Una de piratas

Dos jóvenes nigerianos, el fútbol y una estafa

Con la vida ajena se puede jugar como con una pelota. Se driblean sueños, se amasan ilusiones, se pisan futuros. La historia que cuentan estos dos jóvenes nigerianos llegados a Uruguay es un poco (mucho) eso. La pasión por jugar al fútbol, por destacarse y llegar a la meca llamada Europa se topó con la compleja realidad humana y del fútbol. Estafados por un contratista, no tienen club, ni pase ni contrato, aunque todavía tienen sueños.

 Esa tarde de lunes Rodrigo los encontró en la verdulería de Agraciada y Gil. Ihueze y Chidi, dos jóvenes nigerianos, desembocaron en la esquina con cara de no saber hacia dónde agarrar ni cómo preguntar para llegar. Habían arribado un rato antes desde Brasil, donde pasaron una escala bastante más prolongada de lo deseado, y buscaban el Uruguay Montevideo Football Club. 

Entre el inglés de acento africano, el castellano del dueño del comercio y un montón de señas, convinieron en que el hombre los llevaría apenas cerrara –ese día temprano por las fiestas– puesto que vivía apenas a unas cuadras de la sede. El verdulero ya se había percatado de que la dirección que figuraba en el papel que exhibían los muchachos –una supuesta invitación del club, escrita en inglés– no era la verdadera, y ahí mismo dibujó el croquis de las calles correctas. Allí estaban, comiendo fruta que les ofreció el puestero, cuando Rodrigo llegó a hacer sus compras. Entabló conversación con ellos, captó el despiste y el agotamiento en sus rostros y, como la sede del club estaba cerca, se ofreció a llevarlos. Al llegar, quien los recibió se puso en contacto con Daniel Mussetti, secretario general de Uruguay Montevideo, quien pocos minutos después llegó al club y echó un vistazo al papel que mostraban los jugadores. Si había una ilusión que los mantuvo en pie desde su salida de África, se terminó ahí mismo: el dirigente les dijo que el documento era falso y que, además, en el club no esperaban la llegada de ningún jugador de ningún lado. Era el lunes 31 de diciembre, y con el año murió también la fantasía de jugar en un club de un país que podría darles visibilidad para cumplir el sueño del pibe: llegar a Europa.

THE BIG MAN. Chidi Samuel tiene 21 años, e Ihueze Ndubuisi tiene 19. En Nigeria “todos los chicos aman el fútbol”, dice Ihueze –el más silencioso de los dos–, pero como en todos lados, son pocos los que triunfan. Ihueze, por ejemplo, comenzó a probar suerte en diversos equipos desde que tenía 12 años y sus padres le dijeron que debía hacer algo con su talento. A esa edad se mudó de ciudad, junto a un amigo mayor que él, para probarse en un equipo fuera de su estado. Y a esa edad también empezó a conocer las dificultades para la inserción, escuchó el “no” repetido de diversas formas, “no llegaste en el momento correcto”, “no hay lugar”, “no estamos en condiciones de incorporarte”. En medio de la peripecia llegó a Lagos, donde reside su tío. Allí, mientras seguía con el deporte, montó un negocio de venta de suplementos alimentarios, que le permitió vivir a la vez de jugar al fútbol. “Pero mi pasión era el fútbol, y en una conversación conmigo mismo me dije que dejaría de lado el negocio para dedicarme de lleno al deporte.” Jugó en equipos locales, quiso viajar a Egipto a probar suerte, por su cuenta, pero le resultaba demasiado caro y siguió en Nigeria. En esas vueltas andaba cuando entró al Eleven Striker Football Club, un club pequeño que no compite en la liga top del país africano porque el dinero no le alcanza para ello. Fue allí que conoció a Chidi. Él, por su parte, camina solo desde los 10, cuando dejó la casa de sus padres y siete hermanos y se fue a Jos (una ciudad que sufre las disputas entre musulmanes y cristianos) para practicar fútbol, mientras sus padres le mandaban algún dinero para sobrevivir.
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