Arroyo Malo
- Última actualización en 15 Marzo 2013
- Escrito por: Francisco Neves
Orillas del Río Negro, cincuenta años atrás
Un local de feria, allá donde arroyo Malo vierte en el Río Negro. Hay un tiroteo y el Polo Píriz, celebrado domador, debe buscar refugio en el monte. En esta crónica está un paisaje del que no queda mucho, la comunidad dispersa pero constante del país ganadero y el dolor de la libertad.
Píriz sabía que la suerte debía ayudarlo y mucho. La herida le preocupaba menos que otras circunstancias. La bala había atravesado superficialmente su muslo derecho, diez centímetros por encima de la rodilla, de atrás hacia su frente. Sangraba poco. Tendría que lavar escrupulosamente la zona, darle aire y sol, luego ayudarse con un trozo de camisa para taponearla. Ellos desconocían la presencia de su bote, cerca del arroyo Malo. Casualidad, sorpresa, oportunísima. No sabían que el contrabando era su actividad principal desde poco tiempo. Presumían que toda su vida prosperaba como domador de calidad por las estancias de la región u ocasional tropero. Que pasara algún barril de caña o algún quilo de tabaco no le daba categoría de contrabandista. Tan sólo oportunista de sus permanentes traslados que lo llevaban, ocasionalmente, a la frontera. La familiaridad con que le trataban los hacendados conformaba un telón formidable que aún no se había levantado. Sentíase sereno, aunque la herida ardía algo. Tiró en defensa propia, Gamboa lo había puteado ya con el revólver en la mano. Saltó el baño echando mano cuando oyó la detonación. Respondió casi en el aire. Gamboa se retorció manoteándose la barriga. Corrió pocos pasos saltando sobre el caballo. Fue cuando el segundo disparo le conmovió la pierna del apoyo en el estribo. Giró la cabeza viendo caer a Gamboa con el arma humeante. Apretó piernas y percibió la humedad. Aminoró la carrera en el bajo. Echó una ojeada al local de feria: vio a dos milicos cargando al herido en el jeep policial. Por el momento nadie lo perseguía. Apresuró el galope, entró en el campo de Pereira alejándose del camino. Se palpó la bombacha, recogió una mancha rojiza en la palma de la mano. Parecía no sangrar demasiado. El sol apretaba. El corazón aún golpeaba fuerte. Fue cortando campo en aquellas dilatadas, amarillas soledades. En tres horas alcanzó los campos de Vique, último campo a atravesar. En minutos alcanzaría el Río Negro. Tenía sed, mucha. Nada de caña, se dijo. Falta poco. Galopó por la orilla hasta ver el monte espeso, dejando las manchas de espinillo. Fue hasta la ribera, descabalgó, desensilló. Palmeó al caballo, lo miró con cariño.
—¡Gracias, Tostao! ’Tas libre.
Cargó el recado, los arreos, enderezando hacia la espesura. Sudó una hora entre la maraña arribando a la orilla donde encontró el bote oculto entre el sarandisal. Ahora sí, bebió la dulce, tibia agua. Culminó con un prolongado trago de caña blanca. Sentado, descubrió la cabeza mesándose los crespos, pajosos cabellos, respirando hondo. No había advertido que estaba empapado. Calor, nervios, lo habían estrujado. Era la hora de pensar. Lo necesario, sin perder tiempo. Primero la herida, se dijo. Se desnudó: la sangre le cubría el muslo, negra, casi seca. Sonrió.
—No hay problema, concluyó.
Entró al agua, se restregó el muslo hasta limpiarlo de costras, se sumergió recibiendo el amoroso abrazo del agua, sedante, amiga. Retornó a la ribera. Procuró desde diferentes posiciones, pero no alcanzó a ver el orificio de ingreso del proyectil. Palpó cuidadosamente el lugar oculto. Volvió al agua repitiendo un lavado escrupuloso en las heridas. Ardía soportablemente. Buscó un lugar donde el sol se colaba entre la fronda, exponiendo los orificios a los rayos salutíferos, desinfectantes. Con el sombrero abanicaba la zona, secando la humedad. Cuando lo logró, cortó a cuchillo dos tramos de tela de los bajos de la camisa, y vertió un chorrito de caña en las heridas. Tuvo que morderse los labios hasta casi sangrar. Armó los tapones de tela, los mojó con caña sin empapar, disponiéndose a lo peor. Introducir la tela basta con el líquido ardiente le insumió varias pausas de paciencia y dolor. Sabía que éste permanecería algún tiempo, pero imprescindible. Tirado de espaldas, sin permitir contacto de la pierna con el suelo, recibió el premio de un poco de alivio acompañado de un sueño amenazador. Colocó la camisa debajo de la pierna herida y esperó el arribo del sueño con total serenidad.
