Duro de leer
- Última actualización en 25 Enero 2013
- Escrito por: Emilio Fuentes Maladetta
Crónica amarilla de la cocaína en Montevideo
La cocaína es un producto cada vez más consumido en el ámbito privado de Montevideo. Discotecas y pubs, jóvenes y adultos, abogados y estudiantes, todos quieren más y que la noche no termine. ¿Sabemos lo que estamos consumiendo y sus efectos?
Tengo las piernas entumecidas, las muevo sin comprometer el torso; las articulaciones son tensores. Los brazos, tras reposar en la misma posición, tampoco responden muy bien. Hormiguean, cosquillean, se durmieron. Los cambio de posición, los froto para estimular la circulación. Sudo algo espeso. El corazón bombea como si estuviera corriendo, escapando de algo. Pero estoy en posición horizontal, quiero dormir y no puedo. No me interesa el techo inmóvil como yo, cierro los ojos. Escucho hace rato los trinos que anuncian el día nuevo y deseo que se oculte el sol. Como nada en el mundo anhelo lo que es improbable que ocurra, dormir. La mandíbula tiene vida propia, va de un lado al otro, bruxo los maxilares. La boca está seca, absolutamente. No pretendo imaginar la fetidez de mi aliento. Prefiero no pensar en los problemas personales, familiares, con amigos y enemigos, pero aparecen como imagenología neurótica. Una lupa magnifica las estupideces pequeñas como grandes asuntos. El súper yo y mi núcleo psicótico juegan cartas innecesarias, desagradables, me incriminan, abjuran de mí, lastiman. Trato de poner fin pensando en paisajes oníricos en negro, cuento ovejas. Me juro que nunca más, me sobran ejemplos para decir basta. Descanso dos días a la semana, si arruino mi sueño al día siguiente no recupero lo perdido en una noche de excesos. Pero en mi interior sé que va a ser difícil si no imposible que la cosa no se repita. El contexto le impone a uno el qué y el cómo divertirse y uno se convence de que es así, con moderación y recato que desaparecen entre whiskis, y termina siendo perjudicial, al menos para mí y unos cuantos que me rodean.
Al otro día el apetito vuelve más o menos rápido, la ingesta de alcohol aparece más o menos pronunciada como resaca, las ganas de hacer algo reposan entre signos de interrogación y el malhumor puede aparecer como signo de exclamación. Escuché de algunos que han prescindido del sueño hasta seis noches. Deben de tener una psiquis a prueba de balas simbólicas y un trabajo donde los quieren mucho.
AÑOS ATRÁS. Quince años atrás el Flaco empezó con la movida, fue el primero en colgarse. Luego fueron los demás. Excepto yo y otro más que nos conformábamos con el dolor de cabeza que provocaba el porro cortado con malva. No sé cuándo empezó a írsele de las manos. Supongo que un mojón fueron las bajas calificaciones del liceo. Sus padres no tuvieron mejor idea que prohibirle los entrenamientos de fútbol. El Flaco tenía un puesto destacado en un club de primera división. De la séptima había pasado a la quinta formativa. Era titular, entrenaba regularmente, tenía aplomo, destreza y alma de deportista. Con bronca empezó a tomar merca. Ahorraba toda la semana dinero para llegar al viernes y “emparrularse”. Siempre estábamos en la calle, porque a los bailes no nos dejaban entrar. Las más de las veces templábamos los inviernos tomando vino en plazas, portales y esquinas que acompañábamos con algún porro malo que les venden a los adolescentes recién iniciados en el arte de la clandestinidad.
Tampoco sé bien qué clic estalló pero el consumo empezó a ser cada vez más frecuente entre la barra. Yo miraba y me iba a dormir más temprano asediado por el boleo del porro que comprábamos a 20 pesos. Cuando Rafaela, madre de uno de la barra, se enteró de que fumábamos porro, la primera consecuencia fue la terapia culpógena que padeció uno de nosotros, la segunda fue el principio del fin de la comunión que teníamos y recuperamos algunos años después cuando nuestros padres no eran tan importantes en la manutención propia. En ese tiempo en que nos desperdigamos, el Flaco empezó a fumar pasta y hacer cada vez más cagadas. Ya nos había robado a nosotros; aprovechaba sobre todo los cumpleaños para meter mano en carteras y escondrijos monetarios. Ya no ahorraba para los fines de semana; consumía compulsivamente. Revólveres, afanes, “apretes”, golpizas y otras, cada vez más graves idioteces, llegaron a mis oídos. Hacía tiempo no quería saber nada con él. Su fama creció en el barrio como la cantidad de cosas que robaba. La Policía encontró a un pibe en un liceo con un arma de fuego: había ido a tirotear a otro por algún problema menor; no hubo heridos ni muertos. El juez le preguntó de dónde había sacado el arma. La respuesta fue que la había obtenido con el Flaco. Allá fueron los de azul, que lo dejaron esposado en el juzgado de menores. Tuvo suerte de que lo pusieran en libertad. El piadoso magistrado lo mandó a unas charlas en el inau tres veces por semana, pero estaba advertido: la próxima al calabozo. Cuando se robó una bici de una escuela técnica y la Policía lo detuvo, hábil declarante, dijo que era adicto y a esa altura era verdad. El juez le dio a elegir rehabilitación o prisión, ya era mayor. El Flaco anduvo en Remar de Paysandú cargando muebles y vendiendo estampitas en los bondis. Volvió confiado en Dios, guarangada trascendental que se le fue pasando con el tiempo. Pero encaró; consiguió un trabajo que mantiene y se dejó de pendejadas. Pero la pasó fea; se la hizo pasar mal a unos cuantos y todavía está en guardia. Quince años después.
