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Tenemos que hablar

En el ¿Qué hacer?, Lenin concibió el trabajo de la “intelectualidad burguesa” en el proceso revolucionario, sobre la base de que sin conocimiento científico no sería posible el desarrollo de lo que llamó la “conciencia socialista moderna”. “La doctrina del socialismo ha surgido de teorías filosóficas, históricas y económicas que han sido elaboradas por representantes instruidos de las clases poseedoras, por los intelectuales”, sostuvo. Después de todo, Marx y Engels, los fundadores del “socialismo científico”, pertenecían a la intelectualidad burguesa.

El papel de estos científicos era ayudar al proletariado a entender su propia realidad: la única manera de cambiar su situación era transformar la sociedad misma. Lenin partía a su vez de una premisa: que la praxis sin teoría es ciega y la teoría sin praxis, inconducente.
De ahí en adelante, el rol de los intelectuales estuvo determinado en la historia de la izquierda por la concepción de su lugar “orgánico” en el proceso político. Amistosa o litigiosa, la relación entre intelectuales y militantes fue concebida como parte del proceso del cambio. No existió nada equivalente en el desarrollo de los partidos “burgueses”.
El rol de los intelectuales fue fundamental para el triunfo cultural de las izquierdas. La izquierda debía conquistar (antes) el corazón y las mentes de las masas: sin un triunfo “cultural”, sus victorias políticas quedarían a merced al pensamiento “dominante” de la derecha, con su impresionante aparataje de propaganda, intereses económicos y apoyos institucionales. Para muchos, Uruguay es un buen ejemplo de ascenso cultural primero, y victoria política después. El rol de la “intelectualidad burguesa” y el destacable papel de la Universidad de la República fueron cruciales en ese proceso.

INTELECTUALES, ACADÉMICOS, CONSULTORES. La dictadura fue determinante en la separación entre “academia” y “política”, destruyendo la vieja alianza entre teoría y praxis. La “ciencia pura” quedó divorciada de la “pura política”. La propia idea de los think tanks (tanques de pensamiento) muestra con claridad este divorcio. No hay nada más aislado que un tanque. Los “tanques de pensamiento” son fundaciones o centros donde convergen políticos e intelectuales que trabajan para partidos y funcionan muchas veces como “invernaderos” de cuadros políticos a la espera de mejor destino.

Este distanciamiento entre academia y política fue más discursivo que real. A lo largo de varias décadas los académicos trabajaron, con mayor o menor conciencia, en espacios altamente funcionales a la política del momento. Contratados como “consultores” de políticas emanadas de los organismos multilaterales (verdaderos think tanks), desplazaron a las universidades como productoras de conocimiento “práctico”. No sólo fueron responsables de los principales diagnósticos que Uruguay tuvo sobre casi todos los temas (salud, educación, seguridad social, etcétera), sino también de las políticas construidas (y financiadas) para ellos.
En la última década estos impulsos se vieron contrarrestados por dos procesos. Por un lado la Universidad de la República comenzó a desarrollar una política de “fulltimización” de sus investigadores, y por otro lado el gobierno del fa incrementó sustantivamente los recursos presupuestales a toda la educación. Los intelectuales habían perdido ya su vínculo “orgánico” con la política y se habían vuelto reacios a cualquier relación con los partidos en los que poco se reconocían. La llegada del fa al gobierno contrarrestó parcialmente la retracción política de los intelectuales por dos vías. Por un lado, al intensificar los convenios entre el Estado y la Universidad para la implementación de políticas, reconstruyó el diálogo entre academia y política. Por otro, el gobierno reclutó un importante número de intelectuales, artistas, académicos y técnicos que pasaron a revistar en sus filas.
¿Se ha recuperado hoy la vieja alianza entre intelectuales y política en la izquierda uruguaya? Parcialmente, pero tres problemas parecen caracterizarla: el problema de la asimetría cognitiva, el de la (des)confianza política, y el problema del demos.

