Horizonte lejano, correr y correr

El Frente y la cuestión del proyecto

No se trata de que en ocho años no haya pasado nada. Porque más allá de aciertos o desaciertos en esa cosa tan manida llamada gestión, el Frente Amplio tuvo algunos nortes bien delineados. Como devolverle la dignidad y la autoestima a cientos de miles de personas lanzadas a los márgenes luego del cimbronazo de 2002.

Como abonar ese territorio tan yermo durante los noventa, en el que cualquier alusión a un consejo de salarios estaba prohibida y en el que la desregulación laboral era asumida como una marca inmanente del sistema. Como horadar las murallas de los cuarteles. O intentar un primer vuelco para que los impuestos estuviesen más asociados a la renta que al consumo. Y más acá, procurar –aun con viento en contra– un aporte de los grandes propietarios de la tierra.
La cuestión es que todavía el cambio de rumbo luce incipiente y el Frente Amplio se muestra demasiadas veces autocomplaciente o indignado ante el más mínimo atisbo de autocrítica. Desdibujando la propia esencia de izquierda que llama a tener los ojos bien abiertos. Sobran los ejemplos de partidos o coaliciones que fueron desplazados con más rapidez de la que pensaban, por reproches de las capas medias, por desgaste, o por no portar un proyecto hegemónico (aun en países con presidentes que llegaron a ostentar una popularidad cercana al 80 por ciento, como la chilena Michelle Bachelet). Y también están los casos de presuntas fuerzas de izquierda enquistadas en el poder y convirtiéndose en máquinas de reproducción de sus propios cargos.
Pero la obsesión no debería pasar por perder el poder, sino por fraguar un proyecto robusto, que no dude de sus énfasis, ni sobre dónde hundir el bisturí. Que defina una serie de principios irrenunciables, y que ellos no puedan quedar sometidos a los devaneos de un líder personalista. Ese puñado de fundamentos una vez que son consensuados no deberían ser manipulados o diluidos por los pragmatismos con los que se aderezan los almuerzos empresariales o las financiaciones de los actos de asunción. Podrán ser cinco o podrán ser cien, pero un programa no debería ser un texto que sólo es aireado convenientemente a dos meses de las elecciones y bajo el automatismo de la retórica electoral.
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A partir de algunos sucesos recientes, hay algunas tensiones que podrían ser guardadas en el disco duro:
Una expresión como el Frente Amplio debería tomarse un segundo para definir cómo relacionarse con el mundo empresarial, cómo seleccionar los mejores inversores o, finalmente, cómo asociarse con el sector privado (si es ese el camino predefinido). La izquierda no puede repetir métodos no republicanos de vinculación que son justamente los que fueron criticados hasta el hartazgo en los partidos tradicionales, y los que abonan las infelices frases del tipo “son todos iguales” o “que se vayan todos”. Por republicanismo entiéndase: el respeto por la investidura de las salas ministeriales, con sus muebles de época, sus secretarias y sus registros. Estamos ya demasiado acostumbrados a realizar anuncios en almuerzos empresariales. ¿Y entonces: simbólicamente (y no sólo) en qué se diferencia la izquierda?
Ya se han escrito ríos de tinta sobre la reforma del Estado. Una y otra vez el foco se sitúa en los desprestigiados empleados públicos (cuando la administración adopta una geografía de archipiélagos, montañas y llanuras). ¿No forma parte de la reforma el diseño de un Estado musculoso, con equipos capaces de detectar oportunidades y buenos inversores? ¿Seguiremos actuando basados en improvisadas recomendaciones y tarjetitas presuntamente salvadoras? ¿No deberíamos especializar funcionarios para que radiografíen sectores, detecten monopolios, investiguen mercados y separen paja del trigo? Si es el modelo nórdico el que en definitiva inspira a buena parte del Frente Amplio (para no plantear una vez más esa dicotomía aún no asumida entre “administrar el capitalismo” versus un utópico “poscapitalismo”), seguro que existirán herramientas para trasplantar. Lo contrario condenará a la coalición a apagar incendios. Y esto hace a una ética de izquierda.
