Brecha Digital

Otra vez la inflación

Cuando en junio de 2005 el ministro de Economía y Finanzas Danilo Astori firmó el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, se fijó como meta la reducción de la inflación, que en ese momento era del 6 por ciento anual, al 3,5 por ciento en 2008. El comunicado de prensa del fmi destacó que “la política monetaria continuará centrada en ‘base money targeting’ en el contexto de un régimen de tipo de cambio flexible hasta que las condiciones permitan cambiar a un ‘inflation targeting framework’. Para preparar este cambio, el programa prevé un fortalecimiento de la autonomía y la posición financiera del Banco Central” (imf Press Release número 05/136, 8 de junio de 2005).

El programa para el período 2005-2008 proyectaba también un crecimiento del pbi al 4 por ciento anual, un aumento de las exportaciones al 9 por ciento anual y de las reservas en 1.500 millones de dólares al fin del período. La meta de superávit fiscal era del 4 por ciento del pbi para reducir la relación deuda pública-producto del 60 por ciento en 2008 al 50 por ciento en 2012.
El correr del tiempo demostró que reducir la inflación no era tan fácil ni tan importante. Los probables errores de diagnóstico que generaron una política de estabilización de precios ineficaz se señalaron hace un año y medio y parecen confirmados (Brecha, 8-IV-11).
Transcurrido algo más de siete años del acuerdo, la inflación es más del doble de la meta y al mismo tiempo aumentaron por encima de lo proyectado el producto, las exportaciones, las reservas y el empleo. Argentina es otro ejemplo de la irrelevancia de la estabilización de precios, ya que las cifras oficiales no son creíbles, los ajustes de salarios durante el año en curso se ubicaron entre 20 y 25 por ciento (lo que indica que la inflación debe ser muy similar), y a pesar de esta incertidumbre sobre la evolución de los precios, crecieron el producto, el empleo y las exportaciones; en particular, en la industria manufacturera destruida por las políticas de Cavallo.
El Banco Central del Uruguay (bcu) fija una banda preanunciando entre qué mínimo y qué máximo se ubicaría el valor del índice de precios al consumo (ipc) un año después, pero los resultados durante casi todo el período estuvieron por encima del máximo, lo que tuvo impactos opuestos sobre el capital y sobre el trabajo. Para el capital, el permanente aumento de la tasa de interés de referencia, que también fija el bcu, combinado con la colocación de valores públicos en unidades indexadas al ipc, permitió lograr una rentabilidad muy alta, en torno al 10 por ciento en dólares. Para el trabajo, obligado a negociar aumentos de salarios en función de una inflación futura que debía ser el centro de la banda, el resultado fue un aumento del salario real menor al pactado. Al cabo de un año los salarios se ajustan por la diferencia entre la inflación estimada y la observada, pero sin efecto retroactivo, de modo que lo que se perdió durante el año aumentó la rentabilidad del capital.
Puede ser obvio decir que la economía es una ciencia social, su objeto de estudio está en permanente cambio y obliga a una cuidadosa observación, a la evaluación periódica de las políticas y a su ajuste. Para decirlo de una forma más agradable a los economistas neoclásicos, hay que leer con atención las señales de los mercados. Esto es imprescindible para no aplicar recetas viejas a problemas nuevos y tratar de entender los cambios que trae el siglo xxi. Puede ser obvio también decir que ya no vivimos en un mundo de precios de commodities estables y escasez de capital, sino que por el contrario se espera una tendencia al alza de los precios y la oferta de capital es abundante y sin oportunidades de colocación.
