Brecha Digital

Espejismos

Cualquier uruguayo que cruce el Río de la Plata se encuentra con una imagen idealizada de su país. En el imaginario argentino Uruguay es “un país en serio”, de gente amable y honesta; un país que ofrece seguridad y respeta la libertad. Los orígenes de esa percepción hay que buscarlos en el siglo xix, cuando las elites porteñas que huían del “tirano” Rosas se refugiaron en Montevideo. Desde entonces esta ciudad es el “refugio civilizatorio” frente a la “barbarie” de los gobiernos de Buenos Aires. En el siglo xx la complicada relación con el primer peronismo extendió esta visión a sectores más amplios, al punto que Uruguay se convirtió en el “paraíso” (natural, social, político, económico y también fiscal) de muchos argentinos. Desde los tiempos de la “Nueva Troya” Uruguay asumió esa imagen como estrategia de inserción internacional, presentándose como el país civilizado que Argentina no es. El juego de espejos, en el que el vecino se lleva la peor parte, ha contribuido a complicar el difícil vínculo bilateral e incluso ha tenido efectos poco positivos en la propia percepción.


En un momento en el que las relaciones con la vecina Argentina transcurren por un tramo especialmente tenso, vale la pena indagar, en el nivel de la construcción de imaginarios, la forma en que cada país ve al otro y la posible incidencia de esas miradas en el vínculo bilateral. Sin duda en los últimos meses el sentimiento antiargentino se profundizó en Uruguay, donde está latente desde los tiempos primeros de la llamada “lucha de puertos”.
En una primera aproximación no sorprende identificar lo que la socióloga argentino-uruguaya Susana Mallo –decana de la Facultad de Ciencias Sociales– llama un “amor no correspondido”: “Los argentinos aman profundamente el Uruguay. No vas a encontrar un argentino que te hable mal del uruguayo. Eso no es así de este lado del Río de la Plata”.
Desde la orilla occidental Uruguay aparece como un país honesto, que da garantías y ofrece seguridad. Es el país de la estabilidad y de la previsibilidad (política y económica). El país donde no hay exabruptos, donde se evita el conflicto, donde se busca el consenso.
Como toda imagen, se trata de una construcción, que opera en un juego de espejos, donde Uruguay es todo lo que Argentina no es, no pudo ser o perdió. Es el “paraíso perdido” (Jorge Luis Borges decía de Montevideo: “Eres el Buenos Aires que tuvimos”).
Más que de “uruguayos” y “argentinos”, se trata de “porteños” y “orientales”. El juego espejado tiene como eje el Río de la Plata (un mendocino seguramente se piensa más en relación con Chile), así como un origen común.
Si bien es tentador no problematizar el asunto (muchos consultados para este informe, tanto uruguayos como argentinos, naturalizaron esa idealización, lo que seguramente muchos lectores suscribirán), es interesante analizar cuándo y cómo surgió esa mirada idílica, y sobre todo qué ha hecho Uruguay con ella. ¿Quiénes construyeron y alimentaron esa imagen (desde ambas orillas)? ¿En qué medida Uruguay hace uso de esa imagen e incluso la refuerza presentándose al mundo como el país seguro y respetuoso de la institucionalidad que Argentina no es? Y finalmente, ¿cómo ese espejo generoso con Uruguay y duro con Argentina termina generando ruido en la relación bilateral?

 

UN REFUGIO CIVILIZATORIO. El 27 de mayo una carta de lectores publicada en el diario La Nación y que circuló por las redes sociales decía: “Señor director: Soy argentino, 45 años, empresario, padre de familia. Como muchos. Puedo comprar y vender dólares cuando quiero. Transfiero a mis proveedores del exterior por Internet desde mi casa en cualquier momento. Recibo todo el tiempo muestras en la aduana, que retiro sin problemas, pagando los derechos correspondientes, en un trámite que me lleva 50 minutos. Importo y vendo a comercios en todo el país. Si quiero pagar con dólares en algún comercio, lo hago, y me dan, si quiero, el vuelto en dólares. Hago todo el tiempo trámites ante organismos del Estado, en los cuales me tratan con respeto y amabilidad. Pago con infinito placer todos los meses los impuestos que me corresponden. Ah, vivo en Uruguay desde hace seis meses”.
La carta es un buen ejemplo de la idealización señalada, que si bien puede tener anclajes en la realidad, termina forzándola (seguramente muchos uruguayos quieran preguntarle al lector en qué oficinas públicas lo atienden tan bien).
¿Cuándo nació esa visión de Uruguay?
Una pista la brinda el periódico donde se publicó la carta. La Nación fue fundado en 1870 por Bartolomé Mitre, ex presidente argentino (1862-1868), quien perteneció a la primera generación del exilio argentino en Uruguay en los tiempos de Juan Manuel de Rosas.
Mitre llega a Montevideo a fines de la década de 1830, se casa con la hija de un militar oriental (Delfina de Vedia) y participa activamente en la llamada Guerra Grande, junto al gobierno de la Defensa (luego partió a Bolivia, Chile, y volvió en 1851 para la derrota final de Rosas).
Había integrado el grupo de intelectuales conocido como “la generación del 37”. Eran jóvenes universitarios, miembros de la elite bonaerense, que se reunieron ese año en el Salón Literario en la librería del oriental Martín Sastre, en Buenos Aires, hasta que Rosas ordenó su cierre y la persecución de sus integrantes. En el año 1838 formaron la Asociación de la Joven Generación Argentina, de resistencia intelectual al rosismo. Muchos huyeron a Montevideo (Esteban Echeverría, Miguel Cané y José Mármol) y otros a Chile (Vicente Fidel López, Sarmiento). Para todos “el tirano”, como llamaban a Rosas, representaba el principal enemigo de una Argentina ilustrada y europeizada.
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Comentarios   

 
0 #1 Pablo Añón 17-08-2012 20:55
Excelente nota de Carolina Porley: muy clara y profunda, periodismo de alta calidad. Felicitaciones de un lector.
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