El recuerdo vivo de Mirta y de Pitico*
- Última actualización en 21 Septiembre 2012
- Escrito por: Grupo de ex presas políticas que denunciamos violencia sexual y torturas
Nos sigue diciendo Benedetti que la gente que le gusta es “la gente justa con su gente y consigo misma, pero que no pierde de vista que somos humanos y nos podemos equivocar”. Estas fueron las Piticos y las Mirtas. Todas las que, sin perder de vista que somos humanas –y eso significa reconocer y superar errores– y sin dejar de recordarlas y de llorarlas, seguimos peleando por justicia, por ellas y por todas, y más convencidas que nunca.
Al denunciar la violencia sexual que sufrimos, todas sabíamos que nos arriesgábamos a revivir antiguos dolores. Pero también sabíamos que era el momento, después de tantos años de pelear por memoria, verdad y justicia, de retomar esa vieja bandera de justicia y de actualizar y renovar nuestro compromiso de antaño, para cerrar así el ciclo del horror y abrir un camino de sanación. Así lo sentimos y así lo estamos viviendo, como un imperativo ético-político insoslayable.
Pero a las compañeras no las mató el acto de denunciar. Las mataron las enfermedades causadas por el terrorismo sexual –delito de lesa humanidad– del que fuimos víctimas. Fue lo vivido y lo sufrido lo que las enfermó, y también la larga y dura convivencia con la cultura de la impunidad.**
El recuerdo queda como huella permanente en la memoria del cuerpo –la sangre, las lágrimas están ahí– y sigue aún hoy dañándonos y condicionando también la vida sexual de muchas de nosotras. Mirta tenía una historia desgarradora que, en más de 30 años, nunca había podido contarla a nadie, y que desgarró su garganta cuando pudo largarla en el grupo. Acompañada, con lágrimas compartidas, se sintió liberada y pudo decir: “Ya no me siento sucia, ahora me puedo morir tranquila”.
Mirta se preguntaba una y otra vez si los que la habían violado de mil formas aberrantes y torturado salvajemente durante meses conservaban algo de humano, si no eran peor que las bestias... unos monstruos.
Sabemos que no podemos dejar a las generaciones venideras la tarea de rastrear el pasado. Sólo nosotras podemos decir lo que nos hicieron en cuarteles y comisarías, en Jefatura, en el 300 Carlos, en la cárcel de Punta de Rieles y en todas esas casas de barrio que transformaron en “infiernos”, centros de tortura y de exterminio. Cuando luego de varios meses pudimos decir en el grupo, llorando, la violencia sexual sufrida, y después escribirla y denunciarla ante el juez, muchas compañeras sentimos un inmenso alivio de tarea cumplida, de poder al fin dormir en paz, y una dijo: “Me cambió la vida”. Si no se habla, no se sana. Pero no es fácil enfrentar los fantasmas del pasado, y menos aun cuando tienen que ver con algo tan doloroso y tan invisibilizado y silenciado como la violencia sexual. Se necesita mucha valentía.
Fueron valientes Pitico y Mirta al sacar a la luz pública el dolor con que vivieron los últimos treinta años. La denuncia las acercó más a sus familias, que las valoraron más, y ellas pudieron sentirse felices, transparentes ante sus seres queridos. Habían recuperado esa dignidad que creían perdida, pero que nunca perdieron, ni en los peores momentos de la tortura.
También fueron muy valientes al enfrentar la enfermedad con entereza y con mucho humor. Sólo los grandes seres humanos pueden lograr eso sabiendo que con sus enfermedades se acercaba el final.
Las dos fueron muy queridas y tuvieron una vida linda, plena. Pitico era el centro de la familia, el alma máter alrededor de la cual giraban todos: su compañero, sus hijos y nietos, sus hermanas. Mirta se realizó en lo que quería: reconstruyó su vida con ese gran compañero con el que tuvo el hijo querido, ya no tan joven y con su corazón operado; estudió servicio social, profesión tan ligada a la vida de la gente, y trabajó mucho y muy bien como asistente social; escribió varios libros para que nada se olvide. En sus últimos días escribía cuentos, para aligerar la carga.
