Muy lejos de la novela negra

Detectives de acá

De como, apartados del glamur y la ficción, trabajan los investigadores privados de Uruguay.
En una tarde de enero Brecha se encuentra en un boliche del barrio Malvín con el primer detective que contacta a través de la guía de teléfonos. Se llama Fernando, prefiere no revelar su apellido, tiene 50 años y hace 18 que se dedica a esta actividad por la que dejó su trabajo de vendedor. Fernando llega al lugar de la cita, se presenta, propone tomar un refresco, mira para los costados y se sienta. “Los detectives hacemos de todo dentro de lo legal”, señala, mientras vigila su entorno.

La clientela que más lo contacta son hombres y mujeres que quieren saber si sus parejas tienen relaciones amorosas con otras personas. “La mayoría tiene una gran sospecha y quiere obtener pruebas”, dice. Para una gran proporción de esos individuos, cuenta, hay intereses económicos de por medio en esas averiguaciones. Con frecuencia se encuentra con los clientes en un bar, negocian la tarifa y Fernando comienza a vigilar a la persona “las 24 horas del día”.
En uno de los comercios de una galería de 18 de Julio, en un local con la vidriera tapada con papel de embalaje, Ricardo Domínguez recibe a las personas que lo solicitan, parapetado entre pilas de diarios, en una habitación iluminada solamente con una lámpara portátil colocada sobre su escritorio, en el que exhibe dos teléfonos fijos y dos celulares. “Este es un centro de operaciones, desde aquí me comunico con todos los que componen nuestra organización. Ellos trabajan en la calle, unos tienen facilidad para conseguir información en unos lados, otros en otros”, afirma, con el ronroneo de un ventilador de fondo. “Trabajamos para personas y para empresas, las compañías de seguros, por ejemplo, ante la presunción de un delito o estafa, a veces investigan si los testigos son reales o ficticios.” También lo contratan prestamistas para ubicar a deudores. Cuenta que hace 40 años que se dedica a esta actividad.
La agencia más antigua del rubro es Detective Jack, fundada en 1928 por Nicasio Alliaume. Jorge, su nieto, de 56 años, es quien lleva adelante el negocio. De los tiempos de su abuelo a esta parte han cambiado mucho los temas de investigación: “La infidelidad siempre se ha tratado, pero ahora hay mayor demanda de otras cosas”, señala Jorge, quien nos recibe vestido de punta en blanco y con poco tiempo para la entrevista, tras un viaje al interior del país y un próximo vuelo a Buenos Aires. “El detective está inmerso en la sociedad, toca la vida cotidiana de la gente, desde madres que dejan a sus niños pequeños al cuidado de otras personas, hasta aquellas que quieren saber qué hacen sus hijos adolescentes, personas que antes de contratar a alguien quieren saber los antecedentes del aspirante, jefes que quieren saber si trabajadores que se certificaron tienen realmente una dolencia, o empresas de otros países que van a hacer alianzas acá y quieren saber el patrimonio de la empresa local.”
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