Instante
- Última actualización en 14 Diciembre 2012
- Escrito por: Rosario Touriño
Zigzagueaba por el barrio en medio de un sábado templado, demasiado otoñal y a despecho de un almanaque, con los circulitos marcados en noviembre. La clorofila en todo su esplendor por la calle 9 de Junio. Las santa ritas y los jacarandás andaban medio desorientados. Pero igual se hicieron los desentendidos y nos entregaron las flores y las alfombras de pétalos bajo las sandalias. Los palos borrachos siempre guardianes y señoriales desde sus troncos espinosos. La calle en diagonal muere en la Plaza de los Olímpicos. En la cancha de básquet, una murga joven, de esas que tienen chicas y revolean mucho dreadlock, hace sus primeros pininos frente a un puñado de curiosos. Uno de los tramos del cuplé, ese en el que la ironía no puede estar ausente, parece estar dedicado a Cotugno y a la santa madre Iglesia. La prolija polifonía se expande con tibieza sobre el final de la hora de la siesta. Hasta que de repente irrumpe por Colombes el grito tribal: “Elumbéeeee. Elumbéeeee”. Y entonces el cemento se conmueve con el ejército de tambores. Es una de las tantas comparsas de un barrio –ya desde hace bastante tiempo– colonizado por los blancos pintados de negro. Y aunque hay quienes perciben una movida muy hippie-chic, Elumbé –dicen algunos de los entendidos del lugar– es la que ostenta el espíritu más negro y obrero. Las vedettes, en ropa de ensayo, son secundadas por fornidos tamboreros (y algún otro colaborador que oficia de guardabosques). Aunque la comparsa no despliega en este ensayo el número majestuoso de uniformados que exhibe en febrero, su paso disciplinado retumba por las cuatro esquinas. Semejante percusión sobre el cuero, inevitablemente, sepulta las tiernas voces de los murguistas. Ellos, imperturbables al lento pero poderoso arribo del escuadrón, siguen con su cuplé.
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En otra de las vueltas de la plaza estaban los muchachos de la esquina. Esos que cualquier cronista apresurado calificaría como “ni-ni”. La pipa de ocasión en los championes y las musculosas. Las crestas teñidas con rubios en degradé. La pose orgullosa de un Bronx latinoamericano. Las piernas chuecas de futbolista enfundadas en anchas pescadoras. Cuando el único sonido que marcaba el paisaje sonoro era el de la murga, ellos parecían estar en la suya. Cada tanto, levantaban el pulgar cuando algún compadre circunvalaba la plaza con el pie en el acelerador y el reggaetón al mango desde el vehículo con ventanas bajas. Otros lucían a su perro guardián o daban intempestivas vueltas de exhibición en una reluciente scooter.
Pero la llegada de los tambores suspende el ensimismamiento. La comparsa y la barra parecen escudriñarse desde lejos. Las bailarinas no pierden la gracia ni por un segundo. El tiempo parece haber alterado su sustancia. Mi mente construye una especie de agujero negro, una disrupción marcada por el gesto de los que llegan y los que esperan. Entonces, uno de los muchachos esquineros se para y empieza a contonearse. Es de espaldas anchas, pero de caderas desprejuiciadas. Marca el ritmo con las palmas. No hay saludos ni reconocimientos entre los dos grupos. Todo se termina profesionalmente. La comparsa se disgrega y cada uno vuelve a su mundo.
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Acupuntura urbana, le llaman ahora, a esa impostergable obsesión por reconstruir el mito integrador. Parece que el autor de la expresión fue el ex alcalde de Curitiba Jaime Lerner.* Y el concepto, más allá de su presuntuosidad, se cuela en el cerebro, porque hay algo que pincha y hay algo que cura. Hay algo sanador cuando las “tribus” se encuentran y se respetan, cuando el barrio confluye y se mira.
Hay gente que está pensando ese espacio a conciencia, porque un grupo de vecinos trabaja y organiza variadas actividades a partir de la vieja subestación de troleybuses de la Plaza de los Olímpicos. El subterráneo y húmedo local de amdet fue reciclado (aunque sin grandes cambios en el equipamiento urbano) mediante el presupuesto participativo y rebautizado como Centro Cultural Martínez Moreno.
Pero ese día se coló esa cosa hechicera del instante, que te deja respirar largo, te coloca de vuelta en el silencio y te hace pensar que no todo está perdido. Es como para que algún perfumista loco se ponga a fabricar el aceite esencial del barrio. La alquimia perfecta que rezuma las fibras y el sudor del tejido callejero. n
* El concepto pretende ser una lectura de la experiencia realizada en Medellín, donde “se utilizó todo el poder del Estado para intervenir en un territorio tocando puntos neurálgicos, como en la acupuntura, capaces de amplificar la intervención inicial”. Véase Raúl Zibechi, “Urbanismo para superar la fragmentación”, en Brecha, 29-VI-12.

