No siempre se supo el resultado de antemano, no siempre fue un diálogo de sordos. Al menos eso dicen los relatos. Antes de la dictadura, la interpelación era más parecida a un duelo. Claro está que había interpelaciones con más sangre que otras. La intensidad dependía de las dotes de orador del interpelante y del interpelado. Por eso Wilson Ferreira Aldunate resurge en cada conversación sobre la interpelación como herramienta política, también Carlos Julio Pereyra. Pero la cuestión es que, ante un llamado a sala, el sillón del ministro tambaleaba y no hacía falta la censura de la Asamblea General para concretar su caída. Si el interpelado tartamudeaba, transpiraba, si era vencido –cuentan los analistas–, nadie del oficialismo salía en su auxilio. (Lo que era facilitado por la convivencia en un mismo partido de sectores más polarizados, o fracciones “enemigas” entre sí.*) Si una mayoría simple desaprobaba sus explicaciones, el ministro asumía la derrota y presentaba su renuncia.
NO SIEMPRE. Fue Julio María Sanguinetti, en su inaugural presidencia, quien afianzó la excepción a esa costumbre. “Y esa regla, nunca escrita, se perdió”, relata el politólogo Daniel Chasquetti, que narra a Brecha los mismos episodios que su colega Oscar Bottinelli. El escenario parlamentario fue el siguiente: Carlos Manini Ríos, ministro del Interior (1985-86), era interpelado por Yamandú Fau a partir de un –salvaje– desalojo del ipa. “Manini estaba verde, se secaba el sudor con un pañuelo. Sacó un pastillero y se tomó dos pastillas. (…) A eso de las 4 se va y lo llama a Sanguinetti para decirle que no es más ministro. Y Sanguinetti le dice: ‘Pero de ninguna manera, se ducha, vuelve al Parlamento y les dice que si lo quieren censurar recurran al procedimiento del 148’, que era la disolución de las cámaras”, recordaba Fau al semanario Crónicas hace dos años. Esto, “que constitucionalmente es válido”, generó “un cambio hacia la desparlamentarización y la presidencialización del funcionamiento político”, analiza Bottinelli. Y agrega: “Con Wilson tampoco había mayorías para censurar a un ministro, pero sus interpelaciones eran tan apabullantes que hasta al oficialismo le daba vergüenza apoyar a sus ministros. Otro cambio político es que ahora el oficialismo siente que ante todo tiene que defenderlos. En este período hubo algunos tan vapuleados que deberían haber renunciado por dignidad, pero como nadie se entera, tampoco sienten esa responsabilidad”.
Lo cierto es que Sanguinetti marcó ese precedente, y luego otro al mantener a Jorge Sanguinetti en el Ministerio de Transporte; la consecuencia fue que nunca más los gobiernos sintieron que el cuestionamiento parlamentario a alguno de sus ministros fuera motivo para removerlo. De hecho, la lectura es la inversa, y en los términos de José Mujica, “cuanto más le peguen (por el canciller Luis Almagro), más lo sueldan al sillón”. Según Chasquetti eso “no había sido dicho nunca de una manera tan descarnada”, pero ya desde el episodio de Manini Ríos se empezó a gestar esa concepción: sin resultados concretos, el acto de la interpelación sirve a la oposición pero también al oficialismo. En este sentido es que Chasquetti analiza que el llamado a sala es una oportunidad para todos, ya que los dos bandos tienen espacio para dar su posición frente un tema. “El objetivo no es tirar al ministro, sino que la ciudadanía vea dos cosas muy claras: que (Jorge) Larrañaga se siente traicionado porque el gobierno no cumplió el pacto educativo, y que Ehrlich muestre que se han hecho otras muchas cosas.” Tan es así, que algunos ministros –encarnados en sus asesores de comunicación– llaman a los medios para sugerir la cobertura de su propio “juicio”. Ni que hablar de los interpelantes, que van adelantando a la prensa los detalles de su entrenamiento e incluso, a veces, filtran las preguntas que formularán.
.. PARA LEER EL CONTENIDO COMPLETO DE LA NOTA SUSCRIBITE A BRECHA DIGITAL, arriba a la derecha.