3-1 ante Perú, 0-1 ante Colombia
Intentemos, por un momento, y con modestia, cambiar la pisada analítica. Observemos un poco el cómo, no tanto el cuánto. Evoquemos a (algunos) viejos escribas y comentaristas radiales. Volvamos mentalmente atrás, a épocas ya añejas en que los buenos periodistas deportivos uruguayos, a la hora de relatar una actuación o describir virtudes y defectos de un equipo, se destacaban por su capacidad para tomar una distancia mínima, aunque fuera, de los resultados puntuales.
Más o menos lo contrario de lo que se hace en los tiempos actuales, en los que la mayoría de ellos suele acomodar el cuerpo, el discurso y hasta el tono de sus comentarios según cómo vino la mano del gol, del palo lateral o del travesaño, del pique artero, de la salvada providencial o del error insólito a favor o en contra de los nuestros. Así, se generó en el ambiente un conformismo exagerado después del 3-1 frente a Perú, a pesar del desconcierto general del equipo durante el primer tiempo, del discreto funcionamiento del medio campo en todo el encuentro, de que el único mérito realmente resaltable de nuestros atacantes fue el aprovechamiento de los espacios vacíos que dejaba la defensa de un rival que lanzó como tromba ciega al ataque a la mayoría de sus jugadores pensando en ganar, primero, y en emparejar después el tanteador. Del mismo modo –o, según se vea, del modo contrario–, a juzgar por las expresiones de los speakers que le dan voz a la emisión por televisión uruguaya de este Sudamericano sub 20, la selección uruguaya, hasta ayer banca, hoy se convirtió, luego de su derrota 0-1 frente a Colombia, en punto. Peligra, por ende, su clasificación para el Mundial. Y la obtención del campeonato se habría vuelto una quimera casi inalcanzable. En fin, después de quedar cuartos, y no primeros, como en la fecha anterior, la(s) derrota(s) definitiva(s) es (son) perfectamente posible(s). Pero si uno mira el bosque, no el árbol, podría llegar a otras conclusiones. Quizás opuestas, seguramente más optimistas.
Durante los últimos veinte años, por lo menos, cada vez que un equipo o selección de Uruguay se enfrenta a un par de Colombia, el resultado más habitual es de derrota. Esa habitualidad es mucho más visible, y más ostentosa, de lo que los niveles futbolísticos, las tradiciones y las trayectorias de los contendientes harían pensar. Así como contra nuestros pares argentinos solemos obtener resultados más favorables de lo que la realidad futbolística de unos y otros indicaría, contra los colombianos (como también contra los brasileños) nos suele ir mal. A la hora de defenderse, aun cuando vayan perdiendo, ellos no se abren y no dejan huecos para nuestros veloces, potentes y contragolpeadores delanteros. Y a la hora de atacar, cuidan (miman) la pelota con una tranquilidad y displicencia que, entre otros efectos, nos aturde, nos descontrola y nos distrae: tanto que, cuando el zarpazo veloz, el desborde imprevisto o el pase al vacío finalmente se ejecutan, la primera reacción emocional de nuestros jugadores es, inevitablemente, la sorpresa, con la consiguiente pérdida de tiempo y de posiciones. Exactamente lo que le ocurrió al defensa Amondarain y compañía cuando el gol de Córdoba que sentenció este partido. Pero esta vez Uruguay, que en los veinte minutos anteriores a esa jugada había cortado el circuito futbolístico de sus rivales y había generado varias oportunidades para convertir, después del gol no se descontroló, no salió “a la bartola”, no empezó a tirar centros frontales, no dio patadas, no usó sus energías en protestas al árbitro, no descompuso sus líneas. No dejó de parecer lo que ha sido o intentado ser en todo el campeonato: un equipo de fútbol capaz de jugar al mismo ritmo y de manejar el mismo lenguaje (moderno) de los demás, más allá de las evidentes irregularidades de todos sus jugadores, que para algo son jóvenes sin experiencia, qué también. Por eso cuando uno veía cómo, sobre el final del partido y a rastras de un tremendo desgaste físico y emocional, Nicolás López bajaba a buscar la pelota para mejor eludir a sus adversarios, Laxalt insistía en “tirar paredes” y el fogonero Cristóforo levantaba la cabeza cada vez que tomaba contacto con el balón (y fueron muchos contactos), no podía dejar de sentir la satisfacción de que estamos en el camino correcto. Un partido perdido o un partido ganado es un accidente. Un plan a largo plazo que nos equipare a lo que se hace en el resto del mundo es una bendición.