Cimientos orientales para un país a reconstruir

FUCVAM en Haití

Walter de los Santos es miembro de fucvam y hace un año vive en Haití. Llegó para coordinar los trabajos que la federación, junto a otras instituciones, emprendió en materia de vivienda. En un país avasallado por la ayuda internacional ineficiente y las corrupciones de todo tipo, la institución uruguaya propone su experiencia en ayuda mutua para levantar casas y generar organización entre la gente.

 

En Lascahobas, Haití, fucvam plantó bandera. El terremoto de 2010 hizo que más de un millón y medio de personas se desplazaran de Puerto Príncipe a otras localidades, entre ellas este pequeño municipio ubicado a 70 quilómetros de la capital. Muchos haitianos viven hasta hoy en campamentos de refugiados, otros en casas de amigos o familiares, algunos en improvisadas casas con techo de palma. fucvam, junto a la Alianza Cooperativa Internacional (aci), el Grupo de Apoyo a Refugiados y Repatriados (garr) y el Centro Cooperativo Sueco diseñaron un proyecto de trabajo, y para el segundo semestre de este año Haití verá nacer las primeras casas con impronta uruguaya. “No querían una ayuda tradicional; el garr había intentado construir en forma cooperativa, pero les salió más o menos. Nosotros armamos un plan piloto para 25 viviendas con el modelo uruguayo. Una vez concluido, nuestra idea es presentarlo al Estado y también adquirir otros préstamos”, explicó De los Santos.

—Cuando dice utilizando el modelo uruguayo, ¿qué significa?
—Hoy fucvam está en 14 países y nuestro sistema es tomado como ejemplo. Construimos basándonos en la propiedad colectiva, la autogestión, la ayuda mutua y la democracia directa. Son nuestros pilares. En ese marco querían un modelo sustentable en el tiempo y no sólo que se construyan 25 casas hoy, otro año otras 25 casas, y así. Querían un modelo firme, que vaya más allá, poder elaborar una ley de vivienda y todo ese tipo de reglamentaciones.
—¿Trabajan con la gente que todavía permanece en los campamentos de refugiados?
—Los campamentos están en Puerto Príncipe. En el interior ya casi no hay, pero sí viven en malas condiciones. La miseria también es un gran negocio, por eso el garr toma la iniciativa de hacer cooperativas. Mucha de la gente que ayudaron había sido afectada por el terremoto. Les cargaron sus cosas en camiones y les preguntaban si querían ir a un campamento. Los llevaban para afuera, ahí armaban campamentos pero la ayuda internacional que llegaba no era mucha, quedaba por el camino. Esas cosas se fueron rompiendo, porque grupos como el garr fueron desenmascarando ese tipo de situaciones.
En Puerto Príncipe cada campamento tiene al menos 500 familias. Y tienen los desalojos pedidos.
—¿Por quién?
—Por el Estado.
—¿Y qué pasa con la gente?
—Les dan 500 dólares a cambio de que se vayan de la capital. Por supuesto nadie acepta, pero ya están determinados los desalojos.
—¿Ustedes con cuánta gente trabajan? ¿Cuántas casas van a construir?
—Se hizo un llamado y se anotaron las familias, que ya tenían una base como grupo. Ahora 25 van a comenzar a trabajar con nuestro método. La primera selección se hizo por localidades. Allá no hay mucho medio de transporte, así que las que vivían más cerca eran las que tenían más posibilidades de ir a la obra. Las asistentes sociales hicieron estudios familia por familia para conocer las condiciones de vivienda, la cantidad de hijos, etcétera. Pero elegir 25 no fue sencillo, porque la necesidad es mucha. Para nosotros es difícil de entender, pero hay mujeres solas con dos o tres niños viviendo entre cuatro palos con hojas de palma; eso es una casa. En la ciudad es peor. En un cuartito pueden vivir dos familias, sin saneamiento ni nada. En Puerto Príncipe es terrible la facilidad de propagación de enfermedades, incluso el cólera. Son 11 millones en una superficie similar a dos departamentos nuestros.
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