Una de las heridas más profundas que ha experimentado el segundo gobierno es su división en torno a la anulación de la ley de caducidad. Ahora hay una senadora oficialista que, en solitario, cuestiona el presupuesto destinado a la defensa. El punto es que el fa aprobó una ley de defensa que él mismo se niega a aterrizar, como evitando “ir a los bifes” con una de las corporaciones endogámicas con mayor poder en la historia nacional: la de los militares.
La izquierda, como vanguardia, debe tener una oreja siempre atenta a la urgencia y el espíritu bienintencionado de las buenas organizaciones sociales. Problematizar la real existencia de un movimiento social en Uruguay excedería el alcance de estas líneas, pero: ¿es una buena estrategia apelar a la ridiculización o –con perdón de la palabra– infantilización del ambientalismo? Aquellos que hoy advierten sobre el fracking (explotación no convencional de hidrocarburos) son los mismos que antes eran acusados de orates por advertir sobre los peligros de los transgénicos (cuando empiezan a conocerse las inquietantes conclusiones de grupos científicos independientes). ¿No estará en verdad –como dice el profesor Daniel Panario– la esencia del ser de izquierda hoy en el ambientalismo?
Hace muy poquito el ex presidente Tabaré Vázquez expresó su apoyo a una manifestación de grupos “provida”, contrarios a la despenalización del aborto en Madrid (o por lo menos la especie difundida por El País nunca fue desmentida). Es todo un símbolo de los tiempos. Vázquez pertenece (¿o perteneció?) a un partido que planetariamente lleva como emblema la legalización del aborto. El posicionamiento del líder no impidió que la bancada frenteamplista aprobase un proyecto que –a pesar de algunos aspectos poco convincentes– es inédito en la región. Pero: ¿hasta qué punto el oficialismo debió extremar sus esfuerzos y negociar con el Partido Independiente para un determinado proyecto, frente a las remotas posibilidades que habría en un segundo período de Vázquez? Seguramente no habrá nadie que ose cuestionar el liderazgo del ex mandatario, pero el fa –si en definitiva incluye en su programa una política pública de esta naturaleza– ¿no debería exigirle a su presidenciable que la impulse, aun en contra de su filosofía? Lo mismo podría esbozarse si en definitiva la coalición llegase a una sola conclusión en torno a la despenalización de las drogas más livianas (y no nos sometiese a presenciar la esforzada construcción de un discurso homogéneo en tiempo real).
Las capas medias fueron aliadas históricas del nacimiento del fa en 1971. En tiempos de bonanza, postergar cuestiones como la equiparación de la licencia por maternidad en el sector privado o un sistema universal de cuidados “a la europea” que permita incluir en el mercado laboral a cientos de miles de mujeres (y apuntalar así su opción de tener hijos o no) por razones de “espacio fiscal”, cuando luego se escapan millones de dólares en salarios o jubilaciones militares o asociaciones público-privadas como las de la ex Pluna, causa algo de ruido. Y ello sin considerar el impacto de medidas de esta naturaleza en el drama demográfico nacional.

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Queda mucho por ver. Pero la sensación es que el fa se está divorciando lenta y progresivamente de contingentes que nutrieron su base social. Está claro que luego vendrán los resultados electorales. Y si traen buenas nuevas, vendrán acompañados de su efecto narcotizante, y los reproches a quienes esbozaron algunas líneas críticas. Pero en un contexto en el que la política es vista con lejanía y ajenidad, las izquierdas no deberían renunciar a una mirada de largo plazo. “Si estamos realmente convencidos de que la política puede ser una creación, digamos entonces que la organización política es un grupo creador. No es un instrumento, no es un aparato”, decía a comienzos de este siglo el filósofo Alain Badiou (claro que desde una lógica más movimientista y no de partido, quizá bastante distante de coaliciones con impronta de centroizquierda).* Una lógica que implica, entre otras cosas, hacer circular ideas que no son dominantes y organizar nuevos trayectos. Esa es la pista que sugería para reinventar el arte de la política. n

*     “¿Qué es la política?” Conferencia dictada el 24 de abril de 2000 en Buenos Aires. Disponible en www.grupoacontecimiento.com.ar

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