Los argumentos olvidados

Violencias

No sé quién inventó al pelo lacio como sinónimo de esa tierna armadura que nos conducirá raudos hasta los podios del éxito, del buen amor y el gran pasar, pero en las escuelas públicas –y seguramente también en las privadas–, hay niñas y rulos, niños y rulos, motas de todas las clases que han pasado por la “planchita” y han sufrido la dulzura y el terror de unas madres amorosas: no juzgo a eso malo ni bueno; querer algo supuesto como bueno para los hijos debe ser simplemente querer algo supuesto como bueno para los hijos; pero ¿qué tiene el pelo lacio que no tenga el que no lo es? Es una pregunta vieja y porfiada, pero hace demasiado tiempo que no escucho su insistencia; me parece que la añoro. No sé quién inventó que todo debía tratarse de Nike o de Adidas, pero en las escuelas públicas faltan mucho esos zapatos, y hay una humillación muy nítida en los ojos de algunos niños al barrer con la mirada el piso, ahí donde revistan los calzados de sus compañeros y las distintas clases de futuros que las distintas clases de zapatos prometen garantizarles. Es otra preocupación muy vieja, pero so pretexto de cuidarse del así llamado “infantilismo de izquierda” –esa categoría retornada, mordaza astuta si las hay– hace demasiado tiempo que está fría y me parece que la añoro, o que la necesito.
El caso de Tania Ramírez, el episodio del partido entre Cordón y Welcome, y la historia del emulador de Connecticut en la clínica de Paysandú, con ser bien distintos arrojan sin embargo una misma alerta. Violencia. Los especialistas –llámense sociólogos, psicoanalistas, historiadores o politólogos– hace tiempo que hablan de ella, de esta última, que al parecer es un poco novedosa y con particularidades a examinar muy bien. Pero si se pudiera hacer un destilado que contemplara las variables con que hemos estado tratando de explicarnos (especialistas y no especialistas) a esta “nueva” y creciente violencia aún no claramente datada, seguramente arrojaríamos sobre todo expresiones como “racismo”, “fractura social”, o “quiebre del pacto social”, y “misoginia”, “xenofobia”, “homofobia”, y todas las que le siguen. Y todo eso está ahí y se llama violencia y a cada cosa le acordamos sitio. Hay luchas y organizaciones específicas; a veces se enredan y suman, a veces se enquistan y se empobrecen.
Desde hace ya un buen tiempo (también lo imagino no claramente datado) el Uruguay y el mundo agradecen la maravilla de las conquistas para los que entre los derechos humanos llamamos individuales. Y es de Perogrullo: esta felicidad incumbe a todos, no sólo a afrodescendientes, gays o mujeres. Hablamos casi a diario de esas violencias; de la “intrafamiliar” o “doméstica”, y como corresponde, sin descanso. Los discursos como las militancias, por estrategia u opción, tienden cada vez más al compartimento (no es necesariamente malo, parece: primero a cada herida su remedio y después vemos cómo sanamos el conjunto).
Aun así me gustaría arriesgar una intuición en una serie de preguntas (y espero no ardan los cabellos de la Academia): ¿cuándo fue que dejamos de hablar de “violencia de clase”? ¿Cuándo fue que esa herida pura, transversal a todas las fobias, minadora de todos los odios sin discriminación de “civilidad” específica se volvió tabú y condena para la izquierda? ¿Cuándo fue que la expropiaron y la metieron en el perímetro de la señora Irma Leites y la CX 36? ¿Cuándo fue que el debate ideológico de la izquierda se decretó muerto y sobre su cadáver empezaron a germinar las expresiones prohibidas? “Lucha de clases”, por ejemplo, cuánta vergüenza al pronunciarla. Más aun, ¿cuándo fue que el debate ideológico o político se desentendió de toda dimensión filosófica y las discusiones no quisieron saber ya de qué significa el hombre para el hombre? De qué significa el otro para uno y de qué cosas está hecho el ser humano para entender, tan luego, de qué cosas podría estar hecho el mundo que es posible o deseable diseñar.
Lo que le sucede a los ojos de un niño cuando le preguntan si va a la escuela pública no ha recibido, que yo sepa, estudio académico alguno; lo que les pasa a esos ojos cuando el padre pone “Pampero” en donde debía estar “Nike” no revista ya en las explicaciones de las tertulias radiales; lo que desfigura el rostro a una niña condenada a acomodar día y noche las sábanas sobre un sofá en el comedor de su casa cuando visita la cómoda habitación de la amiga que concurre al Crandon y ya visitó dos veces Disney, se ha decretado suspendido o ha ido a parar al paréntesis de lo irresoluble. Pero esos ojos tomaron nota, y en un futuro, mientras los viejos estén trazando estadísticas, se cobrarán el dolor y no le llamarán violencia.

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