Eduardo Lizalde
Dime tu nombre, cosa
tu desnudo tejido
por el nombre y sus cáñamos seguros.
Bestia que el solo grito de su cazador
ya enjaula,
mosca en su claustro edénico de miel,
oveja ensoñada por el copo
de su ovillo futuro.
Cosa, cómo te llamas.
Si el nombre humea por tu cuerpo
como la trepadora escrita,
la hiedra de frutos salivares
urdida flor a flor con tu materia
–como trabando el agua con el vidrio
sin romper el agua–,
sí te llamas entonces,
ente bautizado
que la lengua pule en su taller sonoro.
(Fragmento de “Cada cosa es Babel”)
***
Cualquiera de las formas que se elija para ir desde Managua a Ciudad de México terminará con el viajero sentado en una silla del café La Ópera con el cuello torcido buscando en el techo el agujero de la bala que disparó Pancho Villa. O en otra silla en El Péndulo, ahogando las penas por todos los libros que no se han podido comprar. En cualquiera de los casos al otro lado de la mesa habrá un poeta al que se le pedirá consejo para orientarse en la selva frondosa de la poesía mexicana. En este caso el poeta dice, con seguridad, un nombre: Eduardo Lizalde.
Se sale de La Ópera, se cruza la 5 de Mayo en dirección al edificio de correos y se recala en la sucursal céntrica de la librería de la unam. Allí se puede encontrar a Lizalde leído por Lizalde en una edición de la propia universidad acompañada de un librillo de tapas duras en cuya portada el dibujo de un tigre también nacido de la mano del poeta. Ese animal borgeano y malayo es una de las constantes de una obra que, se ha dicho, sacudió la poesía mexicana con el libro El tigre en la casa. Escribió Emilio Hurtado en La Jornada: “El tigre lizaldeano encarna las tensiones de una mirada que se atreve a polarizar las ideas que condujeron al desastre (de las ilusiones sesentistas): frente a la belleza, el infierno; frente al amor, la destrucción; frente al deseo, el poder”.
Después de ese libro vinieron otros con el felino como tema, piénsese por ejemplo en su obra reunida que se llama Nueva memoria del tigre. Hay incluso uno posterior, Otros tigres, donde desde el prólogo Lizalde no sólo alude a Borges como disparador de su obsesión sino también a Kipling y a Quiroga. Ocurre que “el tigre es una lámpara amarilla/ que la crueldad apaga por la noche” y desde esa luz nos mide.