Despertó sobresaltado: la imagen de Gamboa, herido, más la imagen de Elisa, hija de éste, lo habían visitado. Él era un orejano, el otro un hacendado. No tenía derecho a requebrarle el ala a semejante paloma. De la herida, ni noticias. Se palpó la zona en peligro: la carne se percibía con el calor de todo el cuerpo. Cuidándose no habría problemas. Estimó que serían una y media, a lo sumo las dos. Restaban pocas horas de oscuridad. Mala cosa. Llegar a la divisoria insumiría por lo menos tres días remando de noche. Si partía de inmediato la claridad lo encontraría en zonas del río con escaso monte. No tomaría ese riesgo. Si Vique encontrara el caballo se haría el ciego. Bien se conocían. Sus problemas se reducían al tiempo, al hambre que le pellizcaba las tripas y a la presencia de montaraces en el lugar, algunos de confianza, otros no tanto. No tomaría ese riesgo. Dormir todo lo que pudiera durante las horas de luz y partir con la oscuridad. Con el recado, los pelegos, las jergas, armó una cama cómoda entre enviras y ñapindás que sobrevivían a la sombra de los altos árboles. Bebió con gula el agua que corría mansamente. Orinó. Se tumbó a fumar con la certeza de que en algo más de un día estaría asando una paleta, pasando el Tacuarembó, bajo el puente. Lástima el caballo, pero le consolaba la certeza de que ellos no tenían ni idea de su paradero. No era hombre de río. Así creían. La segunda noche remaría, debía hacerlo, hasta los campos de Malaquías, antes del Paso del Borracho. Eso era obligatorio porque era una población de muchos cruces, con milicada abundante, por supuesto. En la tercera noche, en las barras del día, seguro que estaría en Brasil. El sueño lo cubrió como una oscura nube a la luna.
Lo despertaron alarmantes hachazos que resonaban en la cercanía. Una voz humana le movió la mano hacia el revólver:
—Tranquilo, Píriz, soy yo
–era Riverito, un amigo.
—¿Cómo supiste que estaba aquí?
—Hace días encontré tu bote... con las noticias de ayer calculé tu rumbo.
—Ni que fueras milico.
—Te conozco, hermano. Prendele a esto –culminó Riverito, alcanzándole un trozo de costillar de oveja, asado pero frío.
—Gracias, hermano.
—¿Por qué baleaste al panzón?
—Elisa quería y yo también, pero él no. Nos hubiéramos instalado en el rancho del Carpintería. Me sobra trabajo en la vuelta.
—Aquellas soledades...
—Sí, soledades, pero el campito es mío. Ahora es casi tapera.
—Vidal se muere por esa tapera. Tiene toda la parentela en las estancias de por ahí.
—Dentro de una semana decile que le doy permiso, pero que si vuelvo que ahueque el ala.
—Se va a reír solo. ¿Pa’ dónde rumbeas? ¿La línea?
—Sí, y no abras la boca. Arranco con la oscuridad.
—Vas a tener que remar, hermano, pero zafás del sol.
—Calculo tres noches, contando la que viene.
—Yo que vos subía por el Cordobés, me agenciaba un caballo en lo de Silveira, un galopito y ta.
—Puede ser. Veré en el lugar. Cuidame la vuelta, hoy por el día. Vas a tener noticias mías.
—Ahí tenés algo pa’ mascar y fumo.
—Otras gracias, hermano.
Cruzaron las manos mirándose fijamente, las izquierdas apretaban los hombros. A Riverito le brillaban los ojos. Trepó a la chalana, empujó con la pierna derecha en la orilla, se inclinó, cogió los remos encorvándose hasta levantarlos, hundirlos, elevarlos, casi sin gotear sobre la superficie mansa, bruñida, esquivando la vegetación semisumergida.
El río se estrechaba, con lo que la corriente elevaba la velocidad exigiendo mayor esfuerzo físico; si bien era agradable remar por la noche, los hombros empezaban a quejarse. No perdía el ritmo ni la dirección norte a poquitos metros de la orilla. Al apuntar las barras del día se detuvo. Tironeó de la embarcación hasta dejarla casi en tierra. Con el facón se proveyó de ramerío verde, cubrió lo mejor que pudo el bote, abocándose de inmediato al control de la herida. Casi no la sentía. Quitó las mechas, enjuagó bien, escurrió, lavó la herida, mojó los trapos con caña metiéndolos en la carne con menor dolor que la primera vez.
De inmediato, cargando los aperos, se perdió en los montes de la Laguna Oscura. Dormiría, aliviaría el cuerpo, pero a la hora del sol fuerte debía exponer la herida un buen rato.
Las primeras luces lo encontraron sobre los pelegos, descansando. El silencio, bienvenido, comenzaba a pesar. Faltaban dos noches, el cuerpo aguantaría, adentro molestaba. Si el viaje es largo pero tiene retorno asegurado, nadie se incomoda. La cosa es desconocer el porvenir. Estaba vivo, fuerte, con voluntad, bastaba con esos ingredientes. El pasado se dividía entre la madre afincada en San Gregorio con dos hermanos menores, una gurisita que se haría mujer en poco tiempo, y en un periplo de galpones, entre cueros secos, peones que le enseñaron, afinaron su primer oficio. Más de una vez oyó decir:
—Montao en potro, es el padre mismo.
