Brecha Digital

Al borde de un ataque de machismo

Mujeres guatemaltecas


Decir Guatemala es hablar de una historia de violencias sin fin, de cinco siglos ininterrumpidos, violencia racista, de género, de clase. La feminista guatemalteca Ana María Cofiño analiza las razones estructurales de ese fenómeno.*

Tiene un acento mezclado y agradable, que se asemeja al de los mexicanos, producto –probablemente– de los años que vivió exiliada en ese país. Cofiño acelera las palabras al hablar cuando el tema le desborda el entusiasmo. Guatemala vive hoy el resurgir de un movimiento social múltiple y amplio que, según entiende, fue gestándose a partir de la serie de consultas populares sobre minería que empezaron a realizarse en el año 2005 y que incluyeron a todas las comunidades indígenas. Proceso que ha propiciado el “empoderamiento” de los locales y el cuestionamiento del sistema político tradicional.
Las feministas se plegaron a ese movimiento estableciendo alianzas que “han permitido no meternos en un gueto” y a su vez han permeado al movimiento social de manera cualitativa, influyendo en los términos y las miradas desde donde analizar la realidad.
Cuando el grabador se apagó, Cofiño rogó a los periodistas que “mantengan sus ojos puestos en Guate” y en la serie de movilizaciones populares que están activas, como la de San José del Golfo y San Pedro de Ayampuc. Estas comunidades instalaron en febrero de este año un campamento pacífico para impedir el avance de la instalación de la minera de metales Exmigua en su territorio, y han venido soportando desde entonces distintos tipos de provocaciones y violencias.

