Canción tres de San Gregorio
- Última actualización en 01 Marzo 2013
- Escrito por: Francisco Neves
Orillas del Río Negro, hace más de medio siglo
Entre estas dos crónicas el narrador ha dejado de ser niño. Hace poco este semanario publicó una contratapa de un tiempo algo más lejano, cuando más chico el autor recordaba el “río vivo” que era para él el Río Negro antes de que lo bloqueara la represa del Rincón del Bonete. Ahora la inundación sucedió. En “Maciste” se levantan los pilares de un puente que todavía no existe. En “Catástrofe” se tala el “sumergido monte de troncos negros” (Washington “Bocha” Benavides dixit) que el lago ocultó.
—Catorce pesos y ni uno más. Tirando a fina. Nada verde. De abajo del agua, ustedes saben. La arriman a Oribe, me avisan. Yo iré con el camión. La traemos al pueblo; medimos, pago y a otra cosa.
Tal el contrato hablado que nos ofreció Ruperto, el panadero.
—De acuerdo –respondimos en coro. Era buena plata. El Lito Pazos, pucho en la boca, se restregaba las manos.
—Con los ñanduses del campo de Sapriza nos llenamos.
—¿De dónde vamos a sacar manga, matungos, todo...? –de-
salentó el Quitito Rocha.
—Pa’ qué está el máuser, abombao... –retrucó el primero, tajante.
—Se olvidan de las nutrias del Sarandí –alertó el Rufo.
—Todos tenemos trampas. A los milicos, caña brasilera, si es que aparecen.
—Tendemos el espinel, pescamos. Bajo al camino dos veces por semana, entrego el pescao fresco y limpio a López cuando pasa el ómnibus; eso sí, enyuntados, cobro. Subo hasta Piedra Alta, compro en lo de Villegra, traigo el surtido y chis-chau.
—¿Pa’ qué tenemos la trampa de tejido al pedo?
La empresa estaba consolidada, ajustada en toda su economía, según la última opinión del Peludo Chico. Todo lo demás era operativo, a nuestro alcance.
Perucho, el turco, cumplió la norma; fió sin chistar el surtido de la gente que se iba al monte a buscar leña y afines.
Partimos de lugares diferentes: del bañado mi hermano menor y Quitito, Lito y yo de Puerto Romero; los dos Puyol, en el bote grande, de la Piedra Alta. Puntos de encuentro: la isla en la boca del Sarandí, frente a la Cueva del Tigre, al otro lado de Puerto Barril, nacientes de la Cancha del Sombrerito. Fines de otoño, al amanecer, claro, frío, con escaso viento; cargamos, mojamos las guasquillas, insertamos los remos, un leve empujón comenzando la remada río arriba, procurando el viejo cauce, tirándonos hacia Durazno, rumbo a la boca de Las Cañas. El río estaba crespo, con olas pequeñas. Dije mal: el lago de Rincón del Bonete. Pronto se anunciaron los enormes pilares en ruinas, denunciando el bajo nivel de las aguas. Remábamos felices, achicando de vez en cuando, entre recuerdos de bailongos, contando plata no ganada con su seguro destino: zapatos, camisas, pantalones.
Promediando el mediodía divisamos Puerto Oribe. Seguro que los Puyol estaban llegando. Los callos de las manos funcionaban bien, sumados a los 15 años, corroboraban que estábamos en forma. Cuando viramos a la derecha en la barranca alta, después de una ceja de monte, dimos con la ancha boca del arroyo Sarandí, erizado de árboles negros, muertos, emergiendo, ofertándose al hacha; en el centro una isla verde de monte petiso.
Contorneamos media isla y nos topamos con los dos botes: el grande del viejo Pujol; el más chico, de sus hijos. Atracamos. Acarreamos los enseres ya con la ayuda de los que habían llegado antes, transitando una picadita corta, limpia, bien macheteada, hasta un amplio claro donde se erguía una carpa, otra en ciernes, marcando
–distante unos diez metros– la mole grisácea de un horno de carbón.
—Si tienen hambre hay pescado en la jaula, muchachos.