EL TRANSA. La adrenalina recorre la médula con la sola mención a comprar merca, es como que hiciera efecto antes de ser consumida. Habrá quien bromee: “¡Jey! ¡No llamés al diablo!”. Defecar será la respuesta al estímulo para unos cuantos. Conocí a varios tipos que transan sólo merca. Recuerdo a uno al que la Policía lo paraba dos por tres para sacarle dinero o coca. Tenía buen material y era generoso. Tomaba mucho; era un búho siempre listo, siempre despierto. Un día los milicos llegaron a su casa, lo molieron a golpes, le robaron la guita y la merca que peinaba en un espejo de un metro de largo. Los “lagartos”, o rayas, eran un descontrol. La segunda vez además de robarlo lo machacaron a golpes y lo llevaron a juez.
Durante los años de liceo, había un veterano que también era generoso. Habitualmente lo robaban a punta de pistola chicos de barrios cercanos, lo violentaban con palos. En uno de esos ataques murió.
También hay pibes y pibas recolgados que financian su consumo con estupideces como cortar las drogas, particularmente la cocaína, con cualquier polvillo blanco.
Casi todos los que conocí y otros casos que me contaron terminaron muy mal, porque es un negocio que te jode. Te paranoiquea; nunca conocés quién está detrás de vos y cómo te puede cagar para zafar de la cana.
LA NOCHE. En los pubs y las discotecas, cuando no en algunos bares de Montevideo, es imposible no ver algún “duro”. Duro se le dice al que toma merca y se le nota. Uno puede estar duro como una tabla, como una pared o como uno mismo. Duro, porque la gente queda como estaqueada; la comunicación con los demás se retarda. Los más desinhibidos hablan sin parar y sin escuchar. Pero también el habla se anula y sólo escuchan su interior. Se pasaron de rosca. Tratan de bailar pero no pueden. Están inmóviles e inapetentes. Moquean una brillantina química; los párpados permanecen estirados como si la sorpresa la tuvieran frente a sí. Son casi siempre los últimos en irse. Cierran el bar. No asumen que la fiesta terminó y que van a tener que soportarse solitariamente mirando el techo porque se encajaron un gramo entero o más, una dosis excesivamente alta al menos para los fines buscados: placer, euforia, evitar mamarse hasta el tuétano o anular el dolor que provoca la privación. La compulsión a consumir hasta chupar la bolsa es alta.
En los baños se arma el ritual. Si usted tiene ganas de mear lo mejor es que busque alguna penumbra afuera para descargar la vejiga; la cola es grande y paciente en apariencia. Unos demoran más, otros menos. Entran de a dos o de a cinco. También hay solitarias soledades. Todos chequean no tener esporas blancuzcas en las penumbras de las fosas nasales. Beben sin parar para matar la ansiedad del clorhidrato de cocaína y para bajar un cambio, porque la transfusión energética es alta. Se aspira aquello y el primer saque (como si de deporte se tratara) anestesiará nariz, garganta y boca tiñendo de amargo todo a su paso. Algunos convidan; los solitarios por lo general ofrecen; todos saben quién puede convidar y algunos conocen quién puede vender.
La compra es un momento importante. Algunos la llevan a tu casa, otros te hacen ir a una esquina. Hay quienes prefieren que esperes por cualquier lado, y sobre todo en la periferia se territorializa en las archimanoseadas bocas. Hay dealers con alma y sin ella. Venden a cualquier hora y cortan la cocaína con cualquier artilugio. Hay un par de bares para seguir toda la noche y parte de la mañana tomando y bebiendo alcoholes, fumando tabaco con devota persistencia. El fenómeno se extiende entre los pubs más caros de la ciudad y los más baratos; hay universitarios, profesionales y charlatanes.
