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La autoidentificación étnico-racial: más complejo de lo que parece

El censo de población ya ha sido extensamente comentado en su operativo, sus problemas y sus conclusiones principales. Sin embargo, ciertas discusiones públicas hacen pertinente volver sobre algunos de sus datos. ¿Cuál es la composición étnico-racial de nuestra población? ¿Cuánta población negra hay en Uruguay? ¿Hay un Uruguay indígena? De la información recabada, ¿podemos extraer una respuesta clara a estas preguntas?

 

 A juzgar por el último censo tenemos una respuesta clara y cuantificable. Pero esta claridad es sólo aparente. Aunque sea la mejor medición posible, no puede leerse con ingenuidad, pues lo que se está midiendo no es materia sencilla. ¿Qué significan las cifras difundidas, cómo están construidos los conceptos por los cuales somos negros o blancos, cómo interactuamos los sujetos con esos conceptos? En fin, ¿cómo se define quién pertenece a cada etnia o raza?

 UNO. Empecemos por el final. Para saber quién es qué el censo uruguayo replica el procedimiento más utilizado en los censos del mundo: la autoidentificación. En aquellos países donde la discusión sobre la identificación racial lleva más décadas que en el nuestro, la posición en favor de ese criterio es hegemónica. Como apunta la Oficina de Estadísticas Nacionales del Reino Unido: “¿Es el grupo étnico al que pertenece una persona autodefinido? Sí. La membresía a un grupo étnico es algo subjetivamente significativo para la persona considerada y esa es la base de la categorización étnica (...). Sucede que en preguntas relativas a grupos étnicos no podemos adjudicar una pertenencia basándonos en información cuantificable como podríamos hacer, por ejemplo, con la edad o el sexo. Esto significa que más bien debemos preguntarle a la gente a qué grupo siente que pertenece”.1

Esta es toda una definición y, por cierto, puede sonar polémica. ¿Es que no hay algún criterio biológico para definir cuál es nuestra ascendencia? ¿Sencillamente puedo “elegir” ser asiático, negro o caucásico? De a poco. No se trata de abrazar relativismos culturales, sino de asumir la imposibilidad de adjudicar una identidad étnico-racial de forma objetiva. Y de elegir, en cambio, la opción más aceptable para la medición. En parte, la preferencia (que aparece en la cita de más arriba) del término etnia sobre el de raza, así como la conjunción de ambos para referirnos al concepto, es hija de esta discusión.
El concepto de etnia refiere a los atributos culturales compartidos por ciertas poblaciones, habitualmente dentro de un territorio dado, mientras que el de raza, aplicado a los humanos, refiere a lo fenotípico, a los rasgos anatómicos. Durante décadas ha sido poco referido, en gran medida por el uso que de éste hizo el nazismo en el siglo xx. Hoy se usa moderadamente, aunque una de las miradas importantes desde las ciencias biológicas sostiene que más allá de que se puede agrupar humanos bajo ciertos rasgos anatómicos, las razas no existen biogenéticamente. Más bien se habla de “raza humana”, asumiendo que las diferencias observables en la anatomía no son producto de genes diferentes. Más aun: los estudios de adn han mostrado que cualquier grupo humano, incluso los que se asumen más endogámicos, contiene en sí una herencia más mestiza de lo que solía pensarse.
Además, hoy en día no queda prácticamente grupo humano que no se haya mestizado (y desde luego no existe nada ni remotamente parecido en Uruguay), por lo que tampoco puede decirse que las características anatómicas dividan a los humanos en grupos discretos, separados, sino que se trata de un continuo en el que no existen límites precisos u objetivos, sino fronteras difusas, móviles y culturalmente construidas.2 Lo ha vivido cualquier uruguayo blanco que haya sido censado en Estados Unidos y que se detuvo ante las categorías de “hispano”. ¿Seré?

DOS. Digámoslo rápidamente: esto no quiere decir que tal tipo de diferenciaciones sea menos significativa que aquella que vendría dada por la biogenética. Precisamente sucede lo contrario. En primer lugar, porque las distintas conformaciones anatómicas son visibles, aunque no haya base biológica estricta que separe un fenotipo de otro. Pero en segundo lugar, y sobre todo, porque lo que genera consecuencias sociales son las pertenencias, identificaciones y valoraciones otorgadas a esas características anatómicas. Nuestra apariencia es traducida como atributos de menor o mayor valor desde las luchas históricas por el significado y (cabe insistir) con consecuencias materiales. De hecho, si queremos saber cómo se compone nuestra población, es sobre todo para saber en qué medida algunos grupos tienen socavados sus derechos y sufren situaciones de exclusión, o por el contrario de privilegio, en mayor medida que otros. Y poco tiene que ver la investigación biológica con estos aspectos.
Por ejemplo, a partir de investigaciones basadas en la autoidentificación sabemos que la unión de una persona negra con otra del mismo color es cinco veces más probable que el patrón de casamientos que tendríamos si los uruguayos eligiéramos pareja de forma totalmente independiente de la ascendencia racial.3 Y este es sólo uno de los datos, ni siquiera el principal, que podemos extraer de investigaciones basadas en la autoidentificación. En definitiva, medir con este criterio logra la “visibilidad estadística” de ciertos grupos, lo cual es un paso político importante y gran parte de la razón de ser de estas preguntas censales... PARA LEER EL CONTENIDO COMPLETO DE LA NOTA SUSCRIBITE A BRECHA DIGITAL, arriba a la derecha.

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