José Kozer
Autorretrato
[…] Receptáculo y rendija, camaleón, cambiacasacas, y (soy) otro (míralo por la cuarteadura de la vasija) un cuarto de hora.
Esta misma tarde, para no ir más lejos, fui Hawthorne traducido por mí (yo) cinco páginas suyas, se arremolinaron nieves: por su fulgor me deslicé y di (de mí) otro cuarto de hora revolcado en el tedio de una carta (soy) de Kafka: bigas y trigas y cuadrigas de Oriente a la zaga de autor único unánime, todo crece (yo) amaino.
Ánima
[…] Y lo miro y lo vuelvo de revés y me procuro por una tangente del reloj de arena en los ojos: soy aquél que ocupa el espacio (segundo y longitud) del guijarro pulido que refleja (estrato inmaculado) un cielo (floresta, de espejismos) cuajado de azules escalas para el descenso.
Soy oriundo. No salí. El jade de la lagartija es mi país o vocación. Soy parte matemática. Accidente gramatical (enunciado). Fijo injerto del cielo.
(Fragmentos tomados de Y del esparto la invariabilidad (Antología 1983-2004). Visor. Madrid, 2005.)
***
En el Caribe además de las islas está La isla. Ahí nació hace 72 años José Kozer. Alguien que los ha contado dice que lleva publicados medio centenar de libros que suman algo así como ocho mil versos. Varios están estructurados en series, en conjuntos de poemas todos con el mismo título, como “Ánima” o “Autorretrato”, que van asediando un mismo tema en una obsesiva y recurrente exploración, ya sea sobre lo metafísico, sobre la cubanidad, sobre sí mismo.
Escribió alguna vez Kozer que en poesía hay una línea recta y otra línea fracturándose. Que la primera sigue o construye una trama y la fractura privilegia el lenguaje. Este hijo de judíos centroeuropeos que vive en Estados Unidos desde los 20 años y que se define a regañadientes como “neobarroco”, dice que sus primeros pasos fueron en línea recta pero que, luego de los años iniciales, esa recta “se ve sustituida por la fractura, el recoveco, pliegues y anacolutos (…) hasta el grado que lo que al principio se instauró como linealidad, pasó a ser, de manera sistemática, descoyuntamiento, selva enmarañada, proliferación”.
Excluye expresamente de sus padres poéticos a Herrera y Reissig y se acepta, en sus inicios, hijo por ejemplo del colombiano José Asunción Silva. Después se enfoca en los anglosajones (Eliot, Pound, Williams). Más tarde lee a Parra y a Vallejo. “No a Lezama”, aclara. Pero Lezama, ese eco que resuena por detrás de toda la poesía cubana, es un reclamo difícil de eludir. Entonces sí, a los 40, lee a Lezama. Pasados sus 50 años llegan a su “trayectoria lectora, continua, obsesiva”, voces como Oppen, Zukofski, Olson, Berryman...“y de ese arroz con mango diario, triturando y recomponiendo, surge la proliferación de mi trabajo”.
Quizás por eso la foto de portada del Facebook del poeta lo muestra sentado en un sillón de jardín rojo granate, solo, rodeado de una coreografía de idénticos sillones vacíos, con un pie sin zapato cruzado sobre la otra rodilla, leyendo un libro de otro. Cerca de la sombra de un bosque, pero no exactamente debajo de esa sombra.