—Gracias don Puyol. Vamos a levantar carpa, a armar cama. Comeremos cuando lleguen los otros.
—¿Y cuántos son?
—Seis, don. Faltan Quitito y el Yiye.
—’Ta bien. Cuando corten para las camas, cuidado con las cruceras.
El campo de Almada era arena casi pura, ordinario, de escasa pastura pero aromatizado por infinitas carquejas y marcelas. Por supuesto el apereá abundaba; buen lugar para las cruceras. Eso lo sabíamos de niños, pero unas bolsas de aromáticas bien apretadas sobre ramas de sauce fino, un poncho arriba, resultan una cama confortable, perfumada, renovando cada pocos días algunos ramos de hierbas.
Las virtudes del trabajo colectivo se impusieron a la escasez de tiempo. Llegado el frío atardecer nos encontró con todo dispuesto, aunque chorreando sudor. Pues al agua fría. A gozar de cuerpos jóvenes, pujantes, la risa fácil. Unos tragos de caña blanca, un guiso de arroz, bagre negro, después de una lectura –por el viejo Pujol– de algunos párrafos del Nuevo Testamento, nos tumbaron en cama nueva, afable, en la casa, nuestra casa, la que amamos, la casa de todos.
Un frío sereno nos arrimó al fogón, a revivirlo. Sobre el arroyo, por las picadas se veía la bruma, se oían los aletazos de los peces más el espaciado mugir del ganado. La bajante había terminado con la isla, uniéndola por una estrecha franja al campo de Almada. Ahora, cabía desayunar café con bagre amarillo frito, establecer las rutinas, las responsabilidades; primero ojear bien el lugar, afilar las hachas, que eran remanentes de las monterías de Mantero en épocas del puente inacabado, impecables Collins, en su mayoría de mango corto para el corte desde el bote, largo para el picador en la orilla. Rufo recorrería en bote para ubicar las primeras zonas de corte, más una inspección de nutrias en los sangradores, acompañado por Lito, experto en ellas. Del espinel, mojarrear, encarnar, recorrer, y enjaular la pesca se encargaba el Peludo. Le sobraba tiempo, por lo tanto se sumaba al corte en los momentos libres. De lo contrario perdíamos un bote. Quedamos en el campamento encargados de afilar, revisar las armas, municiones, marcar el campo de apile y armar aripucas, pues las palomas de monte abundaban.
Fue un otoño parejo, frío, seco, soleado. El grupo funcionaba aceitadamente. Trabajo duro, eficiente. Hasta respetando el domingo, soportando con paciencia las largas lecturas bíblicas del viejo Pujol, que duro, solitario, proseguía hachando y quemando hornos sin pausa. Algunos holgábamos jugando al truco, relevando con placer al Peludo, quien por cierto le sacaba el jugo al espinel, nutriendo la bodega hasta de lujos: dulce de membrillo, tabaco, caña, más alimentos a costa de bagres, tarariras, bogas.
En lo espeso del montecillo se oreaban varios cueros de nutria estaqueados, cuyo contenido pasó por la olla. Bajo la cama, entre carquejas dormía una bolsa con plumas de ñandú que ya ascendía a seis o siete quilos; buena plata que agradecíamos al viejo mauser a martillo, de un tiro, refugo de heroicos fratricidios en 1904.
La majada de Sapriza aportaba algún borrego un par de veces por semana. El cuero se sumergía, colgado de piedras, a la altura de las palmeras frente a la Cueva del Tigre, lugar de aguas profundas si las hay.
Las largas filas de leña, apiladas hasta el metro de altura y lo mismo de largo, lo que se consideraba un metro cúbico, se estiraban largamente. Más plata a contar. Los árboles secos se cortaban desde la proa del bote, enlazando la pieza con una cadena que la disponía al hachazo oblicuo, seguro; el remero mantenía estabilizada la embarcación. Se volvía difícil cuando el viento formaba olas; en esos momentos la probabilidad de que un hachazo no fuera certero aumentaba. Aquellas hachas filosas podían transformarse en letales para la embarcación o el hachero.
