Brecha Digital

Del purgatorio a la modernidad

Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial (1945) hasta la creación del Mercosur (1991) nuestro país vivió básicamente en babia respecto al mundo internacional. Con la desaparición de la influencia inglesa que era la que había estado diseñando informalmente, hasta entonces, lo esencial de nuestro comercio exterior, Uruguay quedó sin saber qué hacer. Mucho antes de eso había madurado el “Uruguay batllista” en el purgatorio benigno que había instalado, en el Río de la Plata, el imperio británico.


Bajo esa sombrilla de poder estable se hizo posible para Uruguay –mediante intensas luchas políticas internas, por cierto– la democracia excepcionalmente progresista de las primeras décadas del siglo xx (una democracia que sólo falló en la batalla nunca librada por la afirmación de una gran clase media rural moderna, como la de Nueva Zelanda, que sustentara aquella sociedad económicamente, con alta productividad).
Bastante pronto, iniciada en las décadas del 30 y el 40, y precipitada en las del 50 y el 60, se desarrolló entonces, lentamente, la decadencia batllista. Dentro de ella, una convivencia internacional pacífica basada en el respeto estricto de los pactos o el arbitraje obligatorio para la resolución de los conflictos resultaba una condición irrenunciable de nuestra vida nacional.
Es cierto que, fuera de nuestra región, la cosa no se manejaba con esas reglas. Tras las plácidas y luminosas playas de los cuadros de Arzadun se veía un lejano y despejado horizonte, límite de este pequeño mundo nuestro. Como el cuadro lo mostraba (con el rabioso amor de Arzadun por “la luz propia de Uruguay”, como observó Torres García), no estábamos tan mal. Pero era más allá, mucho más allá del horizonte que ocurrían las cosas que realmente importaban del mundo moderno: el progreso científico y técnico, la imparable industrialización, las guerras mundiales y las rebatiñas imperialistas del siglo xx. Hablar de cumplimiento de los pactos, allí, era una ridiculez propia de un Chamberlain, que Churchill le cobraba políticamente por anticipado.
La vocación por la paz y el derecho internacional no estaban hechos para aquel mundo lejano. Aunque Roosevelt lo hubiera deseado sinceramente así al impulsar la creación de las Naciones Unidas tras la caída del nazifascismo, ya en 1953 los Estados Unidos del secretario de Estado John Foster Dulles orquestaban un golpe en Irán, complementado con el asesinato de Mossadegh (democráticamente electo) y al año siguiente otro golpe en Guatemala, derrocando al presidente Jacobo Arbenz (democráticamente electo). Y desde entonces, prácticamente sin cambios, Estados Unidos se siguió relacionando así con el Tercer Mundo, hasta hoy.

 

UNA DISTRACCIÓN. Pero rompiendo con la pasividad y dispersión de las naciones de nuestra zona, sus dos países principales, Brasil y Argentina, promovieron en 1991, con el Tratado de Asunción, la creación del Mercosur. Todo legal, todo muy agradable y promisorio. Entre otras cosas, Estados Unidos no dijo nada.
Alberto Methol Ferré solía recordar lo que había ocurrido inmediatamente en Washington, en la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado. La secretaria de Estado Madeleine Albright fue interrogada acerca de por qué Estados Unidos no se había movido ante la creación del Mercosur. Respuesta de la canciller: “Estábamos distraídos”.
Bueno, ya no lo están. Según La Jornada de México, “mientras se realizaba el juicio político express contra el presidente democráticamente electo de Paraguay, Fernando Lugo, el pasado 22 de junio, considerado ilegal por los países vecinos, diputados paraguayos se reunían con militares de Estados Unidos para negociar la instalación de una base castrense en el Chaco, territorio extenso y despoblado del país sudamericano”. Desde entonces noticias coincidentes con ésta, provenientes de dirigentes paraguayos, no paran de llegar.
El opresivo control mediático yanqui consigue esconder estas noticias al gran público. De igual modo, tampoco alimenta análisis informados del juicio relámpago a Lugo.
Pero lo cierto es que, con o sin rapidez de los plazos, en ningún momento el “juicio” logró formular alguna razón jurídicamente válida para separar al presidente de su cargo. Ni siquiera alguna tenue prueba lo vinculaba (a él o a su ministro del Interior) con la matanza de campesinos y policías que sirvió de pretexto para su remoción. Producto evidente de provocadores infiltrados (en el mismo estilo que los servicios secretos yanquis usaron cuando el intento de golpe contra Hugo Chávez), el episodio era ansiosamente esperado por los parlamentarios paraguayos puestos sobre aviso para justificar, veloz y chapuceramente, la condena del presidente. El repudio que merece tal “juicio político” no es por lo tanto de forma, sino de fondo: ni una sola razón válida para la destitución pudo ser, no ya probada, sino ni siquiera formulada. Los parlamentarios europeos que descreyeron de todo tenían razón. Aquel juicio sólo es válido para políticos y periodistas uruguayos ubicados gozosamente en el limbo.
Material político sobrante de la época de Stroessner, los parlamentarios paraguayos no se animaron, durante cinco años, a decirle no, francamente, a la entrada de Venezuela al Mercosur. Pero a menos de un año de las elecciones generales comprendieron que su suerte estaba echada si debían competir políticamente otra vez, pero ahora contra Lugo. Y los yanquis de los servicios especiales lo comprendieron también: una pequeña matanza como pretexto, un juicio político relámpago y un nuevo presidente les servirían en el proyecto de amañar las próximas elecciones y salvar al caduco elenco político de tiempos de dictadura.
Podrían después inmovilizar al Mercosur desde adentro con el veto paraguayo para todo lo que a Estados Unidos le conviniera. Y para decorar su golpecito movilizaron a la oea (en una comisión sin representantes de ningún país sudamericano), que aconsejó al organismo quedarse quieto y evitar sanciones hasta que en Paraguay hubiera elecciones.
La región debía responder a estos hechos con otros hechos, no con resignación tras débiles declaraciones de protesta (lo cual es una regla de oro no escrita de la política internacional). Lo que se había dado era una retorcida intervención de extrazona en los asuntos internos de los países del Sur. Brasil comprendió lo que estaba pasando y convenció a Uruguay y Argentina sobre la manera necesaria de reaccionar. El cambio de Lugo por un vicepresidente títere (capaz de paralizar el bloque desde adentro con su poder de veto) fue respondido con la introducción inmediata de Venezuela al Mercosur… como primera respuesta.
¿Es para sorprenderse el intento de escándalo político que desde entonces, con indignación propia de una santa causa, se pretende inflar en Uruguay? Creo que no. Pero la reacción alérgica de Astori frente a la virginidad ultrajada de la “institucionalidad” mercosuriana expresa bien el simplismo legalista –ajeno a las realidades concretas– de nuestra clase media ilustrada. Expresa al batllismo, pero no a Batlle, a José Batlle y Ordóñez, quien si alguna vez, “en el no siempre claro camino del deber”, se veía amenazado por ese simplismo legalista, lo apartaba y seguía avanzando con su atención fija en altos objetivos.
Ahora, con el Mercosur torpedeado artera y disimuladamente, por los yanquis, en la cancha de la política internacional se está jugando al fin nuestra suerte, la posibilidad misma de nuestro pleno acceso político y económico a la modernidad, junto con la región, junto con un mercado ávido de desarrollo de centenas de millones de habitantes. Por suerte, ya no todo Uruguay está en babia. n

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