Mirta y Pitico fueron puntales insustituibles de nuestro grupo de denuncia, con su firmeza y convicción, su dulzura, su cariño, su claridad de ideas y su disposición a enfrentar todo con todas. Pitico con su sentido común –esa sabiduría que da una vida dura–, su preocupación por todas y su peculiar y permanente sentido del humor, siempre con salidas chistosas que aflojaban tensiones y con anécdotas de la cana que contaba con muchísima gracia y nos hacían morir de risa; sabía bajar a tierra cualquier planteo teórico y darle su verdadera dimensión a cualquier problema. Mirta, siempre preocupada por el grupo –importantísimo para ella–, nunca nos abandonó: hasta el final nos estuvo escribiendo, preguntando y opinando, sintiéndose responsable de aquello que había ayudado a construir.
Tanta gente recordó a Mirta en estos días, revelándonos aspectos desconocidos y conmovedores de su vida. Gabriel M contó, muy emocionado, en una audición radial el mismo día de su velorio, que, siendo Mirta muy joven, les preparaba cocoa a los chicos que tenían a sus padres presos, y lo hacía con tanto cariño y naturalidad –¡como si no estuviera arriesgando nada en aquellos tiempos de feroz represión!– que aquella cocoa se volvió importantísima para esos chiquilines.
Mirta y Pitico, las extrañamos tanto y nos duelen tanto sus muertes prematuras e injustas... pero estarán con nosotras siempre, presentes en el grupo, en las reuniones de trabajo y en las de encuentro amistoso, con sus ideas y su ternura, su alegría, su buen humor y sus cuentos. Y siempre vivirán en nosotras, en la risa y en el abrazo fraterno que reconforta, une y empuja hacia el futuro, y sobre todo en la pelea por justicia –única garantía del nunca más–, que seguiremos con más fuerza que nunca, para que el sufrimiento de ustedes no sea en vano. Y para cumplir con nuestro deber de memoria, de verdad y de justicia.
Gracias Pitico, gracias Mirta.
* Mirta Macedo y María Angélica Montes.
** A propósito de dicha cultura y de sus efectos perniciosos y de larga duración en las víctimas de la dictadura y en la sociedad toda, es interesante destacar la asociación que hace Álvaro Rico entre impunidad y delincuencia e inseguridad. Si los que cometieron los peores crímenes que conoció el país en toda su historia no son condenados y castigados, ¿por qué tendrían que serlo los que cometen delitos “menores”, mucho menos graves?, y ¿por qué ellos no podrían también reclamar, con mayor razón, la misma impunidad? La impunidad alienta al delito y aumenta la inseguridad.
La denuncia sanadora
Las causas de estas muertes son múltiples, no compartimos las lecturas simplistas que relacionan la denuncia con la enfermedad. Las personas somos diferentes y vivimos los acontecimientos de diversas maneras. Los hechos nunca están aislados, hay una historia de vida, recursos individuales, vicisitudes personales y un contexto que provocarán diferentes recorridos. Mirta estuvo convencida, desde el primer momento hasta el final, de que la denuncia era sanadora, que ella necesitaba depositar su denuncia en la justicia, porque era una forma de quitarse de encima su peso. Pensamos que la violencia vivida puede dejar marcas. Mirta denunció hechos terribles, de un horror escalofriante, y contaba haberse sentido como “un animalito acorralado”. Nos preguntamos sobre aquellas marcas que las palabras no alcanzan a nombrar, aquellas marcas que la memoria del cuerpo puede traer al presente e incluso pueden llegar a enfermar.
María Celia Robaina*
* Psicóloga e integrante de la Cooperativa de Salud Mental y Derechos Humanos (Cosameddhh) y del Centro Ulloa; realiza el acompañamiento psicológico a las denunciantes de violencia sexual y torturas.
Conjunción de muchos factores
Lo que mata es la conjunción de muchos factores; no todos y todas las que pasaron por esos tormentos se enferman y/o mueren, ni todos/todas las que denunciamos morimos. Todas y todos tenemos huellas por lo que vivimos, pero para cada uno o una eso significa distintas cosas. La denuncia no mata, pero moviliza cosas que a cada una le pegan distinto y cada una recurre o no al apoyo y contención con lo que puede o elige. A veces es suficiente y a veces no. Es difícil medir los efectos de cada cosa: para algunas la defensa fue borrarlo, otras lo recuerdan todo el tiempo. La denuncia para algunas puede ser sanadora y liberadora, para otras destapa cosas que hay que elaborarlas, y a veces el cuerpo no responde. n
Gianella Peroni*
* Integrante del grupo de denuncia, médica psiquiatra, psicoterapeuta familiar.