Se turnaban los hombres hasta que la pieza caía. Luego se remolcaba hasta la playa y pasaba a manos del picador, quien la reducía a trozos de un metro de largo. Luego se apilaba a nivel del piso, entre varejones pares dispuestos a un metro de distancia. Rufo comandaba el uso de la zona de corte; la alarma había sonado –“Queda poco, muchachos, no más de una semana. Ya no está rindiendo el día”–. Era evidente la aseveración, lo habíamos advertido. Fijamos una meta final en metros muy accesible, lo que nos liberaba tiempo para pescar, cazar, truquear con tortas fritas, hablar, trazar planes de gasto, disfrutes anticipados de pantalón nuevo y camisa del mismo orden a lucir en los bailes del Club Democrático. Menudearon los festines de tatú a la parrilla, picaña de ñandú, regados de vino infame producido en las afueras del pueblo por un belga. El único abstemio era el viejo Puyol, sus creencias se lo impedían, pero no se negaba a compartir la alegría del conjunto, que no llegaba a excesos.
La última noche, en vísperas del retorno, dispuestos a dormir al sereno hicimos los últimos cálculos. Repasamos la operación de carga de la leña hasta Oribe a la luz del gran fogón en donde estallaban las brasas de coronilla que doraban media borrega Corriedale. El trámite requería pericia: al frente el gran bote de Puyol, propulsado por el antiguo Pente de cinco caballos, arrastraría el convoy de tres botes cargados con toda la leña que pudieran soportar hasta un límite de unos centímetros bajo el nivel de flotación. El camión llegaría por la tarde. Dispondríamos del tiempo que necesitábamos desde el amanecer más todo lo que nos insumiera de la tarde. Lo único que podría suspender la acción era el viento.
Casi un mes había transcurrido hasta aquel amanecer brumoso, frío, sereno, en el que cargamos todos los enseres, armas, cueros, y alguna leña en el primer bote, los demás sólo llevarían madera. No remaríamos para ganar espacio. Al llegar algunos quedarían en Oribe para rearmar las pilas, los demás retornarían en cada viaje. Embarqué en el último bote, el Juan, de buena flotabilidad; no mateamos, la ansiedad apremiaba. Cerca de media hora insumió la primera carga. Rufo prendió el motor al grito de “¡Arrancamos!”. Un tirón seco, algunos chirridos de cadencias fugaces, hasta que se estableció una marcha suave, pareja. El júbilo estalló en gritos:
—¡Fuerza carajo!
—¡A cobrar en lo de Ruperto!
Rodeados de paz, en un silencio sólo interrumpido por el traqueteo del motor –que ya casi no se oía a treinta metros–, disfrutaba del nacer diáfano del día bebiendo del cuenco de mi mano un sorbo del agua de nuestro río, dulce, fría.
En la orilla escarpada de Tacuarembó, sobre las piedras de la Cueva del Tigre, una pareja de lobitos observaba curiosa el extraño convoy. Yo hacía lo mismo que ellos: observaba con cariño lo que la vida me daba en aquellos instantes. No demoramos en llegar. Atracó el bote grande, Rufo lo puso paralelo a la costa. Descendió, tiró a mano del segundo, acercándolo, repetimos sucesivamente la misma operación resultando precisas las maniobras. Descargar fue un trámite. De inmediato retornamos, pero ahora no me acompañaba mi hermano. Ahora era rutina, con el corazón acelerado, vislumbrando el final.
Muchas veces fuimos y vinimos hasta que llegó la última carga. Puyol viejo vino a despedirnos. Para terminar de llevar la última leña nos excedimos, dejando muy pocos centímetros entre la borda de los botes y la superficie del agua.
No podíamos detenernos, urgía finalizar.
—¡Cuidado muchachos, están pasados! –alertó Puyol viejo.
Ya marchábamos. Pensaba en la noche, en Julita, su carne feliz apretada contra mí bailando en el Democrático.
