Brecha Digital

Carta de amor a una bicicleta

Es la sensación del equilibrio. El momento cumbre en que la cadera encuentra acomodo, respondiendo a un llamado natural, inconsciente y necesario como respirar. Algo ya se sospechaba entonces. Se había leído en el entusiasmo de la cara del abuelo, que volvía a tener 15 años cuando recordaba su Alcion italiana, con la que volaba sobre los caminos de tierra de Cerro Largo rumbo a la frontera. Los bolsillos llenos de chocolate brasileño y barato eran el premio que aliviaba la vuelta a la vida de trabajo en los naranjales.

El idilio empezó casi sin que una se percatase. Unas vueltas a la manzana ante la atenta mirada de una madre preocupada porque la rodado 16 rosadita probara la calle. “Cuidá que no vengan autos. Mirá antes de cruzar.” Para el momento en que se descubre la bajada de adoquines que desemboca en la plaza, y cuando ya no es una la que se tira, sino un enjambre de bicicletas desordenadas que toman control de una calle poco transitada en el barrio, el amor está instalado. La adrenalina que sube por las piernas de niño, a las que no les importa verse peladas por el raspón contra el hormigón mientras antes se haya sentido el viento cálido de la primavera metiéndose entre el pelo. El sentir es compartido. Lo entiende también ese que lleva las piernas arrolladas bajo el manillar porque la bici la heredó de un hermano mayor más petiso, lo entiende el intrépido que se tira soltando las manos, lo entienden las nenas que van apretando el freno disimuladamente para que el vehículo no se les desboque... PARA LEER EL CONTENIDO COMPLETO DE LA NOTA SUSCRIBITE A BRECHA DIGITAL, arriba a la derecha.

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