Lástima que él no lo conoció. Le hubiera gustado por lo menos verlo una vez. Ahora tenía que descansar por esas aguas que bajaban hasta las manos de la madre que lavaba sábanas para los señores del pueblo.
Advirtió que remaba agregando una fuerza extra, nacida de una emergencia, deseo de ganar tiempo, acortar el momento del arribo, con la certeza de que al cruzar la línea podría expandir los pulmones, devorar el aire, tal vez sonreír o gritar, no sabía qué. El cuerpo soportaba el esfuerzo pero la cabeza no. Tenso, apretando los dientes, tomó la decisión:
—En el Cordobés me bajo.
Atracó en el puestito del Bajo. Así le llamaban a un pequeño espacio limpio en la orilla del Cordobés. Obra de hombres con machete y ganado sediento. No ocultó el bote, tampoco por las dudas. Desembarcó los arreos. Ya no importaba. Comenzaba a clarear. Apurando el paso encontraría a la peonada desayunando. Caminó firme la media legua por la suave ladera de la cuchilla. Sorprendió en el galpón a un peón, don Januario, mate en mano, la cocinera descolgando una manta de charque.
—Buen día –saludó.
Don Januario despegó los labios de la bombilla, demoró un instante, pero al final habló.
—¿En pata, Polo?¿Qué te pasó muchacho?
—Vengo a pedirle un favor, don Januario.
—Pero sentate, hombre, tomá un mate, churrasqueá. Vamos a ver de qué se trata.
—’Toy de paso y apurao.
—¿Mataste, Polo?
—No sé. Pero le pegué feo.
—¿A quién?
—A Gamboa viejo.
—Se fue de boca, seguro.
—Tal cual.
—’Tas rumbeando a la línea, como Horacito.
—No me queda otra.
—¿Plata o caballo y apero?
—Caballo solo, don. El apero lo tengo en el bote.
—¿Desde dónde venís remando?
—Del arroyo Malo, la boca justamente. Remando de noche.
—Bien hecho. Descontá el matungo. Marca de la casa. ¡Lástima! Tengo una punta de baguales como para vos.
—Disculpe, don. Usté me entiende.
—Pero arranchate hermano, ’tas en casa de amigo.
—Gracias, don Januario.
—Faltaba más.
Pasada la tensión Píriz saludó a la mujer y al peón que permanecían en silencio, oídos asombrados por el relato. Percibió en el saludo solidaridad, afecto. Cogió el mate que le alcanzaban oyendo a don Januario Silvera ordenar:
—Gómez, vaya al puertito y arrímele las cosas al amigo.
—Seguro, señor.
—Los dos hombres se sentaron en los bancos de ceibo mientras la cocinera continuó con su charque, desapareciendo de inmediato.
—¿’Tas seguro que sólo precisas caballo?
—Na’ más, don. Se lo agradezco. Tengo que llegar a la línea hoy, aunque sea de noche.
—Acá no se ha oído nada, pero con los teléfonos no se puede asegurar nada. Hacés bien. No perdás tiempo. Ellos saben que siempre se busca la frontera. Dejá pasar un tiempo, unos meses, después se verá. Yo cruzo seguidote. Nos veremos por esos campos.
—Sí, la cosa es salir ligero.
—Arrimate a São Borja, ahí siempre precisan gente.
—Sí, hasta conozco a un capataz.
—Mejor. Pero comé algo ahora. Pedile a la cocinera lo que precises. No te achiques.
El bayo cabos negros que montaba era una pinturita, redomón, entero.
Píriz le habló al matungo:
—Hoy me vas a mostrar pa’ qué servís. Vas a sudar, hermano. Te voy a acompañar.
Tomó un galopón suave que el animal aceptó fácilmente. Una seda, pensó Píriz, si aguanta es otra cosa. Ahora estaba tierra adentro, en campo abierto. Si el chisme no había llegado, aunque se encontrara con alguien no tendría problemas. Montaba caballo de marca reconocida con rumbo habitual que exime de preguntas insidiosas. Perdía algún tiempo buscando las porteras, pero no achataba. El criollito respondió bien. En la noche llegaría. Vio algunos peones recorriendo que le saludaban a lo lejos, levantando la mano con rebenque. Continuó galopando por la ladera de la cuchilla, con el valle a su izquierda. Allá lejos, abajo, el tajo con monte del río. Ahora el terreno empezó a cambiar: la cuchilla se volvía serranía. Estaba llegando, faltaba poquito. Se detuvo. El matungo resoplaba suave. Miró hacia el valle. Envió el mensaje con la vista. Esas aguas llegarán a las manos de mi madre. Ella sabrá que estoy vivo. Que volveré por donde vine. No sé cuándo, pero volveré. Sintió el dolor en el pecho. Tenía un nuevo compañero de por vida. Le acompañaría siempre un dulce, oscuro dolor como las aguas del Río Negro. Ya se acostumbraría a ese compañero que no venía solo. La libertad estaba con él.