Una leve brisa había picado un tanto el río. Comenzó un leve cabeceo. Cada tanto observaba el ingreso del agua, pero ya estábamos arribando. Rufo disminuyó la marcha, maniobraría para atracar. Del bote que nos precedía llegó el grito: “¡Me hundo!”. Era Quitito saltando a las aguas profundas. “¡Yo también!”, repetí, zambulléndome, riendo, jugando. Dos brazadas me llevaron a la orilla. Nos reunimos empapados, chorreando agua fría. Lo que vimos nos movió a risa: los botes no se habían hundido totalmente; todavía flotaban sostenidos por la leña trabada. Aún teníamos tiempo, volvimos al agua, agarramos las cadenas y con esfuerzo los arrimamos a la costa. El Juan, mi bote, desde ese día pasó a llamarse el Submarino.
Maciste y la mujer de agua
—¡No sea bestia...! –gritó, rojo de ira Kelsen. Súbitamente fue cogido del cuello por dos poderosas manos. Sintió que su cuerpo se alargaba y se elevaba por encima del mostrador barriendo estrepitosamente copas, vasos, botellas. Finalmente, parte sobre el billar, parte sobre mesas y sillas y entre sonrisas, los parroquianos acomodaban los dos metros del alemán flaco, largo, quejoso.
Maciste golpeó nuevamente la botella sobre la madera.
—¡Cerveza!
Palermo de Lima sirvió, diligente, lo exigido: dos cervezas con sus respectivas tapas.
Maciste, arrastrando los pies, caminó hacia una puerta del local; salió, se sentó en el borde de la vereda, destapó una botella con los dientes, bebió largamente chorreando espuma y líquido por los carrillos cubiertos de barba rojiza.
A su vera, bajo la sombra de los grandes plátanos, cinco o seis caballos enjaezados, las cabezas gachas, soportando la canícula.
En la calle destellaban las amatistas mixturadas con arena y pedregullo bajo un sol impiadoso.
Arreciaba la vocinglería de los jugadores de taba en el patio del gran café. Otros de mameluco truqueaban con gente de bombacha, rastra y botas. Peones, capataces, francos el fin de semana, jugaban contra obreros del puente en construcción.
La algazara provocada por el incidente atrajo la presencia de don Vicente, socio del café, que se acercó a Maciste. Detuvo su alta figura d’anunzziana.
—Tome en paz, hombre –dijo.
Le respondió el silencio.
Menudeaban las voces altas, carcajadas, desafíos.
—A tu caballo le gano ensillado –cosas así.
El calor y la caña son compañeros temerarios. En un instante resonó:
—¡Voy diez pesos al caballo de Malaquías!
Se formalizaron las apuestas, ya con los parroquianos volcados sobre la acera y la calle.
Hacía minutos que habíamos culminado el almuerzo. Salí a la vereda, me senté en el escalón de la puerta de entrada al consultorio, entretenido con un guitarrero. Asomó mi padre fumando uno de los dos cigarrillos que gastaba al día.
Maciste huyó de la baraúnda, emigró, sentándose a mi vera, a mi izquierda. Portaba las dos botellas, una con el pico quebrado. Sangraba por los labios, manchando la barba de sangre que se coagulaba al caer. Papá entró a casa. Maciste bebía, regurgitaba, solo en su mundo. Por la puerta principal asomó la cabeza de mi madre; me llamó con un gesto. Me puso en las manos un quemante plato de guiso, cuchara, pan casero.
—Llevale al infeliz –ordenó.
—Sírvase –ofrecí.
Irguió a medias la cabeza, resignó un gesto de rechazo, me miró de frente, recogiendo el plato sin hablar. Los ojos azuleaban, húmedos, turbios, escondidos bajo la pelambre general de la cara. Dos brochazos de cejas color carpincho sobre ellos. Fue a lo suyo. Pausadamente comió. Parecía no advertir la temperatura de la comida. Apoyó el plato sobre el dintel de la puerta, se limpió con la camisa arrollada en el antebrazo, bebió un largo trago de cerveza, emitió un ruidoso, maloliente eructo, volvió a mirarme y soltó:
—Buena gente –y tornó a la bebida de inmediato. Regresé con el plato vacío informando a mi madre lo sucedido. Ella comentó:
—Pobre hombre.
