Le gusta la música electrónica, característica de ese boliche. Sus amigos se quedaron en otro. En Kalú encontraría otros conocidos. Al rato de entrar vio que lo seguían un par de patovicas; lo siguieron incluso hasta el baño. “Es mi cumpleaños, amigo, estoy festejando”, les dijo. Luego fue hacia la barra por un trago. “Cuando estaba pagando lo sentí en el costado de la cabeza”, y golpea el puño cerrado contra su otra mano abierta produciendo un ruido seco, “un shock, un blackout, mientras escuchaba: ‘Negro de mierda, andate a tu país, viniste a ganarnos las mujeres, quién te creés que sos’”. Pavada de impotencia la del hombre blanco. Siguieron pegándole en el piso, adentro del boliche. Lo patearon. Lo insultaron. Él perdió la conciencia durante algunos minutos. La recuperó mientras sentía que cuatro hombres lo agarraban y lo tiraban a la calle. Tenía el cuerpo entumecido y una mano destrozada, pero lo peor era su ojo derecho. Los golpes y las patadas en la cabeza le habían convertido la cara en un mar de sangre roja. No veía. Estaba solo, confundido. Cuando logró incorporarse fue tanteando las paredes, buscando el camino hacia su casa. No sabe cuánto demoró en llegar pero finalmente lo logró. Volvió a desmayarse en el momento en que su compañera abría la puerta. Ninguno de los que estaban en el boliche hizo nada por detener la paliza.
Tommy Daria sonríe ahora, de forma casi inevitable. Insiste en hablar del amor, de la paz, la tolerancia, “cualquier ser humano necesito eso”, y el español lo trampea.
Tiene 28 años y salió del corazón de Nigeria con 19. “De una zona con mucha agua y petróleo, con mucha riqueza natural y árboles frutales por las calles.” (Si usted, lector, está pensando ahora por qué dejó atrás ese paraíso, debe saber que corre el riesgo de encontrarse a continuación reclamándole que se vuelva, como una encarnación del xenófobo del Primer Mundo, pero en el tercero. Tenga cuidado, la mente siempre juega malas pasadas.) “No salí de mi país para buscar dinero, salí por conocer, soy un hombre aventurero”, dice, y sonríe otra vez, como un acto reflejo. Así fue que se metió de polizón junto a otros siete en un barco que creían iba a Estados Unidos. Terminaron acá. “El día que llegamos llovía un poco, fue como una película. Empezamos a vivir aquí en la Ciudad Vieja y a aprender el idioma.” Traía consigo su africaans natal, el inglés de la escuela y algo de francés. “Conocí una dama con quien tuve mi primer hijo hace cuatro años.” Trabajó en el puerto y como modelo publicitario. La marca que le quedó en la cara a raíz de la paliza recibida lo alejó de este rubro. Trabajaba en ese momento en la seguridad del hospital Maciel, pero tuvo que dejarlo también, ya que pasó casi tres meses internado. La paliza le ocasionó la pérdida casi total de la visión del ojo derecho y además glaucoma. Pero el periplo no terminó ahí. Las cuentas empezaron a acumularse. Sin trabajo y con una discapacidad que lo limitaba, su situación y la de su familia no dejaron de complicarse. Los echaron de la pensión en donde estaban viviendo, incluso después de que Soledad, su compañera, trabajara limpiando a cambio del hospedaje. Presentaron su caso en el Mides, de donde los derivaron a un refugio para inmigrantes, del que también tuvieron que irse porque no permitía estadías largas sino temporales. Les negaron la tarjeta alimentaria alegando que no estaban en una situación de vulnerabilidad social. Tommy trabajó un tiempo en la construcción, a pesar de que le limitaron el uso de la fuerza. La situación mejoró un poco cuando Soledad consiguió un trabajo fijo y él va trabajando en todo lo que encuentra, haciendo traducciones incluso.
La falta de dinero hizo que no pudieran contratar a un abogado para que llevara adelante la denuncia penal contra el boliche, de la que tampoco pueden encargarse los estudiantes de la defensoría de la Facultad de Derecho, a quienes recurrieron. Les pidieron testigos de lo sucedido, pero no lograron dar con ninguno. Intentaron conseguir el video de las cámaras de seguridad de Kalú a través del Ministerio del Interior pero no tuvieron éxito. Enviaron una carta a Mujica, incluso, planteándole lo sucedido. “Lo que más rabia me dio fue ver a Mujica hablando ante el caso de Tania. Cuando recurrimos a él no nos hizo caso, derivó la carta al Ministerio de Salud Pública y eso quedó en la nada. Como Tommy es un inmigrante africano y no tiene un ministerio ni una carrera por detrás que lo respalden, quedamos a la deriva”, concluye Soledad, su compañera. n