TRES PROBLEMAS PARA LA IZQUIERDA. El problema de la asimetría cognitiva refiere a un desacuerdo entre dos miradas del mundo, donde las pretensiones hegemónicas suelen estar en disputa. La academia genera sus saberes, pero la política es renuente a cualquier saber que se produzca “fuera de sus filas”. La academia, por otra parte, suele hacer más política de lo que estaría dispuesta a admitir. La asimetría cognitiva tiene su origen en el espacio casi inexistente que los partidos políticos abren a la incorporación de intelectuales y científicos. La vieja alianza aquí está perimida. Pero siempre se renueva cuando el gobierno “reclama” a los técnicos su participación. La cultura política prioriza de tal manera a los partidos como centro de toda formulación de las políticas, que –salvo raras excepciones, como las áreas de política económica–, el lugar del intelectual “pensante” (deliberativo, propositivo, etcétera) es prácticamente inexistente. Como consecuencia, las políticas son más resultado de una deliberación exclusivamente partidaria que de cualquier concepción de lo político como abarcativo de movimientos, organizaciones, ciudadanía y academia. Si uno mira los programas partidarios encontrará que en su mayoría son construcciones hechas por cuadros y dirigentes políticos con poco o escaso auxilio de la ciencia disponible. Así, se produce una suerte de diálogo de sordos entre academia y política, con impactos que al tiempo que profundizan el retraimiento de una academia poco comprometida socialmente, debilitan el alcance de las políticas efectivamente implementadas.
A este problema se le suma el de la “desconfianza política”. Los intelectuales que son reclutados para la política no son una voz especialmente audible sino que su saber está enteramente condicionado por la decisión política de la jerarquía bajo la cual se encuentren. Se incorporan intelectuales pero sus saberes “rinden” poco. La desconfianza de la política partidaria hacia lo que no sea partidario, unida a la alta fraccionalización, hace que, antes que seleccionar al más idóneo para la función –siempre dentro del campo político e ideológico común–, la selección obedezca a discrecionalidades más o menos sectoriales o filiales (de amistad o parentesco). La desconfianza política no ayuda, precisamente, a una incorporación plena de los intelectuales en política –porque los intelectuales, aquí, son “el otro”.
El tercer problema es “el problema del demos”. En contextos de mediano y corto plazo como el que marcan los ciclos electorales, la popularidad de las medidas se vuelve esencial para el objetivo último de cualquier gobierno (sí, también para la izquierda): reelegirse. Los gobiernos están atentos a lo que entienden como “demanda de la gente”. Esta demanda se vehiculiza a través de su militancia, de lo que “les dicen” (¿quiénes?, ¿dónde?, ¿cuándo?), de lo que los medios “construyen” como realidad y, claro está, de las encuestas de opinión pública. El problema del demos encierra, al menos, dos preguntas importantes. La primera es quién es el demos, ya que la expresión “la gente” oscurece más de lo que aclara. Y lo hace porque impide ver lo que está en juego en toda política: quién gana y quién pierde, los intereses contrapuestos. El segundo problema es sobre la razón que asiste al demos. ¿Tiene razón el demos si en una encuesta los que están a favor de la pena de muerte son muchos más que los que están en contra? Y lo que quiere el demos, ¿lo quiere auténticamente? ¿Cuánto pesan los medios de comunicación, lo que la gente “cree que pasa”, la circunstancia personal, la propia formulación de una pregunta en una encuesta? Si bien es cierto que en una democracia el gobierno debe atender “las preferencias de los gobernados”, la forma en que los gobernados construyen preferencias es, por lo menos, la mitad de la cuestión. Aquí, los intelectuales, los científicos y los académicos son imprescindibles exactamente en el sentido de Lenin: para deconstruir los supuestos “sentidos comunes” que la ideología dominante construye, o para complejizar lo que la política simplifica a medias entre el apuro y el “dar cuenta”.
Si conseguimos problematizar el “problema del demos”, si confiamos más en nosotros (la política, en el sentido amplio), y sobre todo si nos escuchamos más (ni siquiera pido, como Mujica, “querernos más”), podremos aprender a reconocer que la inteligencia es colectiva o no es. Y sin duda podremos imaginar un camino de sinergias más positivas en un país que puede hacer casi cualquier cosa, menos desaprovechar energía. Después de todo, siendo pocos, no nos queda más solución que ser buenos.

*     Politóloga y senadora del Espacio 609.

Comentarios   

 
-1 #1 Gonzalo Estefanell 01-09-2012 17:36
Lectura obligatoria para el Dr Vazquez, asi no repite el vergonzoso veto, no Constanza? Es hora que alguien le reclame las traiciones, incluida las genuflexiones a Bush jr. O vamos aseguir con aquello que como es presidente del FA hay que protegerlo?
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