquez. De hecho, argumentos mucho mejores que los del ex presidente (como los del filósofo estadounidense Donald Marquis, por ejemplo) ni siquiera aparecen mencionados. Se podrá decir que el libro no refiere al debate general que existe sobre el tema entre los filósofos, sino meramente a los argumentos de Vázquez. Pero no deja de ser cierto que los autores, que por otra parte se apartan aquí y allá de la propia letra del veto, podrían haber esgrimido mejores argumentos.
La sensación que deja la lectura del libro es la de estar leyendo un trabajo (o un conjunto de trabajos) que están muy por debajo de lo que se esperaría de una defensa conceptualmente rigurosa de la tesis concepcionista. La mayoría de los autores (algo que ya pasaba en el texto del veto, a decir verdad) simplemente asumen la tesis como verdadera y luego hacen observaciones de naturaleza jurídica que no llegan a tocar la cuestión de fondo.
Quizás ello sea así porque el libro está escrito para convencidos, igual que los textos que suelen escribir las feministas más radicales sobre la materia. Textos en que la cuestión de fondo se da por supuesta y en que los argumentos no tienen mayor valor.
Es un hecho que el debate sobre el aborto contiene fuertes aspectos emocionales y que quizás los argumentos fríos de los filósofos no convenzan a nadie. También es verdad que se trata de una materia en la que es difícil ver con claridad. La ley uruguaya cuyos artículos vetó Vázquez (así como la ley que actualmente se encuentra vigente) fijaba un plazo muy razonable de 12 semanas para considerar legítima la interrupción del embarazo. Sostener que ya existe una persona humana con sus derechos inherentes desde el momento mismo de la concepción es una posición extrema en el debate. Y las posiciones extremas, precisamente por su carácter de tales, deberían estar muy bien argumentadas. El veto del ex presidente Vázquez y el libro que acaba de editar la Universidad de Montevideo son dos oportunidades perdidas en ese sentido.
El doctor Leslie van Rompaey en su prólogo al volumen se queja de que los defensores del aborto en Uruguay han hecho escasos esfuerzos argumentales para defender sus posturas. Eso es verdad, seguramente. Pero no es menos cierto que los concepcionistas han sido tanto o más negligentes en la materia que los partidarios de la legalización del aborto.


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