Cuando volví al lugar, comparando en mi cabeza al hombre con los borrachos que había visto anteriormente, encontré al Negro Rienzo frente al comensal. Era un policía joven, robusto, agradable en su manera de ser.
Se dirigió a Maciste. La voz era firme, clara, pero no agresiva.
—Comportate, hombre.
—Seguro.
—Es buena gente.
—Lo sé.
—¿Por qué no volvés al río?
—No tengo ganas.
—María está sola.
—Lo sé.
—Estás muy en pedo.
—Pago lo que tomo.
—Pobre mujer.
—¿Por qué?
—Aguantarte a vos.
—María es buena.
—Si será...
—Ella sabe.
—¿Qué sabe?
—No importa. Ella es buena.
—¿Buena o infeliz?
—Buena. Ella vino del agua.
—Por agua. En bote, dirás.
—No. Es del agua...
—¿Qué, es un pescado?
—Vos no entendés. Vino del agua.
—’Tas loco.
—No. Vos no entendés.
El ruido de los cascos sobre el pedregullo distrajo al policía. Sonriendo cabeceó, dirigiéndose al lugar del barullo.
Asombrado percibí a mi padre que también sonreía.
María había arribado al obraje en bote con su hombre, desde el litoral. Una carpa, algunos cacharros, unos trapos y una parrilla eran su ajuar. Se instalaron a la orilla del monte, frente al agua. Desde allí subía al pueblo en chancletas, a proveerse. Usaba un vestido descolorido, indefinible, sombreado por la larga cabellera negra.
Compraba en lo de Pablo un surtido repetido: grasa, harina, sal, yerba, fideos, caña, vino, solicitando las cosas con una voz dulce, suave, con íes y elles que se usaban en nuestra habla diaria. En invierno se encasquetaba un sombrero de paño negro que hacía juego con un saco de hombre que le llegaba casi hasta las rodillas, más unas medias gruesas, agujereadas.
Saludaba a todo el mundo en voz muy baja. La gente le respondía amablemente. Se percibía una corriente de cariño hacia la mujer. Sólo conocíamos su nombre. Mi conocimiento había aumentado. Sabía lo que otros no: era del agua.
Maciste ganaba buen dinero en el puente. Los ingenieros lo apreciaban. No era funcionario en planilla. Simplemente hablaba con ellos, los escuchaba. Luego comandaba un grupo repartiendo funciones, indicando, resolviendo, ordenando con escasas palabras. Eran hombres duros, del campo y el monte que lo respetaban, lo temían después de que quitara algún cuchillo amenazando y dando algunos mamporros, propios de un cíclope que no admitía faltas de respeto ni indisciplina.
—Qué pena este hombre –comentó un ingeniero–. ¿Por qué habrá abandonado la carrera casi al finalizar? Maciste es casi un ingeniero.
Un día estaban trabajando en la orilla de Durazno. Se corrió una voz que llegó hasta Maciste:
—¡Se incendió tu carpa, Maciste!
Anochecía. Abandonó el trabajo en un instante, trepó al bote y remó con fuerza inaudita. Gemían los toletes.
Muchos lo siguieron. Cuando llegaron al lugar lo vieron tirando arena con un balde de obra sobre el incendio ya desfalleciente. En el centro, el cuerpo carbonizado de la mujer. Pisando las brasas intentaba recogerlo. Gritaba:
—¡María, María!
Al fin pudo cargarlo en los brazos, corriendo hacia el río. Intentaron detenerlo. Tiraba a los hombres como muñecos. Quería llegar al río. Al final se resignó. Entre varios, con enorme esfuerzo, lograron someterlo. Él largó alaridos con lágrimas. Hubo eco en el monte y el río.
—¡No la entierren, no la entierren; ella es del agua!
Lo retuvieron una noche en la comisaría, fue al juez por la mañana y, con el sol ardiente, subió al bote colorado, embicó hacia el oeste y desapareció.

