Elogio de la química
¿Químico significa tóxico? ¿Orgánico equivale a inocuo? El autor propone que, aprovechando la justificada y creciente inquietud ambientalista, se expande una ideología borrosa de carácter anticientífico que sólo puede complicar más las cosas.
Mi única relación con la química son aquellos lejanos años de secundaria y cierta atracción muy básica hacia un campo del conocimiento clave en la comprensión del mundo en que vivimos. Pero aun desde la perspectiva de un simple lego en la materia, me resulta muy deprimente la tendencia actual, tan extendida, que sataniza a la química desde su propia denominación.
Si afirmar que algo no contiene “ingredientes químicos” es un sinsentido que debería avergonzar a quien lo formula, lejos de ello, es utilizado a menudo como sinónimo de “incontaminado”, con lo cual se establece una absurda equivalencia entre químico y tóxico. Se podrá discutir si este tipo de confusiones, que demuestran una ignorancia alarmante en nociones muy básicas, responden a un desbalance intrínseco en nuestra educación a favor de las humanidades y en detrimento de las ciencias exactas y naturales o es simple consecuencia del bajo nivel de nuestra educación básica que no logra consolidar nociones científicas muy elementales. Pero no deberíamos asombrarnos si un día de estos aparecen grupos de entusiastas embanderados con consignas como “no a la química”, viendo que otras igualmente absurdas como “no a la minería” se han venido propagando como una especie de virus fuera de control.
Los orígenes de la aversión. Un libro escrito hace 50 años es visto por partidarios o detractores como una obra maestra que dio nacimiento al moderno movimiento ambientalista o como el detonante de la peor tragedia del siglo xx. Pocos fenómenos son capaces de reunir opiniones tan diametralmente opuestas. Hay quienes adjudican al libro La primavera silenciosa, de Rachel Carson,1 el rol de haber dado inicio al moderno movimiento ecologista y de haber desencadenado por primera vez la aplicación del principio de precaución (lo que en criollo conocemos como “más vale prevenir que curar”).2 Carson hizo un llamado de alerta sobre el uso de plaguicidas, herbicidas y fungicidas, particularmente sobre los efectos residuales del insecticida sintético Dicloro Difenil Tricloroetano, conocido como ddt, asociando su nombre al incremento en las tasas de cáncer en la población. Pero su presagio iba mucho más allá, augurando un futuro trágico de desolación y muerte en el planeta, en el que ya no sería posible disfrutar del canto de los pájaros en primavera.
Luego de diez años de creciente campaña por su erradicación, la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (epa por su nombre en inglés) prohibió el ddt por considerarlo “potencialmente cancerígeno”, y su limitación se fue extendiendo en muchos países del mundo (esto, hay que saberlo, luego de haberse erradicado la malaria en Estados Unidos y Europa mediante su uso sistemático). Sin embargo, tras décadas de investigación, mejora drástica de los instrumentales y una evaluación de las consecuencias de su prohibición, en 2006 la Organización Mundial de la Salud (oms) volvió a recomendar el rociado con ddt en el interior de las viviendas para el combate de la malaria,3 asegurando que “no reviste riesgos para la salud cuando se usa apropiadamente”,4 si bien se mantiene desaconsejada su utilización en la agricultura. Lo cierto es que tras haberse suspendido su uso desde 1993 en países como Bolivia, Paraguay y Perú, aumentaron los casos de malaria en más de un 90 por ciento, mientras que Ecuador, que incrementó su uso en el mismo período, logró una drástica reducción del 60 por ciento.5 En Sri Lanka, el uso del ddt redujo los casos de malaria de 2,8 millones en 1948 a tan sólo 17 en 1963; luego de cancelarse el rociado de las viviendas en 1964, los casos volvieron a aumentar hasta los 2,5 millones en 1969, patrón que se repitió en otros países tropicales.6
Parece exagerado cargar a Carson con la responsabilidad por la pérdida de millones de vidas, como se ha hecho,7 sin embargo, tomando en cuenta que la malaria causa una muerte cada 30 segundos,8 la mayoría en niños de los países pobres, es innegable que el costo humano por haber querido salvar al planeta fue extraordinariamente elevado.
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