Llegar sin hacer ruido
- Última actualización en 03 Enero 2013
- Escrito por: Carlos Liscano
De retornos
“Cuando regreses, si regresas, no serás el mismo. Los tuyos te esperarán y pasarás entre ellos y no te verán. Tal vez te pregunten si no lo has visto a él. Tendrás que explicarles que sí, pero hace muchos años, y que ahora él ha cambiado tanto que.
Entonces dirán que mientes.
Lo mejor será hacer como si nada. Simular, entregarles los abrazos que has acumulado para ellos, y contarles cuánto extrañaste navegando años en el Mar Ajeno. Ellos se lo creerán, y no notarán que desde hace mucho tiempo eres otro, que sólo vuelve por el hábito de llegar a algún sitio.”
Tomado de Miscellanea observata.
1.
Voy a hablar de dos regresos que viví. Los dos fueron muy importantes para mí y para casi nadie más. De los dos aprendí que eso está bien, que así debe ser: al único que de verdad le importa el regreso es al que se fue. Después, más adelante, el que regresa aprende (yo aprendí) que nunca se regresa a ninguna parte, a ninguna situación. El regreso no es posible. El que se fue ya no existe; los que quedaron ya son otros. Algunos ni siquiera están, partieron mientras el otro estaba fuera. Todavía más: a veces, después de un tiempo, el que regresa entiende que ni siquiera a él le importa el regreso, que todo ha sido un malentendido. Vuelve de pura costumbre, vuelve de curioso, para ver cómo están las cosas en la aldea. Vuelve porque no le gusta ser extranjero y lo único que se le ocurre para dejar de serlo es creer que en la aldea él podrá ser igual a los demás. Es decir, no vuelve para hacer que quienes se quedaron vivan mejor o más felices o nada. Vuelve por error, a buscar a aquel que él fue en el lugar que ya no es más.
Yo me comprometí con mi familia a estar en la fiesta de mi hermana, cuando ella cumplía 16 años, el sábado 27 de mayo de 1972. Nunca fui a la fiesta. Volví a casa el jueves 14 de marzo de 1985, casi trece años después. Cuando volví no estaban las dos personas que más habían deseado mi regreso: mis padres. Llegué y no entendía nada. El mundo era otro, mi sociedad era otra, la moneda era otra. Mis amigos, el modo de hablar eran otros. La gente hablaba de lo que había ocurrido la semana anterior y yo no sabía a qué se referían. A los pocos días me aburrí de no entender, de preguntar a cada rato de qué hablaban. Lo más importante: por suerte entendí rápidamente que yo casi no existía. No tenía casa, trabajo, documentos, oficio, ropa. Porque lo único que tiene valor social es lo que uno hace, no lo que hizo en otra parte, hace años o anteayer. Uno vuelve a una situación, a una malla de relaciones y valores que funcionaban cuando uno no estaba y sigue funcionando igual, ahora que uno está de vuelta. Es más, si tiene mucha suerte entiende enseguida que la sociedad, el grupo, la familia, seguiría funcionando igual de bien si uno no estuviera.
2.
A los casi nueve meses de haber vuelto, el 10 de diciembre de 1985, me fui otra vez. La primera ida, involuntaria y no querida, pero previsible, me llevó a cincuenta quilómetros de mi casa. Esta segunda partida, voluntaria, me llevó a miles de quilómetros de mi paisaje, de mi lengua, de las caras conocidas, de la vida sobrentendida. Me fui de Montevideo a Estocolmo. Llegué y entendía menos que en el regreso de hacía unos meses. Porque ni siquiera entendía la lengua, los carteles por la calle, las costumbres.