Otros se encierran en sus casas en maratones hedonistas. Algunos la usan para laburar hasta darse cuenta de que no están rindiendo lo que antes. Además de ayudar a la actividad intelectual, como decía Sigmund Freud en Über Coca, la cocaína extingue el hambre y la fatiga en dosis moderadas. Muchos de los que dejan sufren anhedonia, la incapacidad de sentir placer. El centro de placer dopamínico fue tan estimulado que aparece como suprimida la actividad de la neurona dopaminérgica, que por ejemplo se activa con el sexo.
El exceso de cocaína, sobre todo en los que ya pasaron los 20 años, desvanecerá entre sábanas mustias el esfuerzo por conquistar a esa chica. Después de una dosis el apetito sexual quedará intacto pero la virilidad desaparecerá. Los vasos sanguíneos del pene se constriñen retardando la eyaculación, dificultando la erección. También ha roto el tabique nasal de unos cuantos y a mediano plazo tiene secuelas en el sistema circulatorio.
SED Y AGUA. La cocaína es un estimulante, brinda la impresión de poseer más energía, locuacidad y atención. La presión arterial aumenta y el ritmo cardíaco la acompaña, las vías respiratorias se dilatan. Aunque son episodios aislados, ocurren muertes cardíacas súbitas, derrames cerebrales, fallas respiratorias y convulsiones. La salud psíquica del usuario influye. Altas dosis y uso repetido llevan a exacerbar las psicosis y la hostilidad, tan frecuentes en la resaca de merca. Los niveles de “persecuta” son comparables en algunos casos a la esquizofrenia paranoide. Dependiendo de su fortaleza psíquica, el usuario llevará estos asuntos más o menos bien.
Antes de consumir lo que fuere siempre es bueno saber qué estamos haciendo. Y aunque las drogas son una cosa para los usuarios, otra para la Policía, otra para los políticos y otra para los médicos, hay algunos hechos que no son objeto de críticas pero tampoco de divulgación.
La euforia, la tensión arterial, el apetito y la atención son conductas reguladas a nivel celular por ciertos neurotrasmisores, los monoamínicos, como la norepinefrina, epinefrina, dopamina y serotonina. Los estimulantes elevan sus niveles, la preponderancia de estos neurotrasmisores en la sinapsis. La epinefrina, conocida como adrenalina, se dispara en el cuerpo y nos pone en guardia ante un peligro, se ayuda en la norepinefrina preparando el cerebro, lubricando el impulso sináptico para la lucha y centrando la atención en el entorno. Hace al corazón bombear rápido, brinda oxígeno y glucosa a los músculos, abre las vías respiratorias. Cuando se elevan los niveles tóxicos en la sangre puede ocurrir la paranoia. La dopamina lleva los estímulos gratificantes, el placer, y mejora los niveles de atención. La serotonina regula los estados de ánimo, el sueño, además del apetito y la temperatura corporal.
No es lo que le pasa a la mayoría de la gente, pero algunos pocos caen en un precipicio. Nada es gratis, las drogas tampoco aunque ahora nos recorra la sensación de vivir en una sociedad liberal. En la era de la información no sabemos qué le metemos al cuerpo ni cuáles serán sus reacciones, porque somos distintos, la sustancia no se estudia y los usuarios no encuentran en el cuerpo médico la mejor de las respuestas, casi siempre por prejuicios almidonados.
Es claro que prohibir es parte del problema, y que una supuesta prevención de las excepciones que llegan a la clínica han sido tomadas como regla de consumo en la cruzada antidrogas que poco y nada habló de la corrupción, policial o estatal. ¿Hijos de quién son los que la Policía acusa de andar a los tiros por el control de las bocas? Son vástagos de la prohibición que le confía a los sectores populares sin perspectiva de ascenso social la tajada más amarga de una torta putrefacta. Son un ejército proletario en continua reproducción. Pueden meter a 300 mil en la cárcel. Esperen una semana y vean cómo se reorganiza el negocio y crecen la demanda y la oferta.


Comentarios
no entiendo la gracia del articulo.
apologia a la cocaina???
para escribirlo hay que ser duro!!!!(o estarlo)
la cocaina como todas las drogas sirven para nada.
es mucho mas lo que nos quita (cuanto mas te enganches mas vas a perder) que lo que nos da (una sensacion de euforia).
puedo decirlo con propiedad ya que la usé y a su vez por eso pagué varias de sus consecuencias.
rechazo este tipo de articulos que le dan trasendencia a cosas que no le tienen que dar en vez de mostrar lo real y problematico que puede llegar a ser su abuso.
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