La literatura como un destino lúdico y fatal
Dos anécdotas me parecen oportunas antes de reseñar esta nueva novela de Enrique Vila-Matas: la de la enfermedad casi mortal que por poco lo lleva a la tumba hace escasos años mientras visitaba la Feria del Libro de Buenos Aires (y la melancolía que la proximidad de la muerte, primero, y la forzosa renuncia al alcohol, después, le deben de haber valido); y el hecho de haber protagonizado recientemente el pase editorial español más comentado de los últimos tiempos, abandonando a su histórico editor Jorge Herralde. ¿Preámbulo eludible? Pienso que no, porque Samuel Riba, el protagonista de este maravilloso libro otoñal que lleva por título Dublinesca –y hace gala de un estilo consumado que trae a la memoria las reflexiones de Edward Said sobre “el estilo tardío”–, es un editor que ante la inminente quiebra de su negocio debe cerrarlo, después de tres décadas, y encima olvidarse del alcohol por una enfermedad que a sus 60 años lo sofoca como una soga al cuello. El catalán se ha defendido: que no se inspiró en Herralde, que Riba es un personaje de ficción basado en varios editores que conoció, que ya se había pasado de la raya escribiendo sobre escritores, que pocos son los colegas que han ficcionalizado editores, en fin, que leerlo en esa clave es un error.