Allí me quedé un tiempo. No voy a contar cómo me las arreglé en Suecia porque no es asunto de este cuento. En 1995, cuando hacía casi diez años de mi segunda partida, un día de verano radiante del mes de junio, me pregunté: “¿Qué hago yo en Estocolmo?”. Es una pregunta que uno no debe hacerse, jamás, en ninguna parte, porque nunca hay motivo para estar en ningún sitio. Bien, yo me la hice y de pronto el paisaje, la lengua en que vivía, mi trabajo, la sociedad sueca, mis amigos, se me volvieron extraños. No encontré ninguna explicación para estar en Estocolmo y me desorienté, quedé perdido, sin referencias, sin pasado, sin futuro. Hasta ese día yo había sido un inmigrante bien integrado en la sociedad, con un trabajo no demasiado brillante, pero sí respetado, docente de español, autor de manuales para la enseñanza del español, que todavía hoy los estudiantes utilizan. Tenía un pasado sueco breve, aunque intenso, había publicado libros que los suecos leían, había obtenido premios, becas. Después de la pregunta aquella todo se me perdió. Entonces me dije: “En el único lugar del mundo donde yo puedo estar es en Montevideo”. (Dije Montevideo, no Uruguay.) Porque, creía yo, Montevideo era el único lugar del mundo donde no iba a ser extranjero, donde podría vivir de memoria, sin explicar a cada rato de dónde vengo, sin escuchar: “Qué bien que habla sueco”, que aunque es un elogio señala el origen foráneo del hablante.
Entonces me propuse volver. Un año después, en junio de 1996, estaba de vuelta en casa. Lo bueno de este segundo regreso fue que había aprendido algo del primero. No esperaba mucho de él, no esperaba que nadie me recibiera emocionado, no esperaba que nadie me hiciera sentir que todos habían notado que en la manada faltaba uno, que me habían echado de menos, que ahora sí estábamos completos. Nada de eso. Ya sabía yo que lo mejor es llegar y hacer como si nada hubiera pasado. Llegar sin hacer ruido, llegar y ponerse distraídamente en la fila, sin hacerse notar. Así hice, llegué y dije en voz baja: “Aquí estoy, busco trabajo”. Llegué y mi sobrina, una niña, me preguntó: “Tío, ¿por qué hablás tan raro?”. En una tienda alguien me dijo: “Usted no es de aquí, ¿verdad?”.
Llegué y me costó unos días comprobar que yo no sabía lo que había ocurrido el día anterior, la semana anterior, el mes anterior, los años anteriores. No los grandes hechos culturales o políticos sino los menudos, los de todos los días, el último clásico de fútbol, la polémica por el gol anulado, el nombre del personaje famoso o estúpido o las dos cosas de la televisión, las frases hechas que estaban de moda, qué ómnibus debía tomar para ir a no sé dónde, cómo se hacía el trámite para que la electricidad de mi casa estuviera a mi nombre, en qué oficina había que tramitar no sé qué cosa.
Dos veces en mi vida había sido un recién venido. La primera, cuando salí de la cárcel; la segunda, cuando llegué a Estocolmo. Ahora era la tercera y lo era en mi ciudad, entre lo más conocido por mí, en el lugar donde yo había creído que iba a entender todo sin necesidad de preguntar, de estudiar. Llegaba y resultaba que yo hablaba con acento diferente, acentuaba las frases de modo extraño, extranjero, no tenía idea de quién era ese señor de la televisión que todo el mundo conocía. Entonces, si bien seguí sin tratar de hacer ruido, hice lo que hace el inmigrante para no ser distinto: intenta integrarse por todos los medios a su alcance.
