La mirada de Lenin

Cuaderno de Rusia (I)

Hay algo de aldea que asoma en los pliegues de esa megaurbe de más de 10 millones de habitantes. Algo de capital imperial también. Y mucho de su pasado soviético: desde el suntuoso metro, concebido para que cada obrero se sintiera un zar, hasta una estatua de Marx frente al Bolshoi, que según Vázquez Montalbán parece reconciliar la escultura socialista con el cubismo.

 

El vuelo 8282 de Air Berlin ya tocó tierra. Los pasajeros se han dispersado tragados por los múltiples senderos del aeropuerto o yacen atascados junto a la cinta que trae las maletas. El sello de tinta verde ya está estampado en el pasaporte. Ya se ha atravesado el par de quilómetros de pasillos y halls altos como catedrales en los que hormiguea un catálogo de todas las razas del mundo. El boleto a la ciudad ya ha sido comprado en los expendedores automáticos y el paisaje, rural e insípido, ya está pasando por la ventanilla diciendo que eso, esos pastizales de ahí afuera, eso es Rusia. El nombre que todo lo contiene. Como si se dijera una palabra que pudiera ser, a la vez, la esperanza y su desengaño.
El tren del aeropuerto es caro y moderno como en una capital europea. Pero es una cápsula a la deriva. No llega a una estación igual de futurista, como esas que las ciudades de Occidente encargan a estudios de arquitectos de moda que hacen zozobrar los presupuestos municipales. Aquí no están esas madejas de columnas y techos imitando formas parecidas al oleaje que tanto le gustan a Calatrava. No. El airtrain de Domodedovo llega al andén de una estación provinciana. Las empalizadas ocultan una obra en progreso y el espacio para los peatones se reduce a una escuálida pasarela de hormigón y madera.
Después, el caos.
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