—Guatemala no sólo sufrió 200 mil muertes durante la guerra interna en las décadas de 1960 y 1970, sino que la violencia sigue siendo un factor determinante en su vida. ¿Cuáles son las razones estructurales de esa violencia?
—Las feministas hablamos de un continuum de violencias, que tiene sus raíces en el choque inicial de la invasión española. El sistema colonial se instaló a sangre y fuego, con la cruz y la espada. A partir de entonces el racismo ha sido un elemento constituyente del Estado guatemalteco. Un racismo que es como el apartheid, porque es un racismo que nos atraviesa en sangre, corazón y mente. Los guatemaltecos, tanto los indígenas como los mestizos, hemos sido criados en el racismo, como si fuera lo más natural del mundo.
—Una minoría blanca frente a una abrumadora mayoría india.
—La oligarquía guatemalteca se ha ido constituyendo con base en matrimonios entre sus miembros como forma de unir sus capitales. Es además una pigmentocracia, una clase social que ha preservado la “blanquitud” que le permite explotar los recursos y las riquezas del país con base en el racismo.
—La violación sexual es un hecho constituyente del colonialismo, que prosigue hasta hoy.
—Las feministas hemos puesto esto sobre la mesa sentando un precedente a nivel internacional. La violación sistemática de mujeres indígenas fue una política de Estado. Durante la dictadura de Efraín Ríos Montt (1982-83), el ejército llegaba a una comunidad y separaba hombres y mujeres. A las mujeres se las violaba de manera continuada y multitudinaria, se las torturaba, mutilaba y usaba como esclavas y servidumbre doméstica. Fue una política específica con el fin de romper el tejido social, de reducir al también enemigo masculino y quebrar el tejido comunitario. Cuando se firmaron los acuerdos de paz, fuimos las mujeres las que impusimos este tema porque era algo de lo que no se quería hablar, porque sigue siendo un estigma dentro de las comunidades.
—¿Cómo se está reconfigurando hoy este poder colonial en Guatemala?
—Vivimos en un Estado finquero. La finca sigue siendo un enclave colonialista, y la mentalidad finquera es predominante en la oligarquía guatemalteca. En el sentido de que los indios son explotables, que no merecen ser bien tratados, que aguantan todo lo que les quieras hacer. Además del miedo ancestral de que el día en que se alcen van a venir cortando cabezas. El Estado finquero está muy presente en Guatemala. Siguen siendo estas familias las que no sólo cortan el pastel en la economía, sino las que deciden qué se hace en el país. Por encima del presidente, el general de mano dura Otto Pérez Molina, quien manda es el cacif –la coordinadora de asociaciones de la iniciativa privada, de la industria, el comercio, las finanzas y el agro–. Son ellos quienes deciden qué se puede hacer y qué no. A eso se agrega la presencia voraz de las trasnacionales mineras, de la electricidad, de la palma africana y del petróleo, cuyos emprendimientos perjudican a las comunidades y han generado una movilización potente en todo el país. En Guatemala, como sucedió en muchos países, con el advenimiento de la democracia los movimientos sociales se convirtieron en ong. El “oenegeismo” fue terrible para los movimientos sociales, cada ong se especializó en un tema y a su vez todas cuidaban sus recursos.
Lo interesante de la resistencia antiminera y la defensa del territorio es que ha permitido que se encontraran otra vez los movimientos, desbordando a las ong. Las feministas estamos en el movimiento junto a campesinos e indígenas. Ellos están hablando con términos que son propios del feminismo, están hablando del patriarcado, reconociendo que existió desde antes de la llegada de los españoles, pero también en el espíritu de la gente democrática, progresista y de izquierda se ha superado la sensación de derrota e impotencia y aparece un nuevo espíritu de resistencia.
—Entonces tenemos minería, hidroeléctricas, monocultivos de palma, y petróleo. Empecemos por la palma, que es el cultivo menos conocido en estas tierras.
—La palma africana es un negocio de antiguos terratenientes que se reconvirtieron comprando y robando tierras a los indígenas. Se levantaron ingenios porque la palma se utiliza para biocombustibles, un negocio en el que ingresaron brasileños y familias poderosas de Nicaragua.
En todos los emprendimientos subyace la cuestión del agua. Tanto las plantaciones de caña como las de palma africana y la minería requieren toneladas de agua por segundo. Los contratos mencionan el usufructo de la tierra pero no incluyen el enorme consumo de agua ni la contaminación. Las regalías mineras son de apenas el 1 por ciento, una de las más bajas del mundo, y no hay auditorías del Estado para saber qué y cuánto están extrayendo. Los estudios de impacto ambiental los hace sólo una empresa que forma parte del complejo minero.
—Existe un rechazo importante a la minería a cielo abierto que comenzó por comunidades aisladas pero que ya se convirtió en un movimiento nacional.
—En 2005 empezaron los primeros movimientos contra la minería. El pionero fue el Colectivo Madreselva, un grupo ecologista que comenzó a informar sobre la minería en Guatemala, en un momento en el que no había ninguna información, ni siquiera se sabía qué era un estudio de impacto ambiental. Pertenece a una generación de movimientos nuevos, que se formaron a partir de 1996 luego del proceso de paz, cuando se recuperó un margen de libertad de organización y de expresión, que entre paréntesis digo que fue lo único que ganamos después de 36 años de conflicto. Porque los acuerdos de paz no pudieron cambiar las estructuras agrarias ni de clase en el país, pero por lo menos se consiguieron ciertas libertades.
—Las mujeres y las feministas juegan un papel destacado en estos movimientos.
—Buena parte de las feministas de mi generación veníamos de los movimientos de izquierda, de las organizaciones político-militares. Creo que ellos mismos nos llevaron al feminismo, por ser tan cerrados, tan antidemocráticos. Todas las demandas de las mujeres se posponían, porque el centralismo democrático terminó siendo un poder autoritario y jerárquico. Pero el feminismo ingresa en gran medida porque muchas estuvimos en el exilio, sobre todo en México, y eso nos permitió conocer otras ideas. En Guatemala el feminismo era casi impensable... PARA LEER EL CONTENIDO COMPLETO DE LA NOTA SUSCRIBITE A BRECHA DIGITAL, arriba a la derecha.

Escribir un comentario