Hay un hecho, que es por lo menos curioso, y que no cabe en este cuento. Es el del inmigrante hiperintegrado. El “híper” habla perfecto la lengua del país de acogida, adopta todas las costumbres de la nueva sociedad, cambia el nombre que le pusieron los padres por uno local. A veces hasta se cambia el apellido. El resultado es un individuo que, precisamente por ser “híper”, es diferente. No hay aborígenes “híper”, todos son más o menos parecidos, están en la medianía. No hay nativos “híper” porque no necesitan serlo, les basta sólo con ser lo que son, lo que siempre fueron. Otra digresión: una vez una agente literaria alemana me ofreció sus servicios. Para llegar a un acuerdo me pidió que le enviara mis libros. Así lo hice. Al tiempo me los devolvió. Venían con una carta donde decía que mis trabajos no eran lo que uno espera de un escritor latinoamericano. Me quedé pensando hasta hoy en cómo se es latinoamericano de verdad, auténtico, no un mestizo de no sé qué, como yo. Los latinoamericanos somos mestizos; yo soy mestizo desde mi bisabuela Anacleta, que era india. La agente me hizo entender que, por no sé qué errores, andanzas, lecturas y mutaciones, yo me había echado a perder. Era, soy, un mestizo al revés, una especie de salto atrás, un descolonizado aberrante que ha vuelto a ser colonizado de otro modo. Tampoco de ese viaje he conseguido regresar. Hice un viaje cultural a una tradición que al parecer no debía haber elegido y me quedé así, híbrido, ni auténtico latinoamericano ni suficientemente europeo.
Bien, en 1996, cuando comprobé que la montevideana era mi sociedad, pero no todos los montevideanos aceptaban que yo pertenecía a la ciudad, durante unos meses me transformé en una especie de hipermontevideano. Tampoco me resultó. La gente me preguntaba: “¿Te acordás de tal cosa?” Eso me daba bronca. Pasé 23 años fuera de mi sociedad. Justo cuando ocurrió eso que preguntan yo no estaba. ¿Qué podía contestar? Lo que acabo de decir: “Yo no estaba”. Al otro, o a la otra, nunca le importaba (ni le importa) que yo no estuviera, ni los motivos por los que no estuve. No le importa nada, más que el cuento que se propone hacer y que incluye aquello tan importante que ocurrió cuando yo no estaba. Siempre parecía que lo importante, lo destacado, lo ilustrativo, había ocurrido cuando yo estaba en otra parte.
Al cabo me aburrí de mi intento “híper” y abandoné. Desde entonces me considero un montevideano de pura cepa, como cualquiera. Ni siquiera ligeramente diferente porque no quiero ser diferente. Por sobre todo, porque todas las personas que viven en mi ciudad son diferentes entre sí y yo quiero ser como ellos, es decir diferente al modo en que ellos lo son y no diferente de un modo que llame la atención. Yo soy montevideano a mi modo, como cada uno al suyo. Tuve (¿todavía tengo?) otras vidas que no puedo compartir con nadie, o con casi nadie. Tengo, por ejemplo, una vida que transcurrió de a poco, durante muchos años, en Barcelona. De eso ni siquiera hablo, ni aquí ni nunca. No pido que me permitan compartir esas otras vidas, del mismo modo que en mi infancia nunca me preocupé por saber qué pensaban los padres y abuelos armenios de mis compañeros de escuela. Era gente que venía de otro lado y que hablaba raro. A mí eso no me interesaba, ni me interesó hasta que fui inmigrante y me preguntaba cómo se había sentido aquella gente en mi barrio hablando de sus cosas en una lengua que nadie entendía. Cuando fui diferente me acordé de los armenios de mi barrio y me habría gustado tenerlos cerca para preguntarles qué sentían siendo como eran, tan raros, armenios en Montevideo.
Antes de sacar algunas conclusiones voy a hacerme una pregunta literaria que me intriga: ¿qué sintió Ulises cuando llegó a Ítaca? Probablemente alegría. Pero, después de unos meses, ¿entendía la lengua, las nuevas costumbres, el orden de las cosas, de qué hablaban los itacenses? ¿Alguien se interesaba por sus experiencias o lo evitaban para no escuchar historias exageradas, llenas de hechos únicos, que nunca nadie había vivido en la aldea? Alguna vez he pensado en cometer un anacronismo mayúsculo: escribir el canto XXV de La Odisea, “Ulises en Ítaca”, para relatar qué le pasó después de un año de haber llegado. Se sabe que Penélope se aburrió enseguida de él porque Ulises quería deshacerse de todas las cosas que tenía en la casa, decía que para vivir no se necesitan tantos bártulos; se sabe que nunca nadie lo invitó a la taberna a tomar una copa y le pidió que le hablara de sus viajes; se sabe que después de un tiempo desarrolló la tendencia a estar solo, que amaba el vacío, el paisaje solitario, el silencio. Es más, a los dos años tomó los pulidos remos de abeto otra vez y se lanzó al incesante piélago. Hasta el día de hoy nadie sabe nada de su paradero. En Ítaca los más jóvenes dudan de que tal personaje haya existido y mucho menos que fuera paisano suyo. Una vez alguien lo reconoció en el puerto de Montevideo y lo llamó: “¡Ulises!” y el itacense le contestó que lo confundía con otra persona, que él se llamaba Atahualpa.
