Mensaje: abajo la dictadura

“La fuerza del amor”

Todo está claro. Demasiado claro. Lo blanco es blanco, lo negro es negro, lo bueno es sublime, lo malo es indefendible. Cada ingrediente narrativo se retroalimenta a sí mismo y está expuesto sin cortapisas ni ambigüedades. Y es justamente debido a eso que hay algo, interior o dramático, que lleva a que esta película* discursiva y enfática termine no cerrando allí donde el cierre parece imponerse como una obligación. Si la dictadura birmana fuera tan irracional y obtusa, si el dictador en jefe siempre se dejara guiar sin dudarlo por tarotistas o espiritistas de ocasión, si la oposición interna a la tiranía nunca cayó en divisiones, contradicciones o errores, si su apoyo externo jamás se dejara ver, oír o notar, si la figura de la heroína-mártir Aung San Suu Kyi fuera tan impoluta, si dentro o fuera de Birmania nadie en su sano juicio discutiera su probidad, eficacia e intención, si el Premio Nobel de la Paz que le otorgaron en 1991 se hubiera discutido poco o nada, si su padre y potencial presidente asesinado en 1947 no hubiera tenido más contras que un puñado de militares ambiciosos, corruptos y/o degenerados, si la Historia en general la escribieran los hombres con la unívoca vocación de explicar cada detalle en una sola dirección y si esta historia en particular la protagonizaran muñecos guiados por impulsos de manual (de libreto cinematográfico entendible por cualquiera)... Lo que aquí se cuenta es, tal como se lo cuenta, increíble. No necesariamente mentira, sino, a fuerza de semejantes simplificaciones, abstracciones y constancias, ajeno a verdades más incómodas, imprecisas y profundas. Luc Besson, director y productor de La fuerza del amor, feo título local para el elegíaco original “The Lady”, aunque es peor “Amor, honor y libertad”, como se llamó en México –no se conforma quien no quiere–, debería saber que la sustracción, lisa y llana, de todo condimento humano que implique un mínimo grado de ambigüedad a la representación provoca la duda sobre la veracidad de lo representado. En realidad lo sabe, pero no le importa. Son otras sus preocupaciones y sus ambiciones.
Son, éstas, las de denunciar las barbaridades de la dictadura de Birmania y ensalzar a su más célebre y resistente opositora (aquí dignamente interpretada por Michelle Yeoh), enfatizando lo que se puede enfatizar, aclarando lo que debe aclararse (aun más) y separando con entusiasmo el trigo limpio de toda paja ideológica. La protagonista femenina de la película ama por igual a su familia (madre enferma y birmana, esposo escocés, hijos británicos) y a su pueblo, se identifica con el budismo y con Gandhi, predica la paz, nunca cede a tentación, arreglo o imposición alguna. El protagonista masculino (su esposo, un monocorde David Thewlis) es un compañero ideal que aun en las circunstancias más terribles (separaciones forzosas, detenciones, ejecuciones, indiferencias, finalmente el cáncer) privilegia la responsabilidad y la misión de la persona a la que ama. A esa total correspondencia entre la pareja, más familiares, más colaboradores (como el embajador británico en Birmania), más amigos se le opone, únicamente, el absurdo de un mundo que funciona mal, vaya uno a saber por qué. A Besson no le interesa averiguarlo. Sí le interesa desplegar con orgullo (y garbo, reconózcase) los recursos de una producción franco-inglesa, con cuidado rodaje en la vecina Tailandia, que no desmerece frente a un producto hollywoodense clase A. Con base en eso, y en las buenas intenciones políticas y morales, redondea, 130 minutos después del plano inicial, un mensaje que no peca por banal –no lo es– sino, precisa y ostensiblemente, por serlo.n

*The Lady. Inglaterra/Francia, 2011.

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