Mira lo que acabo de descubrir: el vecino de al lado está en las películas

Ganó el Oscar a mejor protagonista con uno de sus primeros papeles importantes, por el que cobró un salario de 5 mil dólares (Marty, 1955), sin luego alcanzar –o aspirar a hacerlo– el estatus de estrella. Intervino, entre películas de cine y telefilmes, en más de doscientos títulos, y, proponiéndoselo o no, en ninguno de ellos pasó desapercibido.

Republicano activo y de pura cepa y por lo tanto ajeno a la cofradía liberal-demócrata mayoritaria en Hollywood,­ era, sin embargo, inmensamente popular entre sus colegas. Prefería las giras de beneficencia a las fiestas mundanas, pero igual estuvo casado cinco veces, una de las cuales con una colega muy bonita (Katy Jurado, entre 1959 y 1963), luego con otra colega famosa y con final escandaloso un mes después de la boda (Ethel Merman, en 1964). Afirmaba que nunca había probado una droga ilegal. A comienzos de la década del 60, en pleno apogeo de su carrera cinematográfica, se metió de lleno en la industria de la televisión porque un niño del barrio no lo reconoció aunque era capaz de "recitar el nombre de los actores que veía todos los días en su casa"; por lo pronto, su serie cómica-aventurera-bélica-patriótica McHale (1962-1966) causó furor (nacional).

Ernest Borgnine fue un hombre peculiar, pero fue sobre todo un actor peculiar. Robusto, acaso gordinflón, más feo que agraciado, paseó su estampa entre bonachones irremediablemente aficionados a trampas menores y malvados de buen corazón, sin dejar que la cámara le robara un ápice de esa genuina representación de la condición humana que elaboraba sin aparente esfuerzo. Esto, casi lo mejor que se puede decir de cualquier actor, solía estar sazonado por una sonrisa que le permitía exhibir, con indisimulable orgullo, un pequeño hueco entre sus dos dientes más frontales y que, por supuesto, jamás "arregló".

Durante los años treinta o cuarenta, a un actor con semejantes características Hollywood lo hubiera relegado al eterno limbo de los secundarios característicos, pero a partir de la influencia de unas nuevas sensibilidades en parte marcadas por el neorrealismo italiano, de la pérdida de la inocencia que aparejaron la Segunda Guerra Mundial y la Guerra de Corea, del paulatino resquebrajamiento de los grandes estudios y de su sistema de estrellas apolíneas siempre iguales a sí mismas, la década del 50 fue más propicia para el afianzamiento de figuras menos dispuestas a disimular su origen entre las masas. Hijo de inmigrantes italianos, ya era un hombre maduro cuando abandonó viejas profesiones en las que dominaba el vigor físico (soldado, boxeador, estibador) para establecerse, a partir de 1949, como actor de teatro, y dos años más tarde, de cine y televisión. Desde que en 1953 su sargento de la ficción fue capaz de "robarle" escenas a luminosos colegas (Lancaster, Sinatra, Kerr, Clift) en De aquí a la eternidad, y desde que dos años más tarde el carnicero bonachón de Marty que concibió el gran escritor Paddy Chayefsky y dirigió ajustadamente Delbert Mann le enseñara al mundo que el cine estadounidense era capaz de "desglamurizar" a un hombre de la calle, no pararon de llamarlo para hacer de héroe, de villano y, las más de las veces, de algún personaje entremedio. Mejor aun, hasta cumplidos los 95 nunca dejó de decir que sí, que "acepto el papel". Aun cuando no fuera el único famoso. Aun rodeado, sobre todo rodeado de gente más famosa, glamurosa y hermosa que él. En consecuencia, no hay manera de recordar películas tan exitosas como Veracruz (1954), Conspiración del silencio (1955), El hombre pacífico (1956), Banquete de bodas (1956), Barrabás (1962), Doce del patíbulo (1967), Estación polar Zebra (1968), La pandilla salvaje (1969), La aventura del Poseidón (1972), El emperador del norte (1973), Convoy (1978), Fuga de Nueva York (1981) o Gattaca (1998), más un (involuntario) canto de cisne como el estadounidense medio atacado por la ignominia en su virtual unipersonal en un episodio de 11 de setiembre: el día que cambió el mundo (2002), sin reparar en su humanidad, en su personaje grande o episódico, en su sonrisa franca, engañosa, o ambas cosas a la vez. En fija que aquel niño que un día lo despachó a la televisión ya más nunca dejará de reconocerlo.

 

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