Realojo de los ocupantes del edificio Varela
La noticia recorrió los medios hace un par de semanas. El edificio Varela fue finalmente desocupado, y según se dijo, fue casi por arte de magia. Sin embargo, el acercamiento al tema desde otra óptica –la de sus tan vapuleados ocupantes– revela una fuerte coordinación entre diversos organismos estatales que comenzó a ensayarse con la desocupación del ahora demolido edificio de la comaec, cobró fuerza en Varela y se proyecta hacia la desocupación del ex hotel Casino, en el parque Rodó.
Sale presurosa a abrir la puerta cuando suena el timbre. Igual de entusiasmado, prendido de su mano, está Javier, su nieto de 4 años. Estela abre el portón de su casa en Capurro y escolta a la periodista hasta la entrada de su apartamento, chiquito y prolijo, todo pintado de blanco. Prepara un café mientras va relatando, con paciencia, su periplo hasta el Varela. Se estaba separando de su compañero y había conseguido otra señora con quien compartir una casita que alquilarían juntas, pero la colega se arrepintió. Hacía unos meses que estaba a cargo del nieto porque su hija menor “había perdido, como le dicen ellos”, y está presa en Cabildo. Antes de eso, Estela la había recibido en su casa, pero la convivencia no prosperó, aunque vivieron juntas cerca de un año. Fue en una visita a su hija que conoció a una muchacha que estaba en Cabildo por robar comida en un supermercado. Ella fue quien le comentó sobre el Varela, porque sabía que ahí había un apartamento vacío. Y fue esa misma muchacha, Mónica, y su familia quienes la ayudaron a subir los muebles hasta el cuarto piso donde iba a instalarse. También se habían encargado de limpiarle el lugar, para que la bienvenida fuese un poco más amena. “Pagué 6 mil pesos por la entrada al apartamento –comenta–. Es más, si hubiese tenido que pagar luz y agua lo hubiese hecho.” Se hicieron amigas con Mónica. Ella se ofreció a cuidar a su nieto mientras Estela iba a trabajar. Es enfermera, por eso los pibes del edificio le decían “la doctora” cuando la veían con el uniforme. “Mónica me decía ‘en casa somos muchos, no nos hace nada agregar un platito más para el nene’.”
Treinta familias ocupaban el edificio, todas ellas en condiciones diversas. La primera intervención estatal buscó mejorar las condiciones de salubridad de quienes allí vivían.
A fines de 2010, “cuando desembarcó el Estado”, se instalaron un par de canillas en la entrada del edificio para proveer de agua potable a los ocupantes. También pusieron unos recipientes en el subsuelo para recolectar las aguas servidas que hasta entonces corrían libremente, porque los apartamentos no habían llegado a conectarse a la red de saneamiento.
“Cuando llegaron las asistentes sociales, los más responsables empezamos a buscar una alternativa; yo sabía que a la casa de mi madre no quería volver”, aclaró la enfermera. Entre los ocupantes reinaba la incertidumbre y corrían múltiples versiones sobre lo que iba a depararles un futuro no muy lejano: desde que iban a darles una vivienda o materiales para reparar sus apartamentos ocupados, hasta que los iban a patear para la calle.
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