El dilema del prisionero
- Última actualización en 24 Agosto 2012
- Escrito por: José Manuel Quijano*
Semejante planteo deja bastante que desear, por varios motivos.
1. ¿Cómo apareció en la agenda política uruguaya el tlc con Estados Unidos? Quien tenga un poco de memoria recordará que el tema fue lanzado a la opinión pública, en diciembre de 2005, en una reunión de la Cámara de Comercio Uruguay-Estados Unidos, por un antiguo dirigente de esa cámara que ocupaba por entonces el Ministerio de Industria y Energía (personaje que volvería a flotar como un corcho, años después, como gerente general de Pluna en los meses previos al descalabro). Dos semanas más tarde, a comienzos de enero de 2006, el ministro de Economía de la época, Danilo Astori, se sumó con entusiasmo a esa iniciativa, en declaraciones a un semanario no muy afín por cierto a la izquierda. Y casi de inmediato, la gran mayoría de los sectores de oposición manifestó su desbordante alegría ante semejante paso trascendental que nos proyectaría hacia el desarrollo económico. El entusiasmo de estos últimos se explica –se podría decir, siguiendo la lógica del ex presidente Sanguine-tti– porque para ciertos sectores Estados Unidos es depositario de todas las bondades, encarnación de la defensa del mundo libre. Pero no lleva a nada razonar en esos términos. Sin perjuicio de que muchos, de buena fe, vieron en el tlc un camino promisorio, bueno es agregar que la oposición comprendió de inmediato el enorme problema que el debate del tlc –impulsado por dos ministros– plantearía en el partido de gobierno.
2. La firma de un tlc con Estados Unidos no es sólo un tema comercial y económico. Es también un asunto político y geopolítico, tal como lo fue, en su momento, la firma por parte de los cuatro socios fundadores, del Tratado de Asunción (Mercosur). Si alguna duda cabe de que esto es así, bastaría recordar que durante el año 2000 avanzaron a paso firme las conversaciones y los acuerdos entre los cuatro socios del Mercosur y Chile, y que en la reunión de Florianópolis de diciembre de 2000 estaba previsto y todo pronto para que Chile se incorporara como miembro pleno al Mercosur. Curiosamente, Chile no se incorporó. Quien quiera saber la razón puede revisar la prensa de la época (Clarín de Buenos Aires y prensa brasileña) y comprobará que en noviembre de 2000 –semanas antes de Florianópolis– el presidente Clinton llamó por teléfono al presidente Lagos y lo invitó a retomar conversaciones –que no avanzaban desde hacía 11 años– para suscribir un tlc bilateral. Lagos –cuyos amores parecen inconstantes– paralizó el ingreso al acuerdo regional y se fue con la potencia del Norte. También es de notar que Lagos se apareció varias veces por Montevideo, en 2006, para contar lo bien que le había ido al escoger el camino del Norte. Por cierto, escogió ese camino con todo derecho. Pero este episodio sirve para poner en evidencia lo obvio: los acuerdos entre naciones o regiones son piezas geopolíticas de primera importancia y hay que analizarlos con seriedad y de manera profunda.
3. Con ser importante, lo dicho no es todo. La firma de un tlc con Estados Unidos ha tenido la característica de un contrato de adhesión. Se trata de un formato prácticamente idéntico en cada caso, con la particularidad de que cada tlc firmado entre Estados Unidos y un país latinoamericano es el punto de partida, o piso, para la discusión del siguiente, donde se aprieta algo más la tuerca. Hasta le fecha, varios países latinoamericanos han firmado tratados de libre comercio con Estados Unidos. En todos los casos Estados Unidos sólo firma el formato tlc y con todos los temas que son de su interés (propiedad intelectual, comercio de servicios, tratamiento de las inversiones, liberalización de compras gubernamentales) y no ingresan a la agenda otros temas de interés latinoamericano (por ejemplo, liberalización plena del comercio agrícola, aplicación de medidas anti dumping o medidas financieras para reducir el ingreso de capitales de corto plazo). Antes de que el tlc entre en aplicación ya incluye, por la sola suscripción del tratado, una fuerte asimetría en perjuicio del más débil que, en el caso de Uruguay, de haber prosperado la ofensiva de 2006, habría resultado más gravosa que la asimetría a que lo someten los dos vecinos más grandes.
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