3.
El regreso nunca es posible porque el que se fue ya no existe y el lugar de origen dejó de ser el mismo. Hay cambios irreparables en el que partió y en el solar nativo. Corrijo: no son irreparables, son sólo cambios, irreversibles, como todos los cambios en la vida de la gente. Nunca hay marcha atrás, en nada. El que se fue tal vez quiera contar lo que hizo fuera de la aldea. Ocurren dos cosas: la experiencia es filosóficamente intrasmisible y a nadie le importa lo que quien partió vivió por ahí. Es intrasmisible porque no es posible trasmitir cómo es el olor de una casa sueca, cómo se festeja la mayor fiesta del verano en el campo de Suecia, por qué los suecos creen que Estocolmo está en la mitad del país cuando cualquiera que mire el mapa se da cuenta de que no es así. No se puede explicar una situación con una frase que la lengua sueca define con absoluta precisión y en español hay que hablar cinco minutos para hacerse entender. No se puede porque nadie la entendería y, además, con razón, dirían que quien lo hace es un pedante. Del mismo modo que el inmigrante no puede contar cómo son las cosas allá en su país, por qué en días de fiesta en Uruguay se come vaca asada sin quitarle el cuero ni por qué a la Semana Santa se le llama Semana de Turismo. En ninguno de los dos extremos, como inmigrante ni como regresado, el que partió tiene algo trasmisible de sus experiencias para contar. Nada importa porque no hay nada importante para trasmitir.
Hay una queja, que nunca hice mía y a la que no me propongo responder. La menciono por mero afán de ser un poco exhaustivo. Consiste en lo siguiente: hay un tipo de regresado que se lamenta de que cuando vuelve al pago no es recibido como él merece o como se debiera recibir a todo el que se fue. Es una queja injusta, además de inútil. Los que se quedaron no tienen por qué recibir al que viene. Recibir ya es un mal verbo. Los que se quedaron no tienen por qué notar que llegó aquel que hace tanto se había ido. Lo mejor es que el que viene se integre sin hacer ruido. Que se ponga en la fila sin llamar demasiado la atención, como los otros, los que nunca salieron de su sitio.
Hebert Abimorad, uruguayo que hace muchos años vive en Gotemburgo, definió lo que yo creo debe hacer el regresado:
“allí estaban
con la brisa de diciembre
entre manos y pañuelos
allí estaban
allí estaban los míos
un corto silencio
pedí disculpas por la demora
y retomamos la conversación”


Comentarios
Pero eso no es lo resaltable es solo parte del cuento,es aquella parte inmaterial donde los colores,los sabores,los aromas,las alturas,los tamaños,todo se idealiza y quizas sin tanta poesía como el autor lo describe,caes en una realidad que dejó de ser tuya hace mucho tiempo y pasa a tu nueva realidad que es; la adaptación a esa realidad -real que estás observando.
No es fácil,y más difícil se hace cuando ya eres abuelo en otras tierras,y por esas loqueras de la vida un día dices igualmente´´soy montevideano´´y te apareces despues de 25 años como si te hubieras ido hace un mes....
