Mitología umbanda: rituales y las múltiples leyendas de Iemanjá
Advertencia al lector: no se entregue ante la confusión. Lo que hoy conocemos como umbanda es una religión bastante nueva en estos lares y no cuenta con una organización central que la unifique, de ahí que existan ambiguos relatos mitológicos para este mismo culto, muchos nombres e imágenes para los mismos dioses, y distintas ceremonias que varían dependiendo del país. Las leyendas originarias hasta se contradicen entre sí; cada pueblo ha interpretado la historia de acuerdo a su idiosincrasia, y la trasmisión oral ha mezclado un poco más las cosas, para al final enriquecer la narrativa. ¡Que viva la diferencia!
De todas las versiones que existen sobre Iemanjá y los dioses u orixás africanos, uno puede elegir la que más le guste para armar su propio rompecabezas mitológico. Una de las leyendas más populares cuenta que esta diosa del mar es hija de Olókum, la máxima divinidad de las aguas. En la ciudad de Ifé (sureste de Nigeria), ella se casó por primera vez con Orunmilá, señor de las adivinanzas, y luego con Olofìn Odudua, rey de Ifé, con el que tuvo diez hijos. Cansada de permanecer en la ciudad, Iemanjá huyó hacia el oeste. Olókum, su padre, le había dado como precaución una botella con un misterioso preparado, con la recomendación de romperla contra el piso para defenderse sólo en casos de extremo peligro. Y así, Iemanjá se instaló en el atardecer de la Tierra. El rey Olofìn Odudua lanzó su ejército en busca de su mujer. Rodeada, la diosa quebró la botella para evitar ser conducida de vuelta a Ifé. Un río se formó en ese momento para llevarla a Okum, el océano, de vuelta al hogar de su padre.
Pero los yorubas1 nigerianos también cuentan que Obatalá (el cielo) y Odudua (la tierra) se unieron en un turbulento encuentro del cual nacieron Aganju, una entidad que vivía en las rocas, e Iemanjá, la diosa de las aguas. A su vez, de la unión de Aganju y su hermana Iemanjá nació Orungán, el dios mediador entre el cielo y la tierra. En ausencia de Aganju, el joven Orungán raptó e intentó violar a su propia madre. Ésta huyó, y en plena desesperación cayó muerta al suelo. De sus enormes senos empezaron a brotar dos fuentes de agua que formaron un gran lago. De su vientre, que creció hasta alcanzar proporciones desmesuradas, comenzaron a nacer los orixás: Dadá (diosa de los vegetales), Xangó (dios del trueno, la fuerza y la justicia), Ogum (dios del hierro y de la guerra), Ojá y Oxum (diosas del río Níger y las aguas dulces), Okó (dios de la agricultura), Oké (dios de las montañas), Orum (el Sol), Oxu (la Luna)…
Desde ese entonces –y como todos los orixás– Iemanjá representa una fuerza de la naturaleza, en este caso el océano. También es el símbolo de la maternidad y protectora de los recién nacidos, entre otras cosas porque se le atribuye en esa escena la respetable condición de haber parido a los orixás más importantes del panteón africano: además de los mencionados, Iemanjá sería madre de Olókum, Oloxá, Iansá, Obá, Orixiko, Obaluaie, Oxupá, Oxóssi y Aje Xalunga.2
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