Los precios de los alimentos que Uruguay produce, exporta y también consume fueron relativamente estables hasta 2006, y desde ese momento iniciaron una tendencia ascendente que sólo se interrumpió durante algunos meses de 2009. Tomando como base el valor promedio de 2006, hasta octubre de 2012 el ipc aumentó un 54,4 por ciento, y de las 12 divisiones que comprende, los alimentos y bebidas no alcohólicas aumentaron 79,7 por ciento, siendo sólo superados por la educación con 83,3 por ciento, y seguido por la vivienda con 68,3. La educación tiene una baja importancia relativa en la canasta familiar y por lo tanto sus aumentos tienen bajo impacto, mientras que en vivienda hay dos componentes importantes: los alquileres indexados de acuerdo a la unidad reajustable de alquileres (ura) que aumenta por el menor de los índices de salarios y del ipc, y la electricidad; este último podría contribuir a la reducción del ipc si se vuelve al plan “dos por uno”, a un “tres por uno” o se reduce el iva que pagan los hogares.
Si los precios internacionales de la carne vacuna, los lácteos y el trigo aumentan, la política macroeconómica permite que se trasmitan a los precios al consumo. Este impacto se amplifica si aumenta el tipo de cambio, de modo que cuando la cotización del dólar pasó de 20 a 22 pesos se trasladó a los bienes de consumo nacional, como importado. Pero cuando la cotización del dólar bajó a 20 pesos, los precios no bajaron, dando una señal clara de que los mercados no son de competencia y que ningún vendedor –ya sea el industrial cuando vende al mayorista, éste al minorista o el minorista al consumidor– precisa bajar sus precios cuando bajan sus costos y puede aumentar sus ganancias sin perder compradores.
El ministro de Economía y Finanzas, Fernando Lorenzo, reconoció en forma implícita este funcionamiento cuando estableció que para que los consumidores recibieran la reducción del 2 por ciento de la tasa máxima del iva debían utilizar tarjeta de crédito o débito, tener una caja de ahorro y el sueldo en un banco, que es lo mismo que decir que no se trasmitiría a los consumidores. Sería más sencillo emitir una “Tarjeta dgi” con el número de cédula de identidad, en cada compra acreditar la devolución del impuesto y al fin de un año si la persona tiene saldo a favor, se le devuelve. Al mismo tiempo se estimula el ahorro, se contrae el circulante y se reduce la demanda futura de crédito.
Aumentar el tipo de cambio es muy sencillo, sólo depende de una decisión del presidente del bcu, Mario Bergara, ya que si el bcu compra dólares a 23 pesos, esa va a ser la cotización. Como se sabe, un tipo de cambio más alto estimula las exportaciones, la producción y el empleo industrial, desestimula las importaciones, favorece el ingreso de turistas, mejora el saldo en cuenta corriente y ayuda a reducir la deuda externa. Pero se requiere cambiar la política macroeconómica de modo que los aumentos no se trasladen a los precios al consumo. Juan Eduardo Azzini en Uruguay y Roberto Lavagna en Argentina lo hicieron con impuestos a las exportaciones y subsidios a bienes de consumo popular.
Un paso más con un enfoque de tránsito hacia el socialismo sería la creación de empresas que operen en el centro de las cadenas con un esquema similar al que se proyecta para Pluna, propiedad estatal de los medios de producción y gestión participativa. Se lograría con un frigorífico, un molino de trigo y una planta para envasar frutas y vegetales; la gestión estaría a cargo de un directorio integrado por representantes de los proveedores de la materia prima, los trabajadores, el comercio minorista y el Estado. Regularían los precios articulando intereses contradictorios y deberían tener prioridad en las compras públicas, desde los hospitales de asse hasta las cárceles.
El ministro Lorenzo tuvo que recurrir a un procedimiento considerado heterodoxo, como negociar la reducción de los precios de algunos bienes y la congelación de otros. Es imposible saber el tono de la exposición del ministro: ¿rogó, pidió, sugirió, recomendó, exigió, amenazó? Es más fácil hipotetizar sobre su argumentación tan convincente como exitosa: los precios aumentaron con la cotización del dólar, lo que no fue seguido por su descenso cuando bajó el dólar. Su argumentación tuvo más éxito que el instrumental monetario, como el aumento de la tasa de interés o el control de la oferta monetaria. Persevere.

 

*     Economista. Investigador del Sistema Nacional de Investigadores.

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