Racismo y poder
Don Carlos Quijano escribió una vez que este es “un país engañado y descreído”, un país necesitado del engaño “porque se ha acostumbrado a temerle a la verdad y porque intuye –lo que refuerza su temor– que la verdad es muy dura”.
Los sucesos del fin de semana pasado seguramente han hecho que muchos pensáramos cosas parecidas: un asesinato increíblemente “absurdo”, tal vez aun más absurdo que el del Bebe en el Marconi, pero sin duda mucho más denunciado; después otra paliza racista, pero esta vez, visibilizada.
Hay argumentos potentes para sostener un único origen en ambos casos: la extensión de un inmediatismo que se lleva por delante cualquier forma de autocontrol. También puede haber error e incluso oportunismo en eso de resolver los dos episodios con la misma explicación. “El País” descubrió en su editorial de ayer que “nos hemos acostumbrado a vivir con una violencia estructural inaceptable”.
En esta cobertura hubo una opción entre profundidad y amplitud. Elegimos lo primero. Raúl Zibechi se enfoca en la naturaleza del racismo y el movimiento afro que parece asomar. Eliana Gilet muestra en “La diferencia” qué distintas fueron las cosas apenas el año pasado. La cuestión de la “violencia estructural” sí está en la invitación al debate que Sofi Richero hace en “Los argumentos olvidados”.
Las opciones de la edición son discutibles. Bendita sea la discusión.
Estructura y movimiento
“Acá no existe la discriminación, ni hacia los negros ni hacia los pobres, ni hay discriminación sexual por las opciones que se tomen”, dijo el presidente José Mujica el 1 de marzo de 2010 en la plaza Independencia, en su discurso de asunción del mando. Agregó que “si un defecto tenemos, es ser tremendamente republicanos y casi somáticamente igualitarios”.
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