La realidad ,esa situación que te pone en el lugar adecuado,te dice compadre tu naciste aquí,pero mira bien si eres o no de aquí,luego compartes con los que amas,bailas,rie s y lloras,pero al mes recoges tus cosas y vuelves a tu sitio de´´exilio´´no derrotado si no lleno de una extraña alegría que me dice compadre tu eres de aquí y también de allá,entonces solo entonces te darás cuenta que tienes ésta sola vida y debes disfrutarla tanto allá como aquí o aquí como allá.
Por eso totalmete de acuerdo con el comentario de Oscar Mendez....
de las luces que a lo lejos
van marcando mi retorno.
Son las mismas que alumbraron
con sus pálidos reflejos
hondas horas de dolor.
Y aunque no quise el regreso
siempre se vuelve
al primer amor.
La vieja calle
donde me cobijo
tuya es su vida
tuyo es su querer.
Bajo el burlón
mirar de las estrellas
que con indiferencia
hoy me ven volver.
Volver
con la frente marchita
las nieves del tiempo
platearon mi sien.
Sentir
que es un soplo la vida
que veinte años no es nada
que febril la mirada
errante en las sombras
te busca y te nombra.
Vivir
con el alma aferrada
a un dulce recuerdo
que lloro otra vez.
Tengo miedo del encuentro
con el pasado que vuelve
a enfrentarse con mi vida.
Tengo miedo de las noches
que pobladas de recuerdos
encadenen mi soñar.
Pero el viajero que huye
tarde o temprano
detiene su andar.
Y aunque el olvido
que todo destruye
haya matado mi vieja ilusión,
guardo escondida
una esperanza humilde
que es toda la fortuna
de mi corazón.
Volver
con la frente marchita
las nieves del tiempo
platearon mi sien.
Sentir
que es un soplo la vida
que veinte años no es nada
que febril la mirada
errante en las sombras
te busca y te nombra.
Vivir
con el alma aferrada
a un dulce recuerdo
que lloro otra vez.
- Y, lavaplatos! Yo sin el Uruguay no soy...
Recuerdo también, estando en Bs As, al gallego Capella que se calentaba con la canción Ta llorando de Los Olimareños y decía algo así como ´ buuu, buu, mi corazón ta llorando, dejate de joder hermano, que va a estar llorando!, allá están todos peleándola como se puede.
Me gustaría poder decirle al compañero Liscano que aprenda a disfrutar de caminar por la rambla tomando mate, si es con alguna montevideana de la mano mejor. Y si te toca estar en Suecia, divertite derrapando algún volvito o un sapito por la nieve. Y sí, si es con alguna suequita al lado mejor, pero si no disfrutalo igual.
Los que no pueden de veras, y tal vez nunca puedan disfrutar de nada , están naciendo en Casavalle, en el Borro, o a las orillas del Pantanoso.
Liscano, compañero, con todo respeto, ¡sacámela un poquito hermano!
Esto dura poco y es como en un Gran Premio cuando te ponen el cartel de last lap. ¡Jugate todo lo que tenés que ésto se acaba!
Y dejate de dar vueltas hermano Liscano!
No sé, a mí me parece.
Lo lamento por el que escribio esto.es como dice maradona ,SEGUI PARTICIPANDO Y A LLORAR AL CUARTITO.
Entiendo bien pero....sacrosa nto "pero" ,hay algo de profundamente opuesto en la nocion de "ido" al de "echado" y tal vez por ello ,hay dos formas de "exilio".Abrazo fuerte.
Cito a Daniel Martínez:
Comparto compañero Daniel. Se trata de no verse a uno mismo como el ombligo del mundo yo reconozco que nunca llegue de vuelta a Uruguay , Porque nunca me fui !!!! Nunca me fui de España sigo alli atento a los amigos que quedaron a las noticias y acontecimientos a los ufrimientos de su pueblo que tambien es mi pueblo, co el que convivi y convivire siempre desde el afecto. Nunca me ire de ningun lado mientras yo no olvide y mientras alguien me recuerde. Porque no soy el centro del universo y este no gira en torno mi, siempres sere una mas en la fila, en cualquier lugar y en cualquier idioma, porque eso soy, una mas.
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