Brecha Digital

Encerrados en una falsa disyuntiva

Le ha instalado en parte de la opinión pública una serie de ideas acerca del desarrollo que con frecuencia dificultan la comprensión de los problemas antes que favorecer a su dilucidación. Hay una propensión a descalificar la noción de desarrollo en contraposición a la defensa del ambiente, el que pareciera que indefectiblemente se verá negativamente afectado por cualquier modalidad de desarrollo.
Ello no es casual, y mucho tiene que ver con una experiencia histórica signada por un industrialismo destructor de los recursos naturales.

El antropocentrismo reinante desde la consolidación del racionalismo filosófico inaugurado en el siglo xviii fue uno de los principales impulsos para el dominio irrestricto de la naturaleza. Toda la historia del capitalismo y la breve pero intensa vida de los regímenes autodenominados socialistas arremetieron contra el ambiente sin reparar en sus efectos.
Por un lado ignorancia acerca de la vida misma de los ecosistemas, pero por otro lado la convicción de la superioridad humana que por sí y ante sí estaría justificando cualquier destrucción de la naturaleza. Todo ello sin dejar de tener presente la entrañable actitud del capitalismo al privilegiar el beneficio por sobre la preservación de los recursos; la ganancia inmediata opera como inhibidor de cualquier proteccionismo. La reticencia de Estados Unidos a suscribir el Protocolo de Kyoto es tan sólo un ejemplo de la voracidad característica del sistema.

 

¿QUÉ DESARROLLO? La noción de desarrollo evolucionó en los ámbitos académicos y de los organismos internacionales desde una visión estrictamente económica a una incorporación de la preservación de los recursos naturales –el desarrollo sostenible–, y finalmente a la complementación con el bienestar de la población como objetivo mismo –el desarrollo humano–, permitiendo acordar finalmente una concepción de desarrollo humano y sostenible.**
En la tradición marxista el tema estuvo esencialmente vinculado al denominado desarrollo de las fuerzas productivas, asumiendo por añadidura los efectos sociales y culturales. Una interpretación hegemónica durante mucho tiempo creyó que ese desarrollo de las fuerzas productivas por sí terminaría por disgregar el modo de producción capitalista abriendo cauce al socialismo. Obviamente esa lógica no se cumplió, y paradójicamente el acelerado proceso de desarrollo de las fuerzas productivas en los regímenes socialistas terminó conduciendo nuevamente al capitalismo.
Pareciera que de esto es rescatable la noción de independencia relativa del desarrollo de las fuerzas productivas, las que podrán acompañarse de relaciones sociales de naturaleza diferente de acuerdo a la especificidad de cada proceso histórico.
En clave uruguaya y latinoamericana, luego de largos años de un capitalismo dependiente y desfigurado en los que el crecimiento económico estuvo ausente o fue meramente episódico, la llegada de los gobiernos de signo progresista ha introducido una serie de cambios en las instituciones políticas, en los derechos humanos, en las relaciones internacionales, y ha instalado un largo ciclo de crecimiento con características de un neodesarrollismo.
Con la plena conciencia de lo relativo de este proceso es que se ha generado en la opinión pública una serie de dudas y cuestionamientos, y en particular del futuro posible y deseable.
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