Psiquis e historia
- Última actualización en 08 Marzo 2013
- Escrito por: Betania Núñez
El trabajo en salud mental con afectados por el terrorismo de Estado
La evolución de las consultas psicológicas de las víctimas de la dictadura pone en evidencia que cada paso adelante de la justicia las impulsa a tratar aquellas heridas, y que cada paso atrás las paraliza, las vuelve a enfermar, convierte el viejo horror en virus que puede contagiarse a los seres queridos y al entorno. La experiencia demuestra que la memoria social se imprime en la memoria individual, y viceversa. Entre los años ochenta, los noventa y la última década la cantidad de consultas de las víctimas de la dictadura y de sus familias en materia de apoyo psicológico ha variado en concordancia con los acontecimientos históricos. Parece algo que, aunque relacionado con otras variables, está directamente vinculado a los procesos, a los hallazgos, a los ocultamientos.
El silencio fue oficial y también social e individual. Mientras que el Estado se negó durante décadas a reconocer su responsabilidad, muchos ex presos callaron lo que vivieron en la cárcel a sus familias, a sus amigos, a los profesionales de la salud mental. Pero ocurre cierto hecho social y la necesidad de decir aflora.
Es algo que los técnicos de la actual Cooperativa de Salud Mental y Derechos Humanos (Cosameddhh) han detectado en un trabajo ininterrumpido de casi tres décadas, si se cuenta la labor de su predecesor, el Servicio de Rehabilitación Social (Sersoc, véase recuadro). Bajo esta premisa, la declaración de inconstitucionalidad de la Suprema Corte de Justicia se interpreta como un nuevo retroceso. Vuelve a obstaculizar la elaboración de experiencias traumáticas, sociales y personales de 30 o 40 años. En esta línea, la psiquiatra argentina Lucila Edelman escribía hace ya diez años: “En estos casos se da la paradoja de que el opuesto de olvido no sea memoria sino justicia”. *
LOS OCHENTA. Los motivos de conflictividad variaron según las épocas, explican los miembros de la directiva de Cosameddhh. “En los ochenta, el problema era que las familias se habían desmembrado y el encuentro era conflictivo”, comenta María Celia Robaina, psicóloga del Sersoc y de la actual cooperativa. La persona que retornaba no era lo que los demás habían imaginado; en algunos casos, había hijos que casi no conocían a sus padres y los sentían como extraños. Pero además, pesaba el ícono social del ex preso, “pesaba el orgullo de no haber enloquecido, de que los militares se habían propuesto aniquilarlos anímicamente y no lo habían logrado”. No creían necesitar ayuda porque habían resistido, habían sido fuertes. Pero igual quedaron marcas.
Robaina enumera algunos de “los puntos débiles que atacaron para hacerlos quebrar”: despertarlos de madrugada, sacarlos al patio y realizar simulacros de fusilamiento. Hacer requisas y quitarles todas sus pertenencias. Trasladarlos permanentemente. En el penal de Libertad, ponerlos en una misma celda con los que estaban descompensados psiquiátricamente buscando el “contagio”. Torturar a mujeres embarazadas. Amenazarlos con hacerles daño a sus familiares. Desnudar forzosamente tanto a hombres como a mujeres, aplicarles picana eléctrica en sus genitales, introducirles objetos. Violar a mujeres repetidas veces, violarlas delante de sus parejas.
Después de ese “plan sistemático para destruir personas”, los años del “desencierro” tuvieron la particularidad de que los ex presos, hombres y mujeres, recurrían al Sersoc para que se atendiesen sus hijos, sus parejas, sus padres. “Cuando salieron no se quedaron en plan víctimas. Crearon proyectos personales, sociales, siguieron insertos en organizaciones. Y lo que pasó lo dejaron a un costado por muchos años.”
LOS NOVENTA. Cuando el plebiscito de 1989, “la impunidad fue un golpe brutal”. A nivel social se instauró el argumento de que había que olvidar esa etapa, que “los que hablábamos de esto teníamos los ojos en la nuca”. Y se impuso, oficialmente, el silencio.
La cantidad de pacientes del Sersoc disminuyó. Los que siguieron consultando lo hacían por motivos que en apariencia nada tenían que ver con ese pasado. La gente recurría porque se divorciaba, perdía el trabajo, tenía conflictos con sus hijos. “Ni el propio afectado reconocía que tenía efectos de ese período. Parecía que no hubiera pasado.” Había gente, cuentan los técnicos, que aseguraba que los recuerdos de “la cana” eran los mejores de su vida. Rescataban el hecho de haberse conectado con lo mejor del ser humano –por la unión y la solidaridad que se generó entre los compañeros–, a costa de ocultar lo doloroso.
En este sentido, los profesionales de Cosameddhh entienden que “fue terrible el hecho de que no se contara lo que pasó a la interna de las familias. De eso no se hablaba ni se preguntaba”. En una publicación de 2002, el psiquiatra Aldo Martín analizaba su experiencia con pacientes del Sersoc, concluyendo que: “El mecanismo de ‘silenciar lo siniestro’, útil en esas instancias tan especiales y degradantes, no resulta una respuesta apta para la nueva etapa de vida (fuera de prisión), y mantenerlo como manera de relacionamiento ‘normal’ colabora a generar o profundizar patologías psiquiátricas. Trabajar y resignificar el uso, los sentidos, de ese silencio comunicacional afectivo, habilita al paciente a salir de la ‘cárcel interior’ en que continúa inmerso”.**
Pero, además, los conflictos no resueltos en una generación, según los psicólogos, reaparecen en la siguiente a través del acting out, y lo no hablado se manifiesta a través de la acción, de los hechos. Por ejemplo, los técnicos relatan que en los noventa ocurría, aunque en casos excepcionales, que la hija de un ex preso se casara con el hijo de un militar, “y se ponía en bruto algo urticante, algo que generaba un conflicto en las dos familias”. También sucedía que hijos de ex presos cometieran algún delito o tuvieran un uso problemático de sustancias y terminaran en el penal de Libertad. .. PARA LEER EL CONTENIDO COMPLETO DE LA NOTA SUSCRIBITE A BRECHA DIGITAL, arriba a la derecha.

