Ángeles y demonios
- Última actualización en 25 Enero 2013
- Escrito por: Roberto López Belloso
Cuaderno de Rusia (II)
El Kremlin, la Catedral de San Basilio y sus hipnóticas cúpulas de cebolla, la Plaza Roja vista desde unas lujosas galerías comerciales, los rascacielos de Stalin reconvertidos en lujosos hoteles. Instantáneas de un Moscú donde el Gorky Park ha cambiado los secretos de la Guerra Fría por el confort urbano de vanguardia.
Los moscovitas siempre han estado obsesionados por el espacio. Los pocos metros cuadrados por habitante de que se disponía en la época soviética, las casas comunales, los panales de abeja construidos por Jrushov, los rascacielos estalinianos en los que el fasto del poder tenía más importancia que la superficie habitable. Hoy sigue siendo una ciudad hiperpoblada y el tráfico una demencia de atascos. Diez millones de habitantes, algunos dicen que casi 12, otros 14. Cuesta imaginar cómo será dentro de una década si se termina de concretar el plan de duplicar su tamaño actual. La capital engullirá parte del territorio provinciano circundante y pasará a ser el espacio vital de 25 millones de personas. Sus críticos no dejan de ver en este proyecto la mano de la especulación inmobiliaria. En nueve años se construirán 67 nuevas estaciones de metro y la mayor parte de las oficinas de gobierno estarán fuera del actual radio urbano.
Sólo el Kremlin quedará en su sitio. El imperturbable eje de la vida política rusa. Su nombre despierta en quien lo escucha una catarata de asociaciones. Desde aquella azarosa y fugaz entrada de Napoleón en 1812, hasta la fuerza simbólica con la que lo cargó el siglo xx, cuando se volvió uno de los dos centros mundiales de poder. Con toda esa historia atrás, lo primero que llama la atención es el escaso tamaño de sus murallas. No intimidan. Parece que Yelena Isinbáyeva (quien aunque no logró el oro en Londres, en febrero de 2012 había superado la barrera de los cinco metros) podría saltarlas fácilmente con su pértiga. Una mirada a la guía llena de datos inútiles y se confirma que desde el pie hasta las almenas miden entre cinco y 19 metros, según la configuración del terreno. Sí, en una buena tarde y en el lugar adecuado Isinbáyeva podría al menos intentarlo. Su colega ucraniano Sergei Bubka, que se retiró en los noventa con una marca superior a los seis metros, lo hubiera hecho sin despeinarse. El común de los mortales debe conformarse con pagar su entrada, pasar por el detector de metales y atravesar la Puerta de la Trinidad camino a